Bogotá

28 Sep 2013 - 9:00 p. m.

Las barras más allá del estadio

Después de una semana de muertes asociadas al fútbol, miembros de los ‘parches’ reflexionan sobre sus guerras.

Camilo Segura Álvarez

Hace un mes, la administración distrital y la de Ciudad Bolívar buscaron a Carlos Rincón para que juntara a los líderes de las barras futboleras con presencia en la localidad. En un supuesto ejercicio de paz y convivencia, Rincón terminó arriesgando la vida. Ya habían entrado a la casa de la cultura del barrio Candelaria la Nueva los representantes de La Guardia Albirroja Sur (de Santa Fe) y los de Disturbio Rojo (del América). “Ya cuando los ‘pelaos’ de Nacional (de la barra Los del Sur) estaban por entrar, apareció un combo grande de los Comandos (de Millonarios), que habían dicho que no entraban a la reunión. De un momento a otro vi que unos y otros habían sacado cuchillos y hasta fierros (pistolas). Me paré en la mitad. Mientras tanto, los funcionarios corrieron y se escondieron en las casas. No había policía, quedé solo. Duró como cinco minutos la calentura, pero los muchachos se calmaron. A mí me respetan. Enfrente mío no se tiran a romper”, cuenta Rincón.

En 1999, este mediador ingresó a trabajar en Goles en Paz, el programa de convivencia y pacificación del fútbol del Distrito. Su contrato lo limitaba a trabajar en el estadio El Campín. Desarrollar operativos de prevención antes, durante y después de los partidos; organizar la logística de la entrada y salida de las barras; monitorear el buen comportamiento de los hinchas durante 90 minutos, eran las funciones de Rincón. Pero en 2003, después de que en un partido Millonarios-Nacional se presentaran disturbios, la vida le cambió. “Yo soy un hombre de fútbol. Iba con la familia completa a gozar los partidos, luego empecé a ir solo. Después de ese partido, en el que tuve que trabajar, vi unos disturbios que segaron la vida de dos muchachos alrededor del estadio. Caí en la cuenta de que a esos muertos sólo los iban a llorar las familias y unos pocos amigos. Para los clubes, que son la razón de vivir de los chicos, el negocio y el espectáculo siguen”, relata.

Comenzó a trabajar en su localidad, en Ciudad Bolívar. Rápidamente, la administración local supo que el conocimiento que tenía este gestor sobre las dinámicas de las barras podía ser de provecho. Rincón comenzó a hablar con los muchachos y a buscar el patrocinio de sus iniciativas de paz en las instituciones y el empresariado local. Hoy trabaja con todas las barras con presencia en la localidad, “así sean parches de 100 o de 15 muchachos”. Con Comandos Azules y la Blue Rain de Millonarios; con La Guardia, de Santa Fe; con Los del Sur y Nación Verdolaga, de Nacional; y con el Disturbio Rojo, del América. Hace dos años, cuando se redujo la capacidad del programa de Goles en Paz, perdió su contrato. Pero ahora, sin recibir un peso, continúa siendo un catalizador de las presiones y las violencias de los muchachos. Ad honorem, Rincón sigue empecinado en un mundo mejor para los barristas, a pesar de las pequeñas traiciones.

“Uno de los principales problemas que tienen los muchachos es el acceso a la libreta militar para poder buscar un trabajo formal. Hice la gestión. Le vendí la idea a la Dirección de Reclutamiento del Distrito: “Yo necesito que ustedes ayuden a estos pelaos, pero no soy partidario de que las regalen”, le dije al militar. La idea le gustó. “Arreglemos parques. Hoy están mal utilizados, hay muchos chinos tomando, fumando, y la comunidad no se les acerca. Ellos quieren un cambio”, les propuse. “Ustedes me arreglan por lo menos 15 parques. Pero tiene que cuadrar el tema de la pintura y los materiales y yo le cobro sólo la papelería”, dijo el oficial. Cuadré con la alcaldía local, pensamos un evento grande, que la comunidad interviniera y que los muchachos participaran. Lastimosamente algunos de los líderes aprovecharon para negociar las libretas con los pelados. Le llegaron denuncias al alcalde local diciendo que yo estaba cobrando por las libretas. Vi las quejas y me retiré. Algo que yo había pensado para todos los muchachos, estaba beneficiando a algunos”, confiesa. Pese a eso, la esperanza siguió firme.

Las calles, los trapos, las guerras frías

Mientras camina por las calles de su localidad, Rincón se encuentra muchachos de barras. No van con insignias de sus equipos, pero llevan el atuendo identitario del barrista: sudadera entubada con tres rayas al costado, zapatos para jugar fútbol en cancha sintética, chaqueta amplia con la insignia de algún equipo extranjero o una marca deportiva y una cachucha que oculta los ojos, de la cual salen pelos largos y recogidos. “Carlos, ayúdenos con los del CAI. El sábado nos agarraron por sospecha cuando el brinco era con los de Millonarios”, le dijo un muchacho del Disturbio. “Pero usted no es un angelito. Estaba echando chorro o fumando, fijo”, responde Rincón. “Pero ya estábamos tranquilos. Estamos mamados de que nos jodan por estar en el parque”, dice el joven entre risas. “Voy a ver qué puedo hacer. Cuidado por ahí”, dice el gestor informal de convivencia.

La primera cita fue con los muchachos de La Guardia, los del Perdomo. Giovanni Rocha cuenta que ser de una barra es una forma de tener una hermandad para ir al estadio y para “afrontar la vida”. “La necesidad de crear una barra es para alentar a un equipo, para darle color a la fiesta del fútbol. Esa es nuestra competencia con las barras de los otros equipos”, dice Diego González. “La dinámica de viajar, de cantarle a un equipo, de preparar por semanas la fiesta de las salidas (el momento en que los equipos saltan a la cancha en cada partido), hasta de los mismos tropeles, es seductora para los jóvenes. Chinos que no tienen un buen núcleo familiar, que tienen que sufrir la deserción escolar, que crecen en ambientes violentos, les queda breve entrar y dinamizar una barra”, afirma González.

“Uno no se levanta pensando en que va a pelear con los de verde o los de azul. No es una práctica común arreglar peleas. Se pelea muchas veces por el territorio. Los espacios se ganan con trabajo, posicionando en las cuadras la marca Santa Fe. Si usted sacó a correr a los de Millos de ese barrio, usted se va apropiando del barrio. No desconocemos que en los barrios hay gente de otros equipos, pero tratamos de que los hinchas de otro equipo no se organicen en ese mismo barrio. Si vemos a otro hincha solo, no le hacemos nada. En Ciudad Bolívar tenemos tres UPZ”, dice Diego. “No nacemos del pavimento. Somos vecinos, hijos, padres, parte de la comunidad. Convivimos con los vecinos e incluso organizamos eventos para los niños y las madres. Nuestra vida con la barra no está sólo en el estadio”, dice Camilo Alonso.

Pero lo que ocurre en el estadio sí repercute en la vida del barrio. Proponer una reunión entre el Disturbio y La Guardia, hoy, es una locura. El pasado 17 de julio, cuando Santa Fe disputó la final con Nacional, la barra del equipo local llevó la bandera que más la enorgullece: La Fuerza De Un Pueblo. Una insignia blanca y roja que cubre medio Campín y que a la hinchada le costó trabajo, tiempo y cerca de $60 millones. Un estandarte “con un valor emocional incalculable”. Como ganó el equipo antioqueño, los jóvenes santafereños no celebraron. Dejaron la bandera en el estadio. A los dos días, una reunión del Distrito con los líderes de las barras fue convertida en una oportunidad de robarse la bandera para Disturbio. Dos días después, llevaron un camión, se hicieron pasar por hinchas de Santa Fe e intentaron llevarse el trapo gigante. Una llamada alertó a los cardenales. Los del América fueron descubiertos y en su huida dejaron un roto de 10 metros en la Fuerza. “Por más que nos pidan perdón, no vamos a poder olvidar esa ofensa. Lo único que puede enmendar lo sucedido es que nos robemos un trapo con el mismo significado para ellos”, dice González.

Rincón acompañó a este diario a reunirse con los del América. Los chicos reconocen que el daño a la bandera puede desencadenar una ola de violencia. Pero lo ven como una victoria. Incluso, para ellos, la situación es una forma de ganar visibilidad pues, desde que su equipo descendió a la segunda división, no lo ven en la capital. Sergio Ambuila, William Barón y Johan Farfán dicen que la ley 1270 de 2009 y el estatuto del hincha, de 2012, que pretendieron regular el fútbol, generaron más violencia. “Con el cierre de fronteras se generó xenofobia. En Bogotá, y en todo el país, como prohiben la entrada de hinchadas visitantes, yo puedo ir caleto (encubierto) a comprar mi boleta donde la compran los del otro equipo, pero si alguien de la localidad me identifica, me pueden cascar. También, por ejemplo, si no podemos entrar a un partido, nos quedamos en el barrio y podemos chocar con los que regresan del estadio. En las comisiones de seguridad que se inventaron no participamos, sólo pretenden que obedezcamos”, dice Farfán.

Ambas hinchadas coinciden en puntos que pueden resultar contradictorios con el imaginario que se tiene del hincha de barra. Los de Santa Fe y América afirman que las espirales de violencia obedecen a la inoperatividad de la ley. “A mí me cuesta decirlo, pero si la ley no se cumple, esto no va a mejorar. Cogen a un pelado con un cuchillo y no le ponen una contravención. Cogen a uno que acaba de apuñalar a otro y lo sueltan. Si nos matan a un muchacho, sabemos que la policía no va a hacer nada. Un caso: durante más de dos años denunciamos que el parche del 20 de Julio estaba cometiendo crímenes en las tribunas del estadio. Los identificamos y no hicieron nada. Luego, en 2005, tuvimos un tropel enorme en El Campín y ahí sí, nunca más volvieron”, dice uno de los líderes de La Guardia. “Por ejemplo, ahora en el barrio hay un combo de otro equipo que está andando con fierros y está manejando una olla. Es un líder de 30 años, con 100 pelaítos menores de edad. La Policía no hace nada y así es que se empiezan a romper los códigos. No se necesitan más leyes, sólo que las hagan cumplir, nos escuchen y nos den una posibilidad de empleo, de manejar el tiempo libre”, dice uno de los de Disturbio.

“¿Qué estamos haciendo por ellos?”

Según la Fiscalía, en Ciudad Bolívar en 2013 se registraron cuatro casos de homicidio simple, homicidio agravado y tentativa de homicidio con arma blanca o de fuego entre barristas. Una cifra que de 2011 a este año se ha duplicado. Esos cálculos coinciden con lo que afirma el padre Alirio López, quien estuvo al frente de Goles en Paz desde su fundación hasta 2009. “Se perdió un proceso maravilloso. Los diferentes gestores de las localidades desaparecieron y, con ellos, los procesos de convivencia, talleres de música, torneos interbarras y muchas iniciativas que apuntaban a generar espacios de concertación, u otras que querían quitarle generaciones futuras a la violencia, como el trabajo con más de 9.000 niños. Hoy hay un protocolo y un comité de seguridad que no lo componen más de cinco personas. No es sólo decir vamos a limpiar canaletas o parques, aquí el problema es social, de convivencia. Pero tampoco podemos caer en la asociación pobres y violencia, pues es nefasta. No todo el que es pobre es violento. Son muchachos y niños que se camuflan en una camiseta y una pata de cabra y acaban con la experiencia de vida de muchas personas, eso es individual y hay que tratarlo como tal”, sostiene.

“Aquí no se ha podido tender un puente entre los muchachos y las instituciones, ni asignar un presupuesto para programas directos con las barras. En 2012 se bajó mucho el recurso de estos programas. Tengo entendido que Goles en Paz está funcionando con cinco personas. Pero no es tanto ese el problema, yo peleo por la localidad”, dice Rincón. No se puede inferir que las tragedias de esta semana (la muerte de tres personas a manos de barristas) se habrían podido prevenir con una acción mayor de la administración distrital frente a las barras, pero sí es un hecho que el diálogo entre las hinchadas y frente a las instituciones pudo haber generado mejores condiciones para los muchachos que cometieron los crímenes y para los que perdieron su vida.

En una respuesta de la Secretaría de Gobierno a este diario se lee que la política de jóvenes acaparó el enfoque sobre estas poblaciones. “Existe ‘Goles en Paz’, que actúa directamente en el estadio. Desde el programa de jóvenes tenemos un trabajo territorial con este tipo de población y, claro, incluye las barras futboleras, dado que una buena parte de ellas está integrada por jóvenes. Insisto en que buena parte del trabajo es en lo local, donde está buena parte de los recursos, con acuerdos locales, oferta institucional local e impacto territorial. Incluso un trabajo de desestigmatización frente a la misma comunidad barrial, genera unos impactos enormes”, dice Martha Lucía Ortiz, directora de Seguridad y Convivencia.

Pero en Ciudad Bolívar, por ejemplo, esos recursos y programas no existen, según contaron los jóvenes y Rincón. Habrá que ver si el luto hace que se retome el rumbo de Goles en Paz o se rediseñen las políticas para barras. Pero por ahora, como dice Rincón, “hay que frenar el odio, la estigmatización. Escuchemos a estos jóvenes, son el reflejo de lo que nos pasa como sociedad. Si cometen errores no es porque sean barristas, es porque hacen parte de una sociedad que segrega. Más que escucharlos, contemplemos sus propuestas. Ellos son los que viven el fútbol y las calles. Son vidas las que podemos salvar”.

Dos barras bravas

Uno de los principales problemas para entablar diálogos con las barras de Nacional y Millonarios es su división interna. Actualmente, Comandos Azules está dividida en dos facciones y, está la Blue Rain, que se formó como disidencia entre 2007 y 2008, pese a que recibe el nombre de una barra creada en 1992.

Por el lado de Nacional, los malestares entre Los del Sur Medellín y los barristas de Bogotá, así como discusiones entre líderes, desembocaron en la formación de Nación Verdolaga. Los del Sur Bogotá permanece.

Las cinco facciones hacen presencia en la localidad de Ciudad Bolívar. La hinchada de Millonarios es la más numerosa del sector, le sigue la de Nacional y, en su orden, Santa Fe y América.

Silencio, la respuesta a la “estigmatización”

El Espectador procuró hablar con las barras de Nacional y Millonarios de Ciudad Bolívar. Sin embargo, ellos se negaron. La razón: el tratamiento de los medios de comunicación a los homicidios que ocurrieron durante la semana que termina. 

 

Sin embargo, según la alcaldía local, los muchachos están siendo contactados para jornadas de diálogo en las que se debe abordar un intento de homicidio contra uno de los líderes de Santa Fe, el diseño de un torneo local de microfútbol, programas para la generación de microempresas y el nombramiento de un gestor de convivencia.

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