Hablar en pasado de un ser querido y, en especial, tras una muerte violenta es doloroso. Así lo siente Rusmeiri González, quien el miércoles se enteró del hallazgo sin vida de su hermana menor, Ana Lucía González Mendoza, quien alegró a su familia con su presencia solo por 9 años, pues a esa edad fue asesinada. Según el reporte preliminar de Medicina Legal, la asfixiaron. Ahora lo que tratan de determinar es si también fue víctima de abuso sexual.
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Los hechos pasaron rápido, pero, al parecer, pudieron prevenirse. Rusmeiri contó cómo llegaron a Bogotá y detalles previos a la desaparición de la niña. Narra que hace dos años, llegó a Colombia oriunda de Zulia (Venezuela). Entre ires y venires, ‘Chana’, como llamaban de cariño a su hermanita, le dijo que si la podía acompañar. “Estaba de vacaciones escolares, cursaba cuarto de primaria, y me dijo que quería conocer Bogotá”.
Fue así como ella, su hijo (de 2 años) y Ana llegaron a la capital. Se alojaron en un inquilinato de seis pisos, ubicado en el barrio Porvenir del Río, municipio de Mosquera (Cundinamarca). Los recuerdos de los tres meses que convivieron son imborrables. La joven de 24 años cuenta que cuidaba de ellos todo el día. Luego de prepararles el desayuno a los niños, los dejaba jugar o veían el programa favorito de Ana, Las Chicas del Pop.
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Pero los días iluminados, asegura, los opacaba quien hoy es el principal sospechoso de la muerte de la pequeña: su exnovio, de 29 años, oriundo del estado La Guaira (Venezuela). Durante casi dos años y medio sufrió una relación marcada por la violencia económica y psicológica. “No me dejaba hablar con nadie, solo con mi mamá. Me cansé, puse mi límite y en agosto le terminé, pero me dijo que nunca me iba a dejar ir. Era obsesivo. Tóxico”.
En el mismo cuarto del que no se fue, como parte del asedio, supuestamente el sujeto agredió a Ana, según la denuncia en Fiscalía. “Una mañana encontré a la niña en la cocina y le pregunté qué había pasado. Me dijo que tenía miedo de contarme, porque él le había dicho que si hablaba me iba a hacer daño. La tranquilicé y fue cuando me contó que le había mostrado el pene. Esa noche lo confronté”.
Antes de la desaparición
El 14 de septiembre, a las 8:00 de la mañana, Rusmeiri recibió un mensaje en su celular. Su exnovio lo vio e inició una escalada de violencia. En el cuarto, en presencia de los dos niños, “empezó a romper el espejo. Ana se levantó, yo agarré a mi hijo y bajamos a la calle. Nos persiguió y bajó con un bolso donde tenía los documentos de los tres y mi celular”. Con varios testigos, pero sin que nadie levantara el teléfono para llamar a la Policía, Rusmeiri le pidió a Ana que buscara ayuda. “En mi desespero le dije que fuera a la panadería, porque allá siempre hay policías. Le dije que si había uno, lo trajera. Si no, que me esperara allí”.
Al ver que el sujeto se había ido al parqueadero para sacar la motocicleta, caminó con su hijo cinco cuadras hasta el cuadrante de Policía, mientras Ana atendía la instrucción. Su preocupación era lograr que le devolviera los documentos. Sin ellos, no tenía cómo regresar a Venezuela. Sin embargo, la esperanza de recibir auxilio chocó con otro muro: “Llegó un policía a recibir turno, le comenté lo sucedido, pero me dijo que luego podía comprar otro celular o sacar la cédula. Quedé decepcionada de no recibir ayuda y me devolví”.
A paso firme, mientras Rusmeiri pensaba en juntar una maleta y huir con los niños y el poco dinero que había reunido, caminó directo a la panadería, pero Ana no estaba. La preocupación y el miedo escalaron. Corrió al inquilinato, donde creyó que la iba a encontrar, pero el cuarto estaba vacío. “El tiempo que perdí en el CAI, él lo aprovechó para llevársela. Así lo vi en las cámaras de seguridad”.
A la deriva, acudió a una señora que hacía perifoneo. Era la primera persona que la escuchaba y auxiliaba. A pesar de los esfuerzos, no tuvo éxito. Cuando pasó un policía, se recepcionó la denuncia y se activó la Alerta Rosa. Ese mismo 14 de septiembre, en la noche, el sospechoso regresó al inquilinato en Mosquera. Tranquilo y con la excusa de que había estado trabajando, ayudó a Rusmeiri a buscar a la pequeña en los barrios cercanos. “Me llegó a consolar. Estaba tranquilo. Cuando vi las grabaciones, lo confronté e insistió en que no se la había llevado”.
Las 48 horas de búsqueda
El Espectador intentó contactar al alcalde de Mosquera, Nelson Parra, pero al cierre de esta edición no hubo respuesta. A partir de sus declaraciones en otros medios, detalló el recorrido que hizo el sospechoso con Ana Lucía. Así lo evidencian las cámaras de seguridad, que ahora son pieza clave en el proceso penal. De acuerdo con Parra, el indiciado partió del barrio Porvenir del Río, en Mosquera (Cundinamarca), tomó la calle 13 hacia Bogotá e ingresó al barrio Casandra (Fontibón), antes de llegar a la Zona Franca. Allí hizo una parada por cerca de tres minutos y se devolvió, ya sin la pequeña. Ese detalle es materia de investigación, para establecer cómo su cuerpo terminó en una alcantarilla del barrio Juan José Rendón, de Ciudad Bolívar, a más de 18 kilómetros de distancia.
Según el secretario de Seguridad, César Restrepo, la Policía de Mosquera pidió apoyo en Bogotá para la búsqueda de Ana Lucía, sobre todo en el Río Bogotá, pues esa es la frontera que separa a los dos barrios, en apenas 5 cuadras, donde se movilizó el hoy sospechoso. Aunque buscamos a la Policía de Mosquera y de Bogotá para conocer cómo se articularon, al cierre de esta edición no hubo respuesta.
El sospechoso fue capturado el 16 de septiembre, dos días después de la desaparición de la menor y fecha en que encontraron su cadáver. Al cierre de esta edición, estaba programada la audiencia de legalización de captura e imputación de cargos por los delitos de homicidio agravado, acceso carnal abusivo con menor de 14 años y actos sexuales con menor de 14 años.
A Ana Lucía la sepultarán en Venezuela. Su familia pide apoyo para trasladarla, mientras reciben atención psicosocial y su abogado, Daniel Solarte, toma la representación del caso. Solo esperan la máxima pena posible como justicia ante tanto dolor, caso que podría tipificarse como violencia vicaria, la cual se caracteriza por la intención clara del agresor de generar daño a la mujer a través de los hijos o familiares.
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Rusmeiri pide recuerden a su hermana ‘Chana’ como una niña risueña, sincera y amorosa con toda su familia. El recuerdo que más preserva de ella eran los momentos en que la miraba con admiración. “Cuando yo me vestía o me peinaba, me decía que quería vestirse algún día así. La extrañaré siempre”.
La violencia vicaria en Bogotá
De acuerdo con el Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de la Secretaría de la Mujer, 1 de cada 10 mujeres con hijas o hijos en Bogotá experimentó violencia vicaria al menos una vez durante los últimos dos años. Una violencia caracterizada por tener la intención clara de generar daño a la mujer a través del sufrimiento infligido a los hijos, hijas, familiares o incluso mascotas. A pesar de ello, esta violencia no es reconocida en el marco jurídico colombiano, aunque la Corte Constitucional la ha nombrado en dos sentencias. Ana Lucía es la víctima más reciente, pero también lo fue Susan y Santy y la menor, que junto a su mamá, fueron asesinadas por un exmilitar en Usme. Un vacío que, más allá de lo legal al no penalizarse bajo su entendido, impide entender el problema para no solo sancionarla, sino prevenirla.