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Opinión: Desigualdad y desarrollo: una historia distinta a la que solemos contar

Una investigación reciente muestra que Colombia mejoró notablemente sus indicadores sociales, económicos y de salud entre 1945 y 2019, pese a mantener elevados niveles de desigualdad y centralismo. La evidencia invita a revisar algunas explicaciones tradicionales sobre el desarrollo nacional.

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Luis Gonzalo Morales Sánchez
22 de julio de 2026 - 02:39 p. m.
La historia reciente de Colombia demuestra que el desarrollo es un fenómeno mucho más complejo que la desigualdad o el centralismo.
La historia reciente de Colombia demuestra que el desarrollo es un fenómeno mucho más complejo que la desigualdad o el centralismo.
Foto: Óscar Pérez
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Durante décadas, buena parte del debate público colombiano ha girado alrededor de una idea aparentemente indiscutible, cual es que la desigualdad es la principal causa de nuestros problemas sociales. Según esta visión, si Colombia lograra una distribución más equitativa de la riqueza, mejorarían automáticamente los indicadores de salud, educación, bienestar y desarrollo humano. De manera similar, numerosos analistas han atribuido buena parte de los rezagos regionales al centralismo y a la concentración de recursos e instituciones en Bogotá.

Sin embargo, una reciente investigación doctoral aún no publicada plantea interrogantes que merecen atención. El estudio examinó la evolución de 28 indicadores económicos, sociales, sanitarios y políticos durante el período comprendido entre 1945 y 2019, en 75 años de historia nacional.

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Los resultados muestran una realidad que con frecuencia pasa inadvertida en medio del pesimismo que caracteriza muchas discusiones sobre el país. Durante ese período, Colombia registró mejoras sostenidas y consistentes en prácticamente todos los indicadores de desarrollo. La esperanza de vida aumentó significativamente, la mortalidad infantil cayó de forma drástica, la cobertura educativa se expandió, el acceso a servicios públicos mejoró, el ingreso por habitante creció y millones de personas lograron superar condiciones de pobreza. En casi todas estas dimensiones, el desempeño colombiano figura entre los más destacados de América Latina.

Lo llamativo es que estos avances ocurrieron sin que se produjeran transformaciones equivalentes en dos variables que con frecuencia se presentan como determinantes del desarrollo, como son la desigualdad y el centralismo.

La investigación encontró que el coeficiente de Gini, principal indicador utilizado para medir la desigualdad en la distribución del ingreso, permaneció relativamente estable durante la mayor parte del período estudiado e incluso mostró una ligera tendencia al deterioro. En otras palabras, Colombia mejoró sustancialmente sus indicadores de bienestar sin experimentar reducciones significativas en sus niveles de desigualdad.

Algo similar ocurre con el centralismo. Bogotá continuó consolidándose durante estas décadas como el principal centro político, económico, financiero, académico y administrativo del país. La capital concentró una parte importante de la inversión, las instituciones públicas, las universidades, los hospitales de alta complejidad y las oportunidades laborales más calificadas. Sin embargo, ello no impidió que los indicadores sociales y sanitarios mejoraran de manera generalizada en el conjunto del territorio nacional.

La comparación internacional resulta aún más reveladora. Al contrastar a Colombia con diecisiete países latinoamericanos que exhiben coeficientes de Gini más favorables, es decir, una distribución del ingreso más equitativa, no se observa una superioridad sistemática en sus indicadores de crecimiento económico, salud, reducción de pobreza o desarrollo humano. Del mismo modo, varios países con estructuras territoriales menos centralizadas tampoco muestran desempeños consistentemente mejores que los alcanzados por Colombia durante el período analizado.

Nada de esto significa que la desigualdad o el centralismo sean fenómenos irrelevantes. Ambos generan tensiones sociales, limitan oportunidades y plantean desafíos importantes para la formulación de políticas públicas. Tampoco significa que una distribución más equitativa de la riqueza o un mayor equilibrio territorial no sean objetivos deseables.

Lo que sí sugiere la evidencia es que estas variables, por sí solas, no explican adecuadamente la trayectoria del desarrollo colombiano. La experiencia histórica parece indicar que factores como la calidad institucional, la expansión de la educación, el fortalecimiento de los sistemas de salud, la urbanización, la acumulación de capital humano, la estabilidad macroeconómica y la capacidad de crecimiento económico pueden desempeñar un papel tanto o más importante.

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Quizás ha llegado el momento de abandonar las explicaciones únicas. La historia reciente de Colombia demuestra que el desarrollo es un fenómeno mucho más complejo que la desigualdad o el centralismo. Y comprender esa complejidad es el primer paso para diseñar mejores políticas para el futuro.

Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.

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