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19 Feb 2022 - 11:13 p. m.

Opinión: Humedales y urbanismo

Durante el periodo de la colonia, los españoles no valoraron la virtud de los humedales, los evitaron como si fueran charcos malsanos y emplazaron las primeras doce chozas en las faldas de las montañas, en lo que hoy es “el chorro de Quevedo”. Así, la negligencia contra el ecosistema hídrico que demostraron los colonizadores al construir la capital se ha mantenido a través del tiempo.
Son más escasos los amaneceres con neblinas, se extinguieron los peces nativos de la sábana y muchas de las aves que nos visitaban desde el norte ya no lo hacen porque no hay lagos acogedores en la Sabana.
Son más escasos los amaneceres con neblinas, se extinguieron los peces nativos de la sábana y muchas de las aves que nos visitaban desde el norte ya no lo hacen porque no hay lagos acogedores en la Sabana.
Foto: Secretaría de Ambiente

Al observar, desde el cerro de Monserrate, la meseta de Bogotá se entiende que haya sido una laguna. Se entiende también que cuando el mítico Bochica creó el Salto del Tequendama, antes que, como deidad, procedió con idoneidad de ingeniero hidráulico consciente, de que ese era el punto de drenaje adecuado para desaguar las anegaciones causadas por los desbordamientos de los ríos Tibitó y Sopó.

En efecto, el control de las aguas permitió que las diversas tribus Muiscas que habitaban La Sabana le dieran usos más eficientes al suelo, cultivando en los terrenos secos maíz, legumbres, tubérculos y favorecidos de la fauna, peces, cangrejos, aves migratorias, venados y demás especies nutridos con los dones de los humedales.

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Tal desarrollo, refieren los cronistas, fue el que encontraron las huestes del conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada. Pero los españoles no valoraron la virtud de los humedales, los evitaron como si fueran charcos malsanos y emplazaron las primeras doce chozas en las faldas de las montañas, lo que hoy es “el chorro de Quevedo” y sobre esa loma se trazaría y crecería la ciudad entre los ríos rebautizados como San Agustín y San Francisco, pero a decir verdad nunca les dieron un buen uso.

Cuando Santa fe de Bogotá ya tenía 20 mil habitantes los ríos eran cloacas en las que se vertían excrementos, desechos y basura, todo lo cual contaminaba las lagunas, humedales de abajo para terminar en el río Bogotá desde aquel entonces destinado a ser usado como cuenca de residuos.

El desarrollo urbanístico, en la colonia y en la Primera República se dio a lo largo del pie de monte, hacia abajo estaban las grandes haciendas cuyos dueños se las ingeniaron para rellenar las charcas, las lagunetas y los humedales que hubiese en sus predios, haciéndolos suelos cultivables, caminos y potreros para ganadería.

Se puede decir que la negligencia apática contra el ecosistema hídrico bogotano que demostraron los españoles al construir la ciudad se ha reproducido a través de los tiempos. Ya como capital del país, el necesario crecimiento de la ciudad hacia la extensión occidental de la planicie, ha ido rellenando las cuencas acuíferas. Ni las casas, ni las urbanizaciones, ninguna edificación, ninguna vía ha procurado la integración con los humedales, ni siquiera con los ríos, varios de los cuales fueron techados por vías, como el San Francisco bajo la avenida Jiménez, y los demás convertidos en alcantarillas.

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La muestra más patética es el río Bogotá, afluente principal de la ciudad y arruinado por inmunda contaminación que hasta hace poco empezó a preocupar y ya hay tratamiento de aguas residuales en algunos puntos.

Alguien me dirá: México D.F. ha crecido y ha prosperado construida sobre una laguna. Le contesto es lo que digo, el urbanismo español se impone sobre los sueños cenagosos.

Yo vine por primera vez a Bogotá en 1969, me impresionó ver la neblina que en los amaneceres cundía desde sus suelos. Después, en 1973, cuando definitivamente mi abuela nos trajo a vivir a la capital, y aquí llegué a cursar cuarto de bachillerato, el recorrido del bus del colegio era por entre humedales.

Junto a mi barrio estaba el humedal Santa María del Lago, después bordeábamos el lago del Club de los Lagartos, también un charco grande con juncos y patos que había junto a la Escuela Militar, y, ya llegando al colegio se veían espejos de agua en la 127 en el lote dónde construyeron Unicentro y los lagos con veleros y los caños naturales que bordeaban el Country Club.

Una vez nos aventuramos varios pelaos del barrio en irnos a pie a un concierto rock en Fontibón saliendo de Modelia, sin imaginarnos que lo que creíamos un potrero era en realidad un gran humedal, con peces y sapos saltando entre buchones y juncos, garzas y patos migrantes, ya en camino pisando escollos y falsos montículos llegamos empapados al lugar del concierto, que ya había terminado y debimos conformarnos con el concierto de batracios y cigarras que escuchamos durante la odisea.

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Al fin los urbanizadores, siguiendo la ruta que inicio el constructor Mazuera y continúo Luis Carlos Sarmiento, taponaron gran parte de los charcos bogotanos, así mismo se han tratado las carreteras y todas las edificaciones tanto privadas como gubernamentales.

Sé que quedan quince humedales de conservación en toda el área del Distrito, casi todos con comunidades aliadas defendiéndolos de la incesante amenaza de los urbanizadores o de las mega vías que proponen los gobiernos en sus planes de desarrollo. Ciertamente, es una noción de desarrollo que se practica desde la colonia y que asume los ojos de agua como un obstáculo y no como una virtud natural, por lo mismo, ni la arquitectura ni el urbanismo los integran a sus soluciones, les es más barato taponarlos con escombros para evitar el suelo limoso.

En consecuencia, cada vez son más escasos los amaneceres con neblinas, se extinguieron los peces nativos de la sábana y muchas de las aves que nos visitaban desde el norte sigue de largo porque ya no hay laguitos acogedores en la sabana.

A veces me preguntó si este desapego del bogotano por su suelo tendrá que ver con el hecho de que también se han olvidado de la papa chorreada, del tamal cundinamarqués y del puchero como si esos sabores y los charcos autóctonos fueran vergonzantes.

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