Bogotá

23 Jul 2010 - 10:43 p. m.

Una urna en el olvido

Bosa celebró el bicentenario destapando, lejos de las cámaras y los micrófonos, un frasco guardado hace 100 años.

Alfredo Molano Jimeno

Mientras los bogotanos esperaban ansiosos conocer qué saldría de la famosa urna centenaria guardada por el Concejo Municipal de Bogotá en 1910, los habitantes de la localidad de Bosa destapaban su propio legado del tiempo. Mientras en el Archivo Histórico de Bogotá no cabía un micrófono ni una cámara, en la parroquia de San Bernardino de Bosa no había nadie que registrara este otro histórico acontecimiento. Mientras todos los reflectores disparaban al Alcalde Mayor y al Presidente de la República en el instante en que sus caras de sorpresa se encontraban con los papeles que por casi un siglo permanecieron guardados en el cabildo distrital, a la antiquísima iglesia del sur de la ciudad ni el alcalde local asistía.

Por casi una centuria los habitantes de lo que hoy es la localidad séptima esperaron el 20 de julio de 2010, momento en el que se debía destapar el frasco de vidrio que los miembros del Concejo Municipal de Bosa de 1910, con la presencia del alcalde y en una emotiva misa campal, ocultaron en una pared de la iglesia. Esta urna centenaria no fue construida por la empresa francesa Fichet ni era a prueba de los años. Era un frasco de vidrio asegurado con unos alambres. Parecía más una botella que algún náufrago soltó a la deriva de la mar que una caja de la memoria.

En la época en que este legado centenario fue depositado a la suerte del tiempo, Bosa era un municipio que, según papeles que se encontraron en dicha urna, distaba 14 kilómetros y medio del municipio de Santafé de Bogotá, al cual estaba unido por una carretera y por el ferrocarril de la sabana; tenía 2.800 habitantes y el poblado, construido al pie de una iglesia que data del siglo XVII, era bañado por las limpias aguas del río Tunjuelito, al cual residentes y visitantes iban a bañarse y tomar el sol sabanero los domingos. Allí, algunos ilustres del municipio de Santafé instalaron sus haciendas de recreo.

El aviso que advertía de la existencia del frasco estuvo oculto algunos años en un libro de defunciones de 1902, un libro gordo que registró los centenares de muertos que dejó el último gran conflicto civil del siglo XIX  —Guerra de los Mil Días (1899-1902)—. En una hoja anexada posteriormente con fecha del 17 de julio de 1910 y firmada por el padre Jorge Arturo Delgado quedaron archivadas las indicaciones para dar con el paradero de este recodo del pasado.

Bosa había sido un importante centro de la comunidad indígena chibcha antes de la llegada de los españoles. Allí prevalece el mito fundador de Santafé de Bogotá o Bacatá, como se le habría conocido en esa lengua. Su nombre se debe a que Boza —con “z”— indicaba el segundo día de la semana, por lo que se asociaba al numero dos, pero a su vez, según Joaquín Acosta Ortegón, investigador que recopiló la historia de esta localidad, se refiere “al cercado que guarda y defiende las mieses”.  Esta era una zona de gran fertilidad, donde se daba el trigo, la papa, el maíz, entre otros productos. Su rastro histórico se pierde en los tremedales del olvido, en un tiempo sin fechas y sin horas, de mitos y leyendas. Por allí, dice la historia de la colonización, estableció su cuartel general Gonzalo Jiménez de Quesada antes de fundar Santafé en 1538.

El Templo Doctrinero de San Bernardino de Bosa, declarado por el Ministerio de Cultura como bien de interés nacional, fue construido en 1640, al parecer bajo el mando del párroco Fray Pedro Mendivelso. Sus piedras, su fachada y su altar de madera dorada dan fe de su antigüedad y valor patrimonial, pero al parecer nada de esto es suficiente para que sea digna de ser restaurada y conservada como lo que es, un fósil de la historia reciente. “El Gobierno Nacional y el distrital no nos han brindado la suficiente atención. En cualquier otro país del mundo los gobiernos harían lo que fuera por conservar este pedacito de memoria, aquí no, es una iglesia más, situada en una localidad marginal. Un curador nos dijo que su restauración costaría cerca de $100 millones”, explica con tono de indignación el padre Luis Felipe Useche, encargado de la parroquia.

El pasado 20 de julio, con la presencia del obispo, monseñor  Daniel Caro Borda, y los padre José María Flores y Luis Felipe Useche, la comunidad de la localidad de Bosa tuvo su cita con el tiempo. Lo que salió del frasco de cristal fue un rollo de papeles amarillentos y carcomidos por los días. No había fotos ni cartas de eminentísimos funcionarios públicos, en éste habían depositado no más de diez documentos, que sin duda han despertado el largo camino que este rincón del suroccidente bogotano alberga en el olvido.

Comparte:

Regístrate al Newsletter de hoy

Despierta con las noticias más importantes del día.
Al registrarse, acepta nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
X