Es innegable que la Sabana de Bogotá creció rápido y creció mal. Durante años, la urbanización avanzó sobre suelos rurales, bordes hídricos y zonas agrícolas sin que los instrumentos de ordenamiento lograran detenerlo. Al contrario, a través de escaramuzas legales, acuerdos por debajo de la mesa y una tenue veeduría ambiental, el volteo de tierras dio vía libre a una depredación urbanística que endureció cerca del 80 % de este ecosistema estratégico.
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Lo que tardó varios milenios en consolidarse como un paraíso de humedales, lagunas, verdes praderas y suelos excepcionalmente fértiles se transformó en una mancha urbanística amorfa que poco a poco se tragó todo. Hoy, el resultado de estos errores no es otro que un territorio fragmentado, con municipios sobreconstruidos, mientras el agua, los ecosistemas e incluso la movilidad cargan con los costos.
En ese escenario de expansión desordenada y rezagos institucionales se lanzó Visión Metropolitana 2051, un documento de 312 páginas presentado por ProBogotá Región que propone una hoja de ruta conjunta de ordenamiento territorial para uno de los territorios de mayor crecimiento poblacional del país. No en vano, según estudios de Bogotá Cómo Vamos, cerca de 2 millones de personas se han trasladado a los municipios de este ecosistema durante los últimos cinco años. De tal forma, más que anunciar una novedad técnica, el estudio intenta responder a una pregunta que se volvió urgente: cómo reordenar una Sabana que ya fue transformada sin reglas claras. Lo hace, además, en plena discusión técnica por las determinantes ambientales que propuso el Ministerio de Ambiente para corregir una deuda histórica con el municipio de hace 30 años.
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Una región que ya existe, pero que no se planea
Según el documento, municipios como Funza, Mosquera, Madrid, Facatativá y El Rosal, de la Sabana Occidente, concentran dinámicas urbanas, productivas y logísticas que los hacen operar como una unidad funcional. Según las estimaciones, la población de estas unidades territoriales pasará de cerca de 637.000 habitantes en 2025 a más de 780.000 en la próxima década.
Ese crecimiento, advierte el documento elaborado por ProBogotá, no puede seguir resolviéndose con decisiones aisladas desde los POT municipales. “La Visión Metropolitana 2051 parte del reconocimiento de que Sabana Occidente ya funciona como región y necesita reglas acordes con esa realidad”, explicó María Carolina Castillo, presidenta de ProBogotá Región, a El Espectador.
En este sentido, el documento no propone eliminar la autonomía local, sino articularla, usando la Región Metropolitana Bogotá–Cundinamarca como plataforma para coordinar decisiones sobre suelo, movilidad, infraestructura y ambiente.
Crecer sin seguir ocupando más suelo
Uno de los ejes centrales de la propuesta es romper con la idea de que el crecimiento solo se resuelve expandiendo el perímetro urbano. Más del 60 % del territorio de Sabana Occidente sigue siendo rural y cerca del 25 % corresponde a áreas protegidas, una condición que obliga a replantear el modelo de ocupación.
“La hoja de ruta no plantea expansión urbana indiscriminada, sino un desarrollo que consolide lo existente, gestione el riesgo y fortalezca la resiliencia climática”, señaló Castillo. En la práctica, eso implica densificar donde ya hay ciudad, definir bordes urbanos claros y evitar que la urbanización siga avanzando sobre suelos ambientales y agrícolas estratégicos. Precisamente, la Corporación Autónoma de Cundinamarca no ha dado su aval a ninguna propuesta de modificación o creación de POT y PBOT de los municipios de la Sabana y en la cuenca alta del Río Bogotá, debido a sus limitaciones ambientales e incapacidad de pensar los territorios en esta nueva realidad.
Logística, industria y campo: ordenar una convivencia tensa
La Sabana Occidente concentra infraestructura alimentaria clave para el país, suelos agrícolas productivos y ecosistemas frágiles. Esa superposición, históricamente desordenada, ha generado conflictos sobre el uso del suelo. Bajo esta misma línea, el documento plantea organizar esa convivencia: concentrar la logística y la industria en áreas ya transformadas, proteger los suelos rurales estratégicos y fortalecer la cadena agroalimentaria. En ese marco se inscribe el Centro de Logística y Abastecimiento Regional, concebido como una forma de reducir dispersión, informalidad e impactos ambientales.
Lo ambiental como estructura, no como apéndice
Más de 11.000 hectáreas de áreas protegidas atraviesan la Sabana Occidente. Para ProBogotá, el problema no es su presencia, sino la forma en que han sido ignoradas por el ordenamiento urbano. Por consiguiente, el documento Visión 2051 propone integrar esas áreas como estructura del territorio, mediante la implementación de corredores ambientales, delimitaciones claras y bordes urbanos definidos. Todo esto, bajo el principio de que el desarrollo debe adaptarse al ecosistema, y no al revés.
No obstante, ese discurso de planeación regional choca con una realidad incómoda. Los instrumentos ambientales diseñados para ordenar la Sabana no han logrado materializarse. La Contraloría General de la República advirtió recientemente que los 29 municipios de la cuenca del río Bogotá no ajustaron sus POT, PBOT y EOT al POMCA, pese a que el plazo venció en 2020.
Once años después de la sentencia del Consejo de Estado de 2014, que ordenó reorganizar el territorio alrededor del agua, el incumplimiento persiste. Los POMCA definieron zonas de protección, rondas hídricas y áreas de riesgo, pero su implementación quedó atrapada entre debilidades técnicas municipales, cambios de administración y una Planeación fragmentada. El resultado ha sido un crecimiento urbano que siguió avanzando de espaldas al río y a sus afluentes, mientras el instrumento ambiental permanecía en el papel. Por lo tanto, líderes ambientales han cuestionado iniciativas como la del documento, al mantener una postura de planeación clásica que sigue dando la espalda a las problemáticas de fondo que siguen deteriorando este ecosistema.
Directrices ambientales y una discusión abierta
En ese contexto surgieron las directrices ambientales para la Sabana de Bogotá promovidas por el Ministerio de Ambiente. Alcaldes y gremios económicos cuestionaron su alcance, argumentando que ya existían instrumentos como el POMCA. Sin embargo, el propio diagnóstico de la Contraloría dejó en evidencia que esos instrumentos no se están cumpliendo. El debate, entonces, no es solo normativo, sino político y territorial: cómo evitar que la planeación vuelva a llegar tarde, cuando el daño ya está hecho.
En paralelo, el debate sobre el ordenamiento territorial de la sabana está atravesado por dos posturas definidas que tocan temas como la autonomía territorial y el control medioambiental. Mientras que los opositores de los lineamientos ambientales argumentan que su formulación coaptaría la autonomía de los 39 municipios que cobija la normativa propuesta. Sin embargo, también son conscientes, como se mencionó al principio de este texto, de que la planificación individual de los municipios no ha sido garante de la preservación ambiental, ni de una planificación territorial moderna y eficiente. Por tanto, salvando las barreras políticas, el común denominador de quienes discuten la Sabana es el de un instrumento o directriz general que ponga en cintura el caos de los últimos 30 años.
La Visión Metropolitana 2051 llega a una Sabana intervenida, fragmentada y ambientalmente presionada. Su mayor apuesta no es frenar el crecimiento —porque ese ya ocurrió—, sino ordenar lo que quedó antes de que la erosión ecosistémica y el desorden urbano sigan profundizándose.
La pregunta de fondo no es si la Sabana necesita más planes, sino si esta vez las decisiones lograrán bajar del papel al territorio. Mientras los instrumentos no se alineen, la Sabana seguirá pagando el costo de haber crecido sin reglas en forma de humedales que perecen al relleno, ríos contaminados, distancias cada vez más largas y, ante todo, una vulnerabilidad climática evidente.
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