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El comienzo del drama explotaría siete horas más tarde, cuando el paseador retornó sin Lucas a la casa de Carlos Jaramillo, el dueño. Entre tantas otras cosas, dijo que se le había perdido en un momento en el que jugaba con otro perro. Que lo había buscado por todos lados, que eso no le había ocurrido jamás, que los perros nunca tenían ese tipo de comportamiento.
Después de la tensa discusión, comenzó la pesadilla. Jaramillo empapeló las calles con fotos del perro; conversó con otros paseadores, con los vecinos, denunció la desaparición en la estación de Policía del barrio El Virrey, y armó un ejército con sus amigos para buscar día y noche, durante meses, a Lucas. “Podría parecer irrelevante, pero dejé pendientes en muchas ocasiones mis obligaciones de estudiante universitario, en parte porque la preocupación me quitaba tiempo y en parte porque la tristeza no me dejaba ni pensar”, dijo al relatar la historia. Lucas había sido un autorregalo para la familia Jaramillo.
Pasados algunos meses, una joven llamada Marta, paseadora de perros como Alcides, le contó a Carlos Jaramillo que en una casa aledaña a donde ella vivía se oían constantemente aullidos y que muchos vecinos habían visto a un perro que, de acuerdo con la descripción que él había hecho, era idéntico a Lucas. Coincidencialmente su vecino, dijo Marta, conocía a Alcides, el paseador del perro. Con la ayuda de Marta y tras una larga cadena de intermediarios, Carlos estableció un contacto con el secuestrador. A partir de ese momento empezó un tire y afloje entre los dos, discutiendo la suma de dinero, el lugar y el día para devolver “sano y salvo” al animalito.
Tiempo después, tras una conversación telefónica y un acuerdo previo entre las partes, el día en el que Carlos Jaramillo podría acariciar nuevamente a su mascota. No obstante, luego de varias horas de espera, “nunca llegó nadie”, dijo en la casa. Horas más tarde llamó el secuestrador con un tono de voz grave, alegando que la cifra ofrecida inicialmente, 350.000 pesos, era muy bajita y que por eso no se había presentado con Lucas.
Después de un inclemente “yo lo vuelvo a llamar”, colgó el teléfono. Durante semanas el silencio fue una constante. Una tarde, el secuestrador volvió a llamar. Jaramillo ofreció 500 mil pesos. De inmediato, subió su oferta a 700 mil, y luego, a más del doble. A los pocos días, en un parque lejano de cualquier policía, conoció personalmente al secuestrador. Cuando se aprestaba a pagarle “la recompensa”, como decidieron llamarla, oyó ladrar a Lucas, que estaba en un carro.
Tras haber pagado 1'500.000 pesos (Lucas costó 400.000 pesos), Jaramillo se reencontró con su perro. La única señal por la que lo reconoció fue por una cicatriz que Lucas tenía desde cachorro, ya que físicamente estaba devastado y carcomido por distintos brotes en la piel. La pesadilla había llegado a su fin a cambio del dinero y de no denunciar al secuestrador a la policía.
La costumbre del secuestro había vuelto a salir victoriosa, ahora con un animal. Jaramillo lloró ese día una vez más. Por impotencia, por el país, por la ausencia de valores, porque sí y porque no. Al día siguiente, cuando le preguntaron quién había entregado el perro, dijo que un muchacho muy joven. “Y lo peor —aclaró— es que nunca sabremos si fue Alcides o no”.
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