10 Aug 2021 - 2:00 a. m.

Los vestigios indígenas que hay bajo Usme

El reciente hallazgo arqueológico, en un tramo de la ampliación de la Caracas, no es fortuito. Capítulos similares se han hecho en zonas aledañas, siendo la necrópolis de la hacienda El Carmen uno de los más importantes en el país. Allí no solo hay restos muiscas, sino de sociedades anteriores.
Mónica Rivera Rueda

Mónica Rivera Rueda

Periodista Bogotá
Necrópolis muisca y zona declarada de preservación arqueológica - Hacienda El Carmen, vereda La Requilina - Usme
Necrópolis muisca y zona declarada de preservación arqueológica - Hacienda El Carmen, vereda La Requilina - Usme

Lo que sabemos de los indígenas en Bogotá es poco. En el colegio enseñan los mitos de la creación chibcha y cómo Bachué salió de las aguas con un niño de tres años para dar origen a los humanos. Luego está la Conquista, la búsqueda de El Dorado y después, no hay más. Desde la antropología se ha obtenido información de las narraciones de los cronistas de Indias, como Aguado y Simón o Juan de Castellanos, o de los hallazgos en Boyacá, como los que están en el Museo del Oro. Pero otra es la historia que se empieza a construir en el sur de Bogotá, producto de grandes obras.

El ejemplo más reciente es el de la ampliación de la avenida Caracas. Cerca del portal Usme, el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) encontró 17 tumbas, tres cuerpos con collares y cerámicas, que corresponderían a restos muiscas. Pero esto no ha sido lo único. En 2017, en las excavaciones para las redes del Transmicable, se hallaron ocho restos arqueológicos, similares a los que encontraron en los 90, en el trazado de vías en Las Delicias y la construcción de la avenida Villavicencio, cerca del barrio Candelaria La Nueva, donde encontraron más de una decena de restos humanos y de animales (venados, armadillos y curíes) y plantas de viviendas circulares y ovaladas, que dieron cuenta de una correlación de la vivienda con la muerte.

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Sumados a estos, están los restos hallados en Portoalegre y Nueva Esperanza, en Soacha. En este último lugar, en la vereda El Charquito, se encontró un poblado con una compleja construcción social, que incluye enterramientos y una definición clara de viviendas y sitios de rituales, previos a la conquista, dado que la zona habría sido abandonada antes de la llegada de os españoles.

Pero el más grande, sin duda, fue el de la hacienda El Carmen, en Usme, donde se cree que hay más de 3.000 cuerpos, enterrados hace más de 800 años, por lo que no solo se asocian con los muiscas, sino con sus antepasados de la etapa Herrera. Por eso su descubrimiento es uno de los más importantes en el país.

“Todo comenzó con la expansión urbana. El proyecto urbanístico Nuevo Usme estaba a punto de transformar la dinámica rural, con la construcción de 3.000 viviendas, lo que generó una discusión entre los campesinos”, recuerda Hárold Villay, miembro de la mesa de patrimonio de la hacienda, que queda justo en Usme pueblo, donde empieza la zona rural, entre las quebradas Taxa, Fucha y La Requilina. Un predio lleno de pastos, árboles pequeños, golondrinas y una vista inigualable de las montañas de la capital. Por eso y algunos mitos, como que en las noches aparecían grandes bolas de fuego, desde antes del descubrimiento los habitantes de la zona ya hablaban de que allí habría un cementerio indígena.

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Con la aprobación del Plan de Ordenamiento Territorial en 2000, que cambió el uso de estos suelos rurales con vocación agrícola a terrenos de expansión urbana, Metrovivienda (hoy Empresa de Renovación Urbana) comenzó la adecuación para construir una ciudadela con 52.000 viviendas. En medio de los trabajos para demarcar las vías, los habitantes de la vereda La Requilina y del barrio aledaño del Oasis, vieron cómo sacaban huesos. Jaime Beltrán, uno de los líderes de la zona, entró a verificar y encontró restos de cráneos y pedazos de cerámica.

Lo primero que hizo fue avisar a la Alcaldía local, pero no le prestaron atención, entonces, junto al personero local, Juan Carlos Ocampo, fueron a la Fiscalía para alertar el hallazgo de una fosa común. Las obras las detuvieron y el ente de investigación pidió la intervención del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh). Al final, los arqueólogos Ana María Groot y Virgilio Becerra, de la Universidad Nacional, empezaron a explorar la necrópolis.

“Empecé a trabajar desde que se hizo el descubrimiento, es decir, desde que estaba en segundo semestre de antropología”, relata el antropólogo Rafael Robles, uno de los antropólogos que hoy lideran las investigaciones. “Fue impresionante. Quería ser arqueólogo y soñaba con excavar tumbas y pueblos. Cuando se encontró, el sitio resaltó, porque había muchas tumbas, más de las que uno puede imaginar. La densidad era una tumba por 3,2 m2. Nunca se había hallado un sitio como este”.

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En total fueron 135 restos humanos los que sacaron en 400 m2, por eso se cree que en el resto del predio podrían haber más de 3.000 cuerpos enterrados. Algunos significativos, como el de una niña de 10 años, con una cerámica sonajero con forma humana, elaborada en el 700 d. C., por lo que habría sido parte de las sociedades herreras (la primera civilización alfarera de la zona); el de tres niños abrazados, o el de una mujer de casi 60 años, junto a la cual había una boa.

“Hay otras tumbas en las que se encontraron aves, venados y animales grandes. Eso nos lleva a decir que hubo comunicación con pueblos del Valle del Magdalena, la Amazonia y la cordillera Oriental, llegando hasta la serranía del Perijá, y a identificar el sitio como uno de los de más alto contenido simbólico en la cosmogonía de los pueblos muiscas”, aseguró Ernesto Montenegro, coordinador del proyecto Usme-Sumapaz del IDPC.

También, está el cuerpo de un niño de 13 años, junto a un ratón americano, que habría muerto de tuberculosis osteoarticulatoria, y los restos de una mujer de alrededor de 15 años, que por su posición al parecer habría muerto asfixiada, lo que evidenciaría que se habrían hecho en la zona sacrificios humanos.

“Lo que se ha venido descubriendo es que lo más probable es que donde las personas vivían enterraban a sus muertos, lo que nos habla de un fenómeno social alrededor de la vida y la muerte. Los muiscas no eran totalmente sedentarios se movían, pero siempre volvían a los lugares donde estaban sus muertos”, narra Robles.

Además, recientemente el antropólogo habría identificado restos que datan del siglo III d. C. y que corresponderían a las primeras sociedades alfareras, por lo que creen que en la zona podrían estar enterradas más de 40 generaciones, ya que uno de los hallazgos más recientes fue el de un hombre de casi 45 años, al que le encontraron cuentas de collar de vidrio español, así como una herida en el fémur derecho, que habría sido hecha con un arma de los conquistadores, en medio de una batalla. “Fue fechado por carbono 14, en los años 1520 y 1560, pero hay una cosa bonita, y es que sobre su cuerpos se encontraron 1.400 restos de cerámica, como si toda la comunidad hubiera ido a dejarle ofrenda”, indicó Robles.

Estos hallazgos han permitido conocer más de los indígenas que habitaron la capital y, de hecho, tumbar paradigmas como aquellos que indican que eran grandes acumuladores de oro, cuando en realidad no tenían la concepción de riqueza del mundo occidental.

A la par de los descubrimientos se consolidó la mesa de patrimonio en Usme y de allí la lucha para que primero, el Icanh declarara la zona como área de protección arqueológica (lo que se logró en 2012) y luego, para evitar que se continuara con los planes de expansión urbana y se protegiera la zona.

“Con la academia se logra fortalecer el proceso comunitario para mantener ese lugar como centro de interpretación del patrimonio cultural. Durante las elecciones, tocamos las puertas de varios candidatos, pero solo dos nos pusieron atención (entre esos el de Claudia López) y les pareció oportuno el proyecto para proteger la ruralidad”, manifiesta Villay.

Esto llevó al Distrito a involucrase en la recuperación y preservación de la zona. Pues ahora, además de un espacio de reforestación en memoria de Jaime Beltrán (quien murió en abril del año pasado) se plantea la construcción de un parque museo arqueológico en la hacienda, que la ERU entregó al Instituto de Patrimonio Cultural. “El proceso ha involucrado a la comunidad. Tenemos en la zona la categoría de área arqueológica protegida y están en curso los diseños. Se va a hacer un museo y un cusmuy (bohío), para el encuentro de pensamientos y rituales”, explicó Montenegro.

La idea del museo, según ha dicho la alcaldesa Claudia López, es que se resguarden todos los restos hallados y los que se encontrarán en las obras que vienen para Bogotá. Sobre esto, Robles cree que viene una etapa clave para la protección del territorio, dado que aún hay proyectos de viviendas en predios aledaños a la hacienda y lo que viene es un trabajo duro por la recuperación y preservación del territorio. Además de las discusiones que puedan surgir en otros puntos, ya que, como lo indica Montenegro, Usmes, Cota, Bosa Soacha y Sibaté son espacios donde había concentraciones sociales importantes de los muiscas.

“El desconocimiento es gigante, y eso que es la sociedad prehispánica que más conocemos. Bogotá ha crecido a espaldas de su historia. Cuando encontramos un sitio arqueológico sacamos todo, lo llevamos a un depósito y sellamos, pero en Usme la comunidad unida impidió eso”. Sobre esto, Villay considera que en gran parte ha influido la lucha de los habitantes para impedir que la zona rural se vuelva urbana. En ello todos coinciden, por lo que, además del llamado a la protección, está el de conocer más de nuestra cultura y la de los antepasados que aún preserva la ciudad.

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