Bogotá

12 Dec 2020 - 3:58 a. m.

Las voces que mantienen la cultura en lo rural

La cuarentena ha sido aprovechada por los campesinos bogotanos para revivir la tradición oral y potenciar los procesos culturales, que han existido por años entre las comunidades de la zona rural. Las redes sociales y el perifoneo han sido el principal instrumento en tiempos de aislamiento.

“Puros chinos íbamos con Plácido Rubiano a San Vicente, de cacería en el desierto. Sí, hay uno en el páramo. Es arisco, berraco. Allá llega uno y por echar cacería la laguna se pone brava y echa a llover”, recuerda Pacho, habitante de la zona rural de Bogotá, en Sumapaz, en uno de los audios que ha replicado la juventud sumapeña, en busca de reivindicar la cultura del campesinado de la región.

No son los únicos, pues en medio del aislamiento las grabaciones han sido fundamentales para mantener el contacto, hacer tareas, leer en voz alta y recordar entre jóvenes y adultos qué es y cómo se ha hecho el páramo, al que llegó la violencia, pero en el que también se forjó una comunidad campesina bogotana, que, lejos de las costumbres de lo urbano, creó su propia identidad, suma de la riqueza cultural de la región.

Viven en medio del verde, de los animales que lo habitan y de los que crían para subsistir. Aprenden desde pequeños que entre vereda y vereda hay un tabaquito de distancia, que puede ser un recorrido de 30 minutos o de cinco horas, y que al territorio hay que respetarlo, porque no son tontos y saben que deben proteger el páramo y causar el menor daño posible.

En medio de las 28 veredas de la localidad de Sumapaz, en el centro poblado de La Unión, está la biblioteca pública escolar, que solo tiene tres funcionarios: coordinador, promotor de cultura y auxiliar. Desde hace tres años, este lugar se ha convertido en un punto de referencia para los niños y las familias que la visitan juntos para hacer actividades, pero la rutina cambió con la cuarentena.

“Primero tuvimos que repensar las actividades y cómo podíamos llegar a más gente. Primero llamábamos a las casas para compartir lecturas y era muy bonito, porque nos pedían que esperáramos o los llamáramos más tarde para que toda la familia pudiera reunirse a escuchar”, dice Martha Lizarazo, funcionaria de la biblioteca.

Luego empezaron a enviar los audios de los videos que los niños necesitaban para hacer sus tareas y que no podían ver por las dificultades de la conexión a internet. Junto a ellos se incluyeron fragmentos de textos en audios, que hacían llegar por WhatsApp, que tuvieron gran acogida y derivaron en una estrategia de voces de familia en la ruralidad, en la que los habitantes de las veredas comenzaron a compartir sus anécdotas y tradiciones. A transmitir su sentido de identidad rural. En las grabaciones hay tanto recetas para hacer los amasijos tradicionales como historias que narran las formas en que hacían los cultivos, sin muchas de las herramientas que hoy facilitan la labor.

En Pasquilla, en zona rural de Ciudad Bolívar, la experiencia ha sido similar. En alianza con la biblioteca de Sumapaz, respaldada por la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte (SCRD), también empezaron a recoger las voces de la comunidad, pero a diferencia de lo que ocurre en Sumapaz, las nueve veredas están más cerca y en cuatro de ellas tienen parlantes, que son, desde abril, en el principal instrumento de distribución de fragmentos de lecturas y también de saberes bidireccionales entre jóvenes y adultos mayores.

“Lo hemos organizado por temáticas. Hemos hablado de medicina ancestral, las plantas y su beneficio para la salud. Además, los abuelos nos han ayudado a recuperar parte de la memoria de cómo era la ruralidad y qué ha prevalecido. Así hemos recopilado dichos y refranes de la gente, que se ha convertido en una gran red”, asegura Vielsa Marroquín, coordinadora de la biblioteca. Además, han apelado a las imágenes. Buscando los carros más antiguos se encontraron un bus naranja que antes iba desde la última estación del tranvía hasta las veredas, que a mediados del siglo XX eran parte de la localidad de Usme, porque era el único lugar por el que se podía acceder.

La literatura pregonera también ha llevado a las veredas los merengues campesinos y ha servido como medio para promover la autoprotección, “porque en el campo es difícil crear esa costumbre de llevar tapabocas cuando vivimos acá y respiramos aire puro, pero han salido coplas, canciones y retahílas que han servido para que se logre el arraigo, sobre todo ahora que ya hay contagios”, dice Marroquín.

En Usme, la situación no ha sido muy distinta. La Escuela de Cultura Campesina, en la vereda Los Soches, tiene como motivación principal el recuperar la identidad campesina para los niños y que ellos puedan encontrar un futuro y una vida digna en el campo. Tras una convocatorias de la SCRD, ganaron una beca rural para revivir el arte y la memoria, con lo que le dieron vida a un canal en YouTube para subir tutoriales sobre su gastronomía campesina y juegos tradicionales, entre otras costumbres, con intereses similares a los de las bibliotecas. Muchas de estas iniciativas, como las que suceden en las bibliotecas rurales de Sumapaz y Pasquilla, son parte de la apuesta del Distrito y de la Secretaría de Cultura por impulsar un vínculo cada vez más consecuente entre lo urbano y lo rural, y apostar por una Bogotá Región.

Con esto, lo cierto es que se han abierto nuevos mecanismos para revivir la memoria histórica de estas comunidades rurales y, de paso, costumbres tradicionales como la taba o el cucunubá, juegos que hace más de treinta años unían a los niños campesinos alrededor del hueso de un cordero y huecos en los que metían piedras. En sí, uno de los retos más grandes de la ruralidad es mantenerse viva y por ello buscan difundir su apego a la cultura.

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