De nuevo las polisombras, excavaciones, el polvo y el ruido se abren campo para dar lugar a otra obra pública en la capital. Hace dos semanas, comenzó la construcción del tramo norte del Corredor Verde o Corredor de la Séptima (entre la calle 99 y la 200), el único que pudo ser contratado, de los tres que contempla el proyecto. Sin embargo, el arranque de esta obra que, entre muchas cosas, contempla una troncal de Transmilenio, no fue ajeno a la polémica: desde los primeros días se vienen registrando manifestaciones y plantones.
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Y no solo por el proyecto de transporte masivo (algunos piensan que se debió pensar en otras opciones), sino por un hecho que da dimensión a la intervención: la cantidad de árboles que se van a talar. Esta es una pregunta que se hace la ciudad cada que empieza un nuevo proyecto de infraestructura en Bogotá.
El corredor norte de la Séptima es, tal vez, una de las apuestas más grandes de movilidad que tiene hoy la ciudad. Se contrató en 2023 y contempla la intervención de 11,56 kilómetros, con la promesa de mezclar transporte, espacio público y paisaje, con más de 385.000 metros cuadrados, entre andenes, plazoletas y zonas verdes, con 4.388 árboles, de casi 40 especies. Pero antes de llegar a esa imagen futura, se deben ejecutar algunas labores que atizan el debate; en concreto, la intervención del actual arbolado.
Para este proyecto, la Secretaría de Ambiente autorizó la tala de 1.147 individuos arbóreos, el traslado de 628 y el tratamiento de otros 383, que permanecerán en el sitio, con manejo especializado. A eso se suma la intervención de bosques urbanos, islas de biodiversidad y cerca de 400 sistemas de drenaje, con lo que buscan devolverle al suelo parte del agua que hoy corre sobre el asfalto.
Si bien, en las fases previas, las autoridades socializaron los planes de compensación, que cumplen la norma urbana vigente, hay quienes cuestionan cómo se repondrá este activo natural, tomando como base los antecedentes de otras obras. Con los datos sobre la mesa y una ciudad que trabaja por ser climáticamente resiliente, se reabre uno de los debates más recurrentes y sensibles, con varias aristas a tener en cuenta.
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¿Cómo se define la tala de árboles y su reposición?
Antes de que un árbol sea intervenido, hay un proceso que empieza en el diseño del proyecto. Cada individuo se identifica, se levanta en planos y se evalúa con una ficha técnica. Desde el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) explican que esa revisión no es general. “Cada árbol tiene un número, una ficha y se cruza con el plano. La autoridad ambiental va a campo y revisa árbol por árbol, para verificar qué tratamiento corresponde”, señalan.
Ese recorrido termina en una resolución que define cuántos árboles se talan, cuáles se trasladan y cuáles permanecen. Además, la compensación en árboles, en dinero o mixta, que debe efectuar el constructor. El diseño paisajístico previamente pasa por una mesa, en la que participan la Secretaría de Ambiente y el Jardín Botánico. Ambas entidades revisan las especies, su adaptación al entorno y su ubicación dentro del proyecto, para luego señalar si la propuesta en el diseño se acopla con la realidad ambiental de la zona a intervenir.
Bajo esta línea, el Distrito resalta que la intervención no se limita a reemplazar individuos. En el caso de la carrera Séptima, por ejemplo, el enfoque apunta a modificar la estructura ecológica del corredor. Hoy, según los documentos del proyecto que revisó El Espectador, la vía funciona como una barrera entre los cerros orientales y la ciudad, con baja conectividad para fauna y alta presencia de especies exóticas.
Teniendo en cuenta este panorama, el IDU explica que adoptó una propuesta de restauración, con más de 40 especies nativas, entre ellas roble, nogal, guayacán, palma de cera y yarumo, que buscan recuperar relaciones ecológicas con aves, insectos y otros organismos.
¿Cómo se repone la tala?
La compensación se construye en varias capas. La más visible es la siembra. El proyecto plantea reemplazar cada árbol talado con tres árboles nuevos. A eso se suman zonas verdes, jardinería y compensaciones económicas, que financiarán la restauración en otros puntos de la ciudad. Desde el IDU explican que el espacio del corredor no siempre permite mantener esa relación en sitio. “Dentro del proyecto, muchas veces no cabe la relación de siembra en el mismo lugar, entonces se incorporan áreas verdes, jardinería o compensación económica”, señalan.
Para el caso de la Séptima, la Secretaría de Ambiente estableció una compensación económica por COP 2.177 millones, que irá de la mano con la restauración. La designación de esta cuota se define, esencialmente, tras analizar el tamaño del árbol, su antigüedad y los servicios ecológicos que hoy presta. Sin embargo, esos recursos no se han girado, ya que el pago se hará una vez se ejecute la tala.
En ese momento, el dinero ingresará por tesorería, a la Secretaría de Hacienda (y no a la de Ambiente), que jurídicamente lo destinará al Jardín Botánico, para financiar actividades de plantación y mantenimiento, en el marco del Plan de Arborización de la ciudad, explica la administración. Esto se complementará con labores de jardinería, que intervendrán 100.000 metros cuadrados, siendo otro componente clave del proceso. Allí se incluirán especies que aportan alimento y hábitat para fauna urbana. “Los jardines generan conectividad, atraen insectos y aves y ayudan en la regulación del agua”, explican desde el IDU.
Los peros al modelo de restauración
El modelo institucional se sostiene en un balance: La tala se compensa con nuevas siembras, áreas verdes y restauración en otros puntos. Desde el IDU, la cifra acumulada en esta administración habla de 4.426 árboles plantados en distintos proyectos, además de la producción de 2.984 individuos, en convenio con el Jardín Botánico. El sistema busca garantizar que todo lo que se interviene tenga una reposición. Esa lógica, sin embargo, tiene otra lectura desde la biología y la academia.
El biólogo Oswaldo Cortés, consultado por El Espectador, plantea que el punto no está en la cantidad, sino en el tiempo y en las funciones ecológicas. “No se ha hecho como tal una restauración o reforestación. Solo se hace una rehabilitación del terreno al adicionar árboles. La restauración la vamos a ver en 20, 30 o 50 años”, explica.
La observación apunta a lo que no se ve en las cifras. Un árbol maduro no es solo un individuo. Es parte de un sistema que incluye sombra, temperatura, fauna y procesos ecológicos. “Cuando remueven estos árboles, se pierden servicios ecosistémicos, que no se recuperan en el corto plazo”, dice. Cuestiona, además, que se usen especies como la palma de cera, ya que tarda mucho en crecer y es un árbol delicado para criar en entornos urbanos.
Estos cuestionamientos también se han planteado en investigaciones académicas El estudio “Evaluación del modelo de compensación y seguimiento por tala de árboles en el Distrito Capital”, de Laurents Rojas Velandia, de la Universidad Nacional, analizó la tala en Bogotá entre 2016 y 2018. En ese periodo se retiraron 39.171 árboles, con esquemas de compensación que, en algunos casos, alcanzaron ocho individuos sembrados por cada uno talado.
Sin embargo, el documento introduce una distinción clave: “la compensación se ha limitado a evaluar el material vegetal perdido y no la relación existente con el entorno”. La diferencia no es menor, pues la figura de plantar cierta cantidad de árboles por cada ejemplar removido se debe entender como algo más complejo. Es decir, contar árboles no permite entender cómo cambia el sistema ecológico en el que estaban insertos.
Para completar, el estudio advierte otro asunto clave: la dificultad de seguimiento a los planes de compensación. Dice que la información relacionada con estos procesos es amplia, está dispersa y su verificación es compleja. Por ende, esa condición limita la posibilidad de evaluar con precisión los resultados del modelo.
Finalmente, Cortés destaca otro elemento: la ubicación de las compensaciones. Parte de los árboles nuevos se siembra fuera del corredor. “Muchos no caben en el mismo lugar y terminan en otros puntos de la ciudad”, señala. Ese desplazamiento modifica la distribución. del arbolado y la conectividad local, sobre todo en una zona tan delicada como la Séptima por su cercanía con los cerros orientales.
Desde su perspectiva, la conectividad ecológica de esa zona con el resto del cinturón hídrico de la ciudad se perderá de manera irremediable tras la tala y será necesario un largo periodo de tiempo para recuperarla.
Bogotá tiene un modelo para talar y compensar árboles, con cifras, normas y procedimientos claros. Lo que todavía no logra resolver del todo es el tiempo que hay entre una cosa y la otra. En ese intervalo, donde el árbol ya no está y el nuevo apenas empieza, es donde se instala la discusión.
La Séptima, más que un proyecto de movilidad, deberá ser un punto de partida para ajustar los procesos y reducir esa brecha entre la cifra y los ineludibles tiempos que la naturaleza necesita para recuperarse de cualquier avance de la huella humana.
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