En las últimas décadas se ha consolidado de manera progresiva una cultura de medicalización de los problemas de la vida cotidiana que plantea alertas relevantes para la sostenibilidad de los sistemas de salud y para la comprensión misma de lo que significa estar sano. Bajo esta lógica, procesos fisiológicos y experiencias humanas normales como la menstruación, el envejecimiento, la ansiedad o el duelo han sido crecientemente redefinidos como problemas médicos que requieren intervención, tratamiento y consumo continuado de servicios de salud. El resultado es una expansión artificial de la demanda en salud que desborda la capacidad financiera e institucional de los sistemas y distorsiona sus prioridades fundamentales.
La medicalización se apoya en una premisa inconveniente cual es la idea de que la medicina dispone de respuestas técnicas para todo malestar y que cualquier desviación de la normalidad puede y debe ser corregida clínicamente. Este enfoque desconoce que muchas experiencias forman parte del curso natural de la vida y no constituyen patologías. Convertirlas en enfermedades no solo genera angustia, dependencia y sobreutilización de servicios, sino que también desplaza recursos escasos hacia atenciones de bajo valor, en detrimento de quienes enfrentan condiciones graves, prevenibles o socialmente deseables.
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Este fenómeno no es neutro ni accidental, responde a incentivos económicos claramente identificables. La ampliación del diagnóstico y la reducción de umbrales clínicos expanden mercados para médicos, clínicas, proveedores de tecnologías y, de manera particularmente significativa, para la industria farmacéutica. Cada nuevo trastorno reconocido implica oportunidades de negocio adicionales; cada intervención incorporada al portafolio asistencial se traduce en mayores volúmenes de facturación. En este contexto, la frontera entre necesidad médica y oportunidad comercial se vuelve cada vez más difusa, erosionando criterios de priorización basados en beneficio clínico real.
La medicalización también puede leerse como una manifestación de la sociedad de consumo. Autores como Herbert Marcuse advirtieron que la sociedad de hoy tiende a transformar necesidades humanas en demandas artificiales funcionales al mercado. En “El hombre unidimensional”, Marcuse describe cómo la racionalidad técnica excesiva coloniza la vida cotidiana, reduce la capacidad crítica y normaliza relaciones de dependencia. La extensión de la medicina hacia ámbitos no patológicos responde a esta lógica de consumo, presentada bajo el lenguaje del progreso, la prevención y el bienestar.
A ello se suma un uso distorsionado de la acción de tutela, especialmente visible en grandes centros urbanos como Bogotá, Medellín y Cali. Concebida como un mecanismo excepcional de protección de derechos fundamentales, pero que en la práctica se ha convertido en una vía expedita para imponer la provisión de medicamentos, tecnologías o procedimientos de alto costo, con frecuencia sin evidencia suficiente de beneficio clínico y al margen de evaluaciones de costo-efectividad. Este uso instrumental traslada al juez decisiones que deberían resolverse en el ámbito técnico y de política pública, debilitando la planeación sanitaria y favoreciendo intereses comerciales.
Las consecuencias de la medicalización son profundas. Incrementa el gasto, fragmenta la atención, patologiza la vida cotidiana y refuerza una visión pasiva del ciudadano, que deja de verse como sujeto de autocuidado para convertirse en consumidor permanente de servicios. Al mismo tiempo, erosiona la salud pública, invisibiliza los determinantes sociales de la salud y posterga inversiones estratégicas en prevención, promoción y atención primaria.
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Cuestionar la cultura de la medicalización no implica desconocer los avances de la medicina ni negar el derecho a la salud. Por el contrario, supone defenderlo con mayor rigor, reconociendo los límites de la intervención clínica, restituyendo la centralidad de la evidencia científica y protegiendo los recursos colectivos. Persistir en la idea de que todo puede y debe medicalizarse no solo es insostenible, sino que debilita la noción de la salud como bien social.
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