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Apoyado en un bastón, Héctor Fabio Ospina mira lo que quedó de su casa en el barrio Providencia, en Pereira. Un aviso pegado en la fachada le advierte que los pocos muros que quedaron en pie están en “peligro de colapso” y le recuerdan lo que hace varias semanas tuvo que asumir: ya no puede vivir allí.
“¿Qué estará pensando mi papá?”, se pregunta Liliana Ospina, su hija, cuando lo ve observando la casa. Ella tenía cinco años cuando se mudaron desde Manizales para vivir en el lugar que su padre compró con los ahorros de toda una vida trabajando como transportador de lácteos cuando apenas se estaba funando el barrio. En esa misma casa, su hijo, que hoy ya es un adulto, aprendió a caminar.
“Esa casa me costó COP 16.000 hace 62 años”, cuenta Héctor, quien ya tiene 93 años. Fue el hogar de tres generaciones de la familia y, el pasado 10 de agosto durante el sismo de magnitud 7,4 que ocurrió en Colombia, “en dos minutos se nos acabaron todas las cosas”.
A pocos minutos de allí, en el centro de la ciudad, Saulón Ariza tiene montado un puesto improvisado de venta de lotería justo en frente del edificio en el que solía trabajar, en la Plaza de Bolívar. El día del terremoto, apenas alcanzó a salir del lugar y lo vio colapsar con su puesto de trabajo incluido. Recuerda de memoria los billetes que quedaron bajo los escombros: “fueron 500 de la Lotería de Risaralda, 40 de Bogotá, 100 de la Extra de Colombia, de Quindío fueron 40 y otros 40 Medellín, Tolima y Cundinamarca”. Con un préstamo que le hizo la Lotería de Risaralda, tuvo mercancía para vender nuevamente y se instaló en la plaza el 13 de agosto. “Aquí hemos estado al sol y a la lluvia, para hacernos lo de los pasajes”, dice.

Hace apenas una semana empezó a volver la gente al centro de la ciudad, relata Saulón. Hoy se ven tiendas abiertas y el tráfico de cualquier día hábil, pero el panorama se interrumpe en cada calle con la imagen de alguna edificación destruida o en reconstrucción. Hay máquinas demoliendo edificios ante la mirada de quienes recuerdan lo que se perdió. “Yo siento como un dolor colectivo, porque es muy triste ver todo lo que se cayó. Los lugares que frecuentábamos, hay algunos que ya no existen. Nos quedamos sin supermercado, sin panadería”, asegura Jesús David Hernández, habitante de la ciudad.
En todo el país murieron 331 personas y hay 111 que todavía figuran como desaparecidas. Colapsaron 36.326 viviendas, la mayoría de ellas en Pereira, Cali y Quibdó, y otras 202.002 tuvieron algún daño en su infraestructura. “Ha sido muy difícil porque, así haya ocurrido todo esto, nosotros tenemos que seguir con nuestra vida, tenemos que seguir trabajando y tratando de ser muy resilientes”, apunta Lucía Gómez, otra de las víctimas de la tragedia que ocurrió hace un mes.
La solidaridad en medio del desastre

Sergio Castañeda se dedica hace más de seis años al turismo de aventura en Santa Rosa de Cabal, Risaralda. Recibe visitantes nacionales y extranjeros para llevarlos a descender por algunas de las cascadas más altas que tiene el municipio. También fue uno de los damnificados por el terremoto. “El edificio en el que vivo quedó muy fracturado, el ascensor no quedó funcionando”, cuenta.
Le pidieron, como a muchos habitantes del Eje Cafetero, Valle del Cauca y Chocó, que evacuara su vivienda por el riesgo de colapso. Entonces, Castañeda pensó en utilizar las mismas cuerdas que lleva cada fin de semana a los ríos de Risaralda para bajar sus pertenencias y poder mudarse. “Comenzamos con unos amigos a ayudarles a otras personas del edificio a sacar las cosas. Ahí nos dimos cuenta de que hay muchas personas con el mismo problema”, dice Castañeda.

Canceló sus actividades turísticas y abrió una agenda que está copada por varias semanas para ir, en la mañana y en la tarde, a recuperar los enseres de decenas de personas. “Ellos no cobran nada”, explica Marta Rojas, habitante de un edificio de 15 pisos que tiene orden de desalojo, “pero, a mí me da pena no darles nada”.
Castañeda y su amigo Roberto Gómez bajan una nevera, una lavadora, una secadora, un sofá y varios muebles más desde un doceavo piso. Los amarran con precaución y toman las mismas medidas de seguridad que se utilizan en el descenso de cascadas para evitar accidentes. “Para que no diga que no tratamos bien sus cosas, señora Marta”, comenta entre risas Gómez mientras suelta hacia el vacío de unos 40 metros una nevera. Del otro lado de la torre de apartamentos, Castañeda la sostiene valiéndose de una polea que colgaron minutos antes desde el último piso del edificio.
“Vemos a personas ancianas solas en los edificios sin quien les ayude, o con la familia muy lejos. Están confundidos, no saben qué hacer. ¿Por qué no brindarles una ayuda? Es bonito poder ayudar a las personas desde lo que uno sabe hacer”, asegura Castañeda. Como él, hay cientos de personas brindado ayudas en Pereira y los municipios vecinos: recogiendo donaciones, transportando mercancía, alojando a un vecino o invitando un plato de comida.

Un grupo de cineclubes de Pereira, por ejemplo, decidió empezar a visitar albergues, ollas comunitarias y barrios afectados por el terremoto con una pantalla gigante para proyectar películas infantiles. “Cuando sucede este terremoto la necesidad primordial es la básica: alimentación, un techo, una posible vivienda temporal. Pero cuando ya todo esto llega a un orden, nosotros como gestores culturales buscamos la manera para que, los niños, las niñas, los padres de familia tengan un rato de distracción”, explica Cristian Castaño, educador audiovisual y parte de los cineclubes que formaron esta iniciativa.
Han visitado albergues como el del Parque Olaya Herrera y barrios como Las Colonias y Providencia, en donde hay familias afectadas ya sea porque perdieron su vivienda, su trabajo o porque sus hijos no han podido regresar a clases. Además, llevan alimentos preparados para acompañar la proyección de la película y actividades musicales o de teatro mientras se hace el montaje de la pantalla.
Las ayudas no han faltado cuando se trata de comida, kits de aseo o mercados. Sin embargo, asegura Lucía Gómez, habitante de Providencia, “las ayudas económicas que realmente necesitan las personas para reconstruir sus viviendas, esas no han llegado”.

A la espera de la reconstrucción
Mientras bajan su trasteo con cuerdas en Santa Rosa de Cabal, Marta Rojas no tiene muy claro cuánto tiempo va a tener que irse del lugar que eligió para pasar su vejez. La mudanza va hacia Bogotá, a una casa que le prestaron para hospedarse mientras sabe qué pasará con su apartamento.
“Aquí nadie nos ha dicho si esto se va a caer. Ha venido gente, pero ninguno ha dado una certificación de nada. Nos duele porque nos sacaron a todos”, relata sobre las visitas de ingenieros al edificio. Saben que tiene riesgo de colapso, pero no si va a ser demolido para reconstruirlo. Durante tres semanas ha vivido en el salón comunal en una carpa. Otros vecinos, afirma, no quieren dejar sus apartamentos y siguen viviendo ahí.
Mientras tanto, en Providencia, a pesar de que ya empezó la demolición de algunos edificios en Pereira, tampoco tienen claro en cuánto tiempo empezará la intervención de su barrió. “Nos dicen que tenemos que esperar a que aprueben las demoliciones, porque, como son propiedad privada, la Alcaldía tiene que sacar un decreto donde autoriza a demoler y la gente también les autoriza para que ellos les ayuden a tumbar lo poco que quedó de las casas”, explica Jesús Hernández, otro de los habitantes del barrio.

En todos los lugares afectados por el terremoto en Pereira, las casas ya tienen un sello en su fachada, como el que tiene la de Héctor Fabio Ospina. “Habitable”, “uso restringido” o “peligro de colapso”, son las tres evaluaciones que han dado los ingenieros, la mayoría de ellos voluntarios, que censaron la ciudad.
Sin embargo, aún no hay una cifra de cuántas serán demolidas ni de cuántas personas recibirán las ayudas económicas que ha anunciado el Gobierno nacional para la reconstrucción. “Queremos y esperamos que haya ayudas. Mi papá vive de un mínimo, que es su pensión, y con no se va a poder reconstruir la casa”, dice Liliana Ospina. Hasta el momento, solo han visto caer su casa, pues el techo termino de irse al piso durante algunos de los aguaceros que cayeron en Pereira tras el terremoto.
“No sabemos cuánto tiempo se puede demorar. Puede ser meses, puede ser un año o más. Usted sabe que los procesos en Colombia a veces demoran mucho”, apunta Jesús Hernández. Desde el frente de su casa en Providencia asegura que, aunque muchas personas dicen que la situación “se volverá panorama, eso no va a ser así”. Para él, bajo los escombros del terremoto quedan años de recuerdos y lazos que tendrán que reconstruirse, aunque sea a paso lento.
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