Bogotá

16 Feb 2011 - 8:18 p. m.

Sobrevivientes del holocausto cuentan su historia

Sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, que ahora viven en Colombia, relatan sus experiencias en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

El Espectador

Cinco judíos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial que ahora viven en Colombia, relataron el miércoles sus experiencias durante un conversatorio programado en el marco de la exposición ‘Shoa: Memoria y legado del holocausto’, que se presenta en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) hasta el 30 de marzo.

La exposición sobre el holocausto Nazi se inauguró el 20 de enero y desde entonces la han visitado más de 8.000 personas, desbordando las expectativas de asistencia, razón por la cual se aplazó su fecha de finalización que estaba programada para el 20 de febrero. En el Mambo se montó un recorrido interactivo que, además de mostrar videos, fotografías e intervenciones artísticas que guardan la memoria de la guerra, invita a reflexionar sobre la discriminación, la tolerancia, el adoctrinamiento, los derechos humanos y la coexistencia entre pueblos del mundo actual.

Shoa, que en hebreo significa catástrofe, es el término para referirse al holocausto Nazi que fue, a su vez, la eliminación sistemática de más de seis millones de judíos en Europa entre 1941 y 1945, generada por la ideología Nacionalsocialista desarrollada por Adolf Hitler (que gobernó Alemania de 1933 a 1945). El recorrido de la exposición refleja la crueldad de los mecanismos de exterminio en masa que incluían el fusilamiento, la horca y el más característico de ellos: las cámaras de gas a donde entraban más de 2.500 personas que luego morían intoxicadas con monóxido de carbono. Además, las fotografías y los relatos evidencian las condiciones de hambre, miseria y esclavitud que padecían los judíos en los campos de concentración donde eran confinados, torturados y asesinados.

Entre los cinco testimonios de quienes eran niños y adolescentes en aquella época y ahora son la última generación de sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, se escuchó el de Inge Chaskel, que durante la guerra ayudó a salvar más de 10.000 niños después de la famosa noche de los cristales rotos (una revuelta en Alemania y Austria que es considerada el paso previo al holocausto, y en la que se destruyeron 1.500 sinagogas y se detuvieron más de 30 mil judíos que fueron internados en campos de concentración):

“Vivíamos con mi madre en Stuttgart, Alemania, y antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el primero de septiembre de 1939, yo ya había presenciado el preludio de la mayor barbarie que iba a cometerse bajo el pretexto del conflicto mundial: la noche de los cristales rotos del 9 de noviembre de 1938 y las demás crueldades ocurridas en los 10 meses siguientes. Para mí, la primera consecuencia dolorosa de la guerra fue la inmediata terminación del transporte de niños hacia Inglaterra, lo que significó que no podríamos salvar más niños. Una vez declarada la guerra, la rutina diaria para los judíos era el terror de los opresivos bombardeos, generalmente nocturnos. Se habían acondicionado lugares subterráneos como refugios contra ataques aéreos y nos era imperioso asistir a ellos cuando sonaban las alarmas, obligados a soportar la incomodidad con los Nazis que se encontraban en el mismo refugio. El tiempo que transcurría mientras sonaban las alarmas era de pánico total, siempre esperando lo peor entre explosiones lejanas o a veces tan cercanas que ensordecían, lluvias de escombros, sirenas de ambulancias y bomberos, gritos, súplicas y murmullo de oraciones. Los alimentos los conseguíamos por raciones mínimas y sólo podíamos comprarlos en horarios determinados. Dentro de la estrategia de acoso a los judíos, el Gobierno desamparó a todos los que éramos arrendatarios, propiciando que fuéramos arrojados a las calles, entonces tuvimos que reunirnos con otras familias para compartir una vivienda y forrar todas sus ventanas para no delatarnos. Cuando mermó la persecución, mi madre logró sacarnos de Alemania, viajamos a escondidas pasando por Suiza, Francia, España y posteriormente a Cuba en un barco atestado de inmigrantes. En ese barco tuve mi último contacto directo con la tragedia que terminaría cuatro años después, pero que perduraría en el alma de quienes, como yo, la tenemos eternamente refugiada en el recuerdo de la calamidad ”.

Cilly Reines, Max Kirschberg, Bella Heller y Anamaría Goldstein fueron los otros cuatro sobrevivientes que compartieron sus relatos entre lágrimas y sonrisas. Cuando se les preguntó por su opinión sobre aquellos que niegan que el holocausto haya existido, a Max Kirschberg le bastó con ponerse de píe y mostrar su antebrazo, donde aún tiene grabado el número con que fue marcado mientras era prisionero en Auschwitz, el campo de concentración situado al este de Cracovia que ha sido catalogado como el mayor centro de exterminio en la historia del nazismo.

Hay más conferencias y actividades en el programa de esta exposición que, recordemos, estará abierta hasta el 30 de marzo.

 

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