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Desde los inicios de la vida republicana, Colombia ha construido buena parte de su sistema político sobre la práctica persistente del patronazgo. Durante casi dos siglos, partidos, élites, coaliciones y grupos regionales han utilizado el acceso a cargos públicos como mecanismo para construir lealtades, distribuir poder y garantizar gobernabilidad. El clientelismo no ha sido una desviación ocasional del sistema; ha constituido, con demasiada frecuencia, una de sus formas habituales de funcionamiento.
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El sector salud ofrece un buen ejemplo. A lo largo de las últimas décadas han llegado al Ministerio de Salud profesionales con alguna formación académica, experiencia y conocimiento técnico. Sin embargo, también sería cándido desconocer que prácticamente todos alcanzaron esas posiciones dentro de redes de respaldo político, no como resultado de selección de los mejores. Presidentes de partidos, coaliciones parlamentarias y grupos de poder han desempeñado históricamente un papel determinante en la conformación de los equipos de gobierno.
A esta tradición se suma la concentración histórica del poder nacional en Bogotá. Aunque Colombia se proclama descentralizada, los altos cargos, las grandes decisiones y las principales redes de influencia continúan gravitando alrededor de la capital. En salud, incluso profesionales altamente calificados han llegado al Ministerio no por sus méritos, sino también gracias a respaldos políticos y conexiones con esos círculos de poder. El problema no radica necesariamente en la capacidad del designado, sino en la lógica institucional que convierte el respaldo partidista en una puerta de entrada casi indispensable al Estado, favores que no son gratuitos.
Gustavo Petro generó la expectativa de romper esa tradición. Su llegada al poder fue presentada como el ascenso de fuerzas distintas a aquellas que habían gobernado históricamente al país. Muchos esperaban una nueva cultura administrativa basada en mérito, capacidad, independencia y superación del reparto burocrático. Sin embargo, esa promesa terminó seriamente erosionada. Las coaliciones transaccionales, las negociaciones con sectores tradicionales y las disputas por cuotas demostraron que el llamado “cambio” no estaba inmune a las prácticas que había cuestionado.
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En salud, la decepción ha sido particularmente significativa, primó el activismo y la lealtad doctrinaria. La promesa transformadora derivó en una prolongada confrontación política e ideológica, sucesivos cambios de liderazgo y una incertidumbre institucional que generó unos resultados desastrosos. La retórica de cambio no pasó de ser más que eso: palabras bonitas.
En ese escenario, Abelardo de la Espriella despierta una expectativa diferente. Su posicionamiento por fuera de las estructuras partidistas y su discurso contra la política profesional tradicional podrían representar una ruptura con las viejas formas de acceso al poder. Pero sería prematuro convertir esa expectativa en certeza. La independencia proclamada durante una campaña no garantiza independencia cuando llega el momento de construir mayorías, aprobar reformas, distribuir responsabilidades y gobernar un Estado complejo.
Ese será su verdadero examen como presidente. No bastará con alejarse de los partidos tradicionales ni con declararse ajeno al clientelismo, el país exige hechos, no más los discursos altisonantes del pasado. Tendrá que demostrar que puede conformar equipos de gobierno, especialmente en sectores técnicos como salud, seleccionando los mejores por conocimiento, experiencia, integridad y capacidad gerencial, sin reproducir redes de favores bajo nuevos nombres.
Colombia ya creyó una vez que elegir a quien se presentaba como alternativa significaba superar automáticamente las viejas costumbres. De la Espriella puede encarnar una oportunidad de ruptura, pero también podría descubrir que gobernar sin compromisos clientelistas es mucho más difícil que prometerlo.
La expectativa existe y merece ser observada sin prejuicios, pero también sin ingenuidad. Si logra romper con dos siglos de patronazgo, habrá iniciado una nueva era política. Si termina reproduciendo las mismas prácticas, solo cambiarán los protagonistas. Amanecerá y veremos.
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