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Así funciona la industria de clonación de caballos para el polo

En Argentina, la clonación equina en el polo dejó de ser una rareza para convertirse en una industria madura, aunque los dilemas éticos que la rodean aún persisten.

Maximiliano Fernández - Knowable Magazine

24 de enero de 2026 - 09:19 a. m.
Argentina se transformó en el epicentro mundial de la clonación de caballos, muy por encima de Estados Unidos y Europa.
Foto: Kheiron Biotech
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Al mínimo toque de riendas, sintió una familiaridad que lo estremeció. Era 2016 y el polista Adolfo Cambiaso —considerado el mejor del mundo— cabalgaba por primera vez sobre un clon genético de Cuartetera, su yegua insignia. La misma explosión en el arranque, la misma agilidad en las curvas, el mismo tranco sostenido en los sprints largos. “Era lo mismo —recuerda—. Mismos movimientos, misma cabeza… no lo podía creer”. Bastaron pocos segundos para que se diera cuenta de que su apuesta —que muchos habían calificado como un disparate— había triunfado.

Cambiaso, hoy de 50 años, vio antes que nadie, en 2006, la oportunidad de preservar la genética de sus caballos más excepcionales a través de la clonación y así perpetuar a su equipo La Dolfina, de la provincia de Buenos Aires, en lo más alto del polo por generaciones.

Ese año, en plena final del Abierto de Palermo —el templo máximo del polo—, su caballo Aiken Cura sufrió una devastadora fractura y tuvo que ser sacrificado. Pero, antes de despedirse, Cambiaso hizo un pedido inusual a los veterinarios. “Por las dudas, antes de que lo llevaran a dormir, dije: ‘guardemos células’”. No era más que una corazonada. Había escuchado la historia de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, y la idea le quedó rondando en la cabeza.

Hoy, dos décadas después, aquella intuición ha dado origen a un cambio radical en el mundo del polo. La Dolfina, que cuenta hoy con más de 150 caballos clonados, impuso un dominio sin precedentes y Argentina se transformó en el epicentro mundial de la clonación de caballos, muy por encima de Estados Unidos y Europa. Con los años, los laboratorios han sofisticado el procedimiento y mejorado la tasa de éxito —aunque sigue siendo baja—.

De allí los elevados costos: clonar un caballo implica multiplicar la inversión necesaria para criar un buen ejemplar de forma tradicional. Y aunque la clonación equina dejó de ser una rareza para convertirse en una industria madura, los dilemas éticos que la rodean —sobre bienestar animal, competencia justa y hasta dónde intervenir la biología con fines deportivos— aún persisten.

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Hacer copias genéticas de mamíferos

En todos los mamíferos, incluidos los caballos, el proceso de clonación es similar. En primer lugar, se extrae una célula somática —una célula no reproductiva, como una célula de la piel— del animal que se va a clonar y se extrae su núcleo, que contiene la información genética. En paralelo, se toma un ovocito de la misma especie animal, al que también se le quita su propio ADN nuclear mediante un proceso denominado enucleación. En ese ovocito “vacío” se inserta el núcleo extraído de la primera célula.

Luego, ese ovocito con su nuevo núcleo se estimula químicamente o mediante impulsos eléctricos para que comience a dividirse y forme un embrión. Ese embrión se cultiva in vitro siete u ocho días hasta alcanzar el estadio de blastocisto, momento en que se implanta en una hembra que llevará adelante la gestación.

El método se llama transferencia nuclear de células somáticas. Fue el que se usó para crear a la oveja Dolly en 1996, un hito que demostró que era posible “reiniciar” el ADN de un animal y llevarlo a un estado embrionario capaz de desarrollarse, pero con grandes desafíos en el camino.

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Foto: M. Fernández - Revista Knowable

Desde Dolly se han clonado con éxito más de 25 especies de mamíferos, incluyendo bovinos, ovinos, caprinos, porcinos, equinos, perros, gatos y especies silvestres como el lobo gris y los hurones. Las principales limitaciones de la clonación están en que el núcleo transferido no siempre logra reprogramarse por completo y en que puede haber incompatibilidades entre las mitocondrias del ovocito receptor y el genoma del núcleo transferido, explica Andrés Gambini, veterinario especialista en reproducción animal de la Universidad de Queensland, en Australia.

Las mitocondrias son pequeñas estructuras dentro de las células que producen la energía necesaria para que funcionen. Contienen su propio ADN, por lo que los clones no son genéticamente idénticos entre sí. Aunque comparten el mismo ADN nuclear del animal original, el ADN mitocondrial será diferente, ya que no proviene del animal original, sino del ovocito utilizado en el proceso de clonación. Aunque ese ADN representa una fracción mínima del genoma total, cumple una función crítica en la célula, por lo que esas pequeñas variaciones pueden traducirse en diferencias funcionales y de aspecto, señala Sebastián Demyda Peyrás, genetista de equinos de la Universidad de Córdoba, España.

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El experto agrega que a “eso se suma que los patrones epigenéticos en la clonación están alterados con mucha mayor frecuencia que en gestaciones naturales. Ambos factores —el recambio mitocondrial y la epigenética— influyen en la mayor tasa de abortos y la cantidad de clones que nacen con problemas de salud, con anomalías placentarias o problemas físicos severos”.

Pese a sus desafíos técnicos, la clonación abrió la puerta a muchas aplicaciones, como la conservación de especies, la cría de ganado y hasta intentos de recuperar especies extintas. En el campo de la conservación, material genético almacenado en biobancos puede utilizarse para restablecer una población reproductora saludable, mejorando la diversidad genética y aumentando el número de animales que pueden reproducirse, señala Aleona Swegen, veterinaria reproductiva de la Universidad de Newcastle, Australia, y coautora de una revisión de 2024 en el Annual Review of Animal Biosciences sobre la clonación en la conservación. Los principales retos, afirma, son la necesidad de encontrar una cantidad adecuada de ovocitos de especies estrechamente relacionadas y madres sustitutas adecuadas para la gestación.

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La clonación también sigue enfrentando retos en animales domésticos. Un momento crítico, que es diferente para cada especie, es el momento en que el embrión deja de depender del ARN y proteínas del óvulo materno y comienza a utilizar su propio ADN, dice Pablo Ross, director científico de STgenetics, líder mundial en biotecnología reproductiva bovina, y genetista animal de la Universidad de California, Davis. En bovinos, este paso, conocido como activación del genoma embrionario, ocurre cuando el embrión llega a tener entre ocho a 16 células, mientras que en equinos se produce cuando cuenta con entre cuatro y ocho células.

En caballos, al igual que para otras especies, ya existen protocolos públicos para clonar, pero el éxito depende de la pericia del equipo y de detalles técnicos que no siempre figuran en los manuales. Un punto crítico en los caballos es la procedencia de los ovocitos. Una alternativa es obtenerlos de ovarios de yeguas muertas recolectados en mataderos, aunque también pueden extraerse de hembras vivas mediante aspiración transvaginal, un procedimiento más invasivo, pero con mejores tasas de éxito.

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Con ovocitos obtenidos mediante aspiración transvaginal, la proporción de embriones que alcanza la fase de blastocisto es de alrededor del 35 %, frente a apenas el 26 % en los ovocitos obtenidos de mataderos. Y la diferencia se ensancha en las etapas posteriores: entre las yeguas que permanecen preñadas después del día 42, algo más de la mitad de las gestaciones derivadas de ovocitos mediante aspiración transvaginal terminan en potros sanos, frente a apenas una de cada 10 cuando los ovocitos proceden de mataderos.

En los últimos años, agrega Flávio Vieira Meirelles, biotecnólogo reproductivo de la Universidad de São Paulo, Brasil, varios avances han hecho que la clonación de caballos mejore, principalmente relacionados con la activación del óvulo tras insertar el núcleo y el cultivo del embrión. Además, se ha elevado la eficiencia con la que se reprograman los genes del núcleo donado, un proceso que se lleva a cabo mediante sustancias químicas en el citoplasma del óvulo.

Además, se logra un mayor éxito cuando la fuente del núcleo donado proviene de células madre adultas —capaces de renovarse y transformarse en distintos tejidos dentro de un órgano— que cuando proviene de células diferenciadas de un tejido, como la piel, que arrastran más “memoria” de su función original. También, las células de animales jóvenes tienden a responder mejor que las de los más adultos, entre otros factores. Y, claro, también influye la capacidad reproductiva de las hembras que hacen de vientre de alquiler. Aun con todo optimizado, la tasa de nacimientos por embrión transferido es baja en mamíferos grandes, oscila entre el 3 % y el 10 %.

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Pese a las dificultades, la clonación se ha expandido y hoy alimenta una industria tan diversa como inquietante: se clonan reses excepcionales destinadas a producir carne de altísima calidad, animales de compañía para amos incapaces de decir adiós a sus mascotas —y dispuestos a invertir 50.000 dólares en un clon de su perro o gato— y caballos de polo extraordinarios para tratar de asegurar la victoria en la cancha.

Argentina: epicentro de la clonación de caballos

En 2010, mientras terminaba su tesis doctoral sobre clonación en la Universidad de Buenos Aires, el biotecnólogo Gabriel Vichera se topó con una noticia que lo sacudió: Adolfo Cambiaso había rematado uno de los clones de su yegua estrella, Cuartetera, por 800.000 dólares. Era la primera vez que un animal clonado para el alto rendimiento deportivo se exponía como un activo de alto valor. En un mercado donde los caballos de polo pueden valer desde 50.000 dólares hasta cifras cercanas al millón en ejemplares extraordinarios, aquel remate dejaba en claro que había un negocio esperando.

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Ese clon de Cuartetera había sido creado en Estados Unidos. Vichera se preguntaba si podía traer y escalar la técnica en Argentina. En ese momento, la Universidad de Buenos Aires tenía la tecnología para realizar clonaciones y en el país empezaba a formarse un ecosistema propicio. El polo, con caballos valuados como piezas de arte y la obsesión por preservar la genética ganadora, parecía el terreno perfecto. “Proyectar la clonación de esos caballos excepcionales representaba una oportunidad enorme de negocio”, dice Vichera.

Mientras la noticia de Cuartetera despertaba tanto asombro como controversia por las inquietudes éticas sobre manipular animales con fines deportivos, Vichera, junto con dos socios, fundó una compañía para llevar la clonación al alto rendimiento, estandarizar el proceso y convertirla en una herramienta habitual dentro del polo profesional.

Al principio, los resultados no fueron alentadores. Las primeras clonaciones de su empresa, Kheiron Biotech, entre 2012 y 2016 se hacían a partir de células adultas de piel, y casi la mitad de los potrillos —de una muestra de 38 nacimientos— presentaba alteraciones del cordón umbilical, problemas placentarios y extremidades que se flexionaban de forma anormal. El punto de inflexión llegó cuando empezaron a trabajar con células madre obtenidas de médula ósea. “Esta tecnología cambió todo. Hoy casi el 100 % de los nacimientos son tan saludables como los obtenidos por cría natural”, asegura Vichera. A la fecha, Kheiron Biotech reporta haber producido mil caballos clonados.

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Ya con la técnica de clonación dominada, Kheiron Biotech se animó a explorar un terreno todavía más ambicioso. En diciembre de 2024, la empresa anunció el nacimiento de cinco potrillos que habían sido editados genéticamente mediante la técnica CRISPR-Cas9, un hito mundial en equinos. La intervención consistió en insertar una secuencia de ADN conocida como SINE en el promotor del gen de la miostatina. Esta es una variante que ya existe de forma natural en algunas razas y que influye en el desarrollo muscular. El objetivo del proyecto fue, ante todo, demostrar que la edición genética de precisión en equinos era técnicamente viable y compatible con la clonación.

Vichera presentó el logro como una prueba de concepto y como un anticipo de un escenario futuro en el que no solo sea posible copiar a los mejores caballos, sino también introducir modificaciones puntuales en su genoma. La edición del gen de la miostatina tiene efectos conocidos sobre la composición de las fibras musculares y el rendimiento en esfuerzos cortos e intensos. De cara al futuro existen líneas de investigación en curso sobre otros genes y posibles aplicaciones, aunque los detalles aún no han sido revelados.

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Con el polo como estandarte, Argentina domina abrumadoramente la industria de la clonación equina a nivel global, seguida —a considerable distancia— por Estados Unidos y algunos países europeos.

Pese a los avances, la tasa de éxito es un cuello de botella que se reduce en cada etapa. Se calcula que, de cada 100 embriones, 20 alcanzan el estadio de blastocistos y se transfieren. De ellos, 10 logran implantarse exitosamente en las yeguas que hacen de vientre de alquiler y de esos 10 solo la mitad, cinco, llegan a término. Incluso entre los potrillos nacidos puede haber problemas de salud y de desarrollo, aunque la falta de datos públicos impide cuantificarlas con precisión.

La alta tasa de pérdida explica, en parte, el elevado costo del procedimiento. Aunque el precio bajó en los últimos años gracias a los avances técnicos, clonar un caballo sigue siendo un lujo: ronda los 40.000 dólares por animal nacido.

El sueño de Cambiaso hecho realidad

Poco después de que Cambiaso pidiera que se conservara tejido de su caballo Aiken Cura tras su devastadora caída y eutanasia, lanzó Crestview Genetics, fundada junto con el petrolero texano Alan Meeker y el empresario argentino Ernesto Gutiérrez. En Texas, la empresa se asoció con la compañía ViaGen para comenzar el trabajo de clonación.

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En agosto de 2010 —cuatro años después de aquel accidente que acabó con Aiken Cura—, Cambiaso estaba en Santa Bárbara, California, cuando recibió una llamada con la noticia de que habían nacido los primeros clones de Aiken Cura y su yegua Cuartetera. Viajó de inmediato a verlos. “Fue una sensación rara”, recuerda. “Pasamos dos horas mirándolos, sin poder creerlo”.

Fabricio García, una de las principales referencias de la doma en Argentina, trabajó con las primeras camadas de clones. “Para mí fue lo mismo que domar un potro común. A mí el jefe [Cambiaso] me dijo: ‘Hacé tu doma, a mí me gusta tu doma’. La presión era por ser los primeros clones, pero después me di cuenta de que eran caballos como cualquier otro”, dice

La doma es la base de todo, agrega García, como los cimientos en una casa. Conforme pasan los años, el potro se acostumbra al contacto con la montura y las riendas. Luego se le guía en giros, frenadas y arranques hasta que aprende a responder con precisión a las órdenes del jinete. En general, están listos a los seis años para competir, pero las Cuarteteras —todos sus clones— partían con una ventaja genética evidente que las hizo saltar a la cancha antes.

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La final del Abierto de Palermo de 2016 dejaría una postal inolvidable. La Cuartetera original se había retirado un año antes, pero en el campo, alistadas por Cambiaso, había seis yeguas idénticas — alazanas, finas de cuerpo, con una mancha blanca distintiva que les iluminaba la frente— todas clones de Cuartetera que le darían el triunfo a La Dolfina. Por primera vez clones jugando al polo. Sus nombres: Cuartetera B01, Cuartetera B02, Cuartetera B03, Cuartetera B04, Cuartetera B05 y Cuartetera B06.

Aquella imagen —seis yeguas clonadas definiendo el torneo más importante del polo mundial— instaló un debate fuera de la cancha. A medida que la clonación equina dejaba de ser una rareza experimental para convertirse en una herramienta competitiva, se intensificaron los cuestionamientos éticos: por un lado, la identidad y la estandarización de los animales, y, por otro, los costos biológicos del proceso, en especial para las yeguas receptoras.

“Podemos hablar de identidad en cualquier individuo, incluso en caballos clonados”, dice el filósofo finlandés Häyry Matti, especializado en ética. “Mejorar el rendimiento atlético de un no humano para el entretenimiento humano es repugnante. Intensifica la cosificación, la manipulación y la imposición hegemónica”.

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En la práctica cotidiana de la clonación, los dilemas sobre bienestar animal y cosificación se traducen en procedimientos y riesgos concretos que rara vez son visibles para el público y sobre los cuales, por lo general, no hay registros públicos. Según el genetista de equinos Demyda Peyrás, “muchos clones no nacen en el campo, sino en hospitales veterinarios especializados o en unidades de neonatología de las propias empresas por las frecuentes complicaciones en los partos”. Esto, agrega, es muy excepcional en la cría equina tradicional.

El debate ético sobre la clonación equina ha mutado con el paso de los años. En sus inicios, la principal preocupación giraba en torno a la salud de los clones, las malformaciones y el sufrimiento potencial durante la gestación y la vida adulta. Con los avances técnicos y la estandarización de los protocolos, esas objeciones perdieron centralidad y, al menos en el ámbito del polo, la práctica comenzó a gozar de una aceptación relativa. Sin embargo, esa normalización no disipó todas las inquietudes: persisten dudas sobre la tasa real de abortos espontáneos, los problemas de salud en los potrillos nacidos y, sobre todo, la falta de transparencia y de datos públicos que permitan evaluar el impacto biológico del proceso.

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Pablo Ross, el director científico de STgenetics, sostiene que hoy la clonación no difiere sustancialmente de otras tecnologías reproductivas aplicadas en la cría animal. En cambio, Demyda Peyrás advierte sobre el riesgo de depresión endogámica, la pérdida de variabilidad genética al cruzar individuos demasiado emparentados. La industria de clonación se apoya casi exclusivamente en líneas de la raza “Polo Argentino” y caballos de carrera. De mantenerse la tendencia, podría derivar en impactos sobre la fertilidad, la resiliencia y la capacidad para tolerar el estrés.

A su vez, la combinación de clonación y edición genética abre nuevos dilemas, dice Gambini, el veterinario de la Universidad de Queensland especializado en biotecnologías reproductivas. Una cosa es emplear tales herramientas para prevenir enfermedades o mejorar la eficiencia productiva —que podría justificarse por razones de bienestar— y otra muy distinta es usarlas para potenciar el rendimiento deportivo para el entretenimiento humano. Los riesgos de la edición, como efectos no deseados en la salud de los animales, aún son inciertos, por lo que genetistas, como Demyda Peyrás, coinciden en el valor de las regulaciones internacionales y la necesidad de sistemas de reporte obligatorio y minucioso sobre el desarrollo y la salud de los animales editados genéticamente.

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Por su parte, Cambiaso siempre se ha mostrado impermeable al cuestionamiento. Desde el primer día defendió una visión utilitarista. No ve dilemas éticos y justifica la práctica por los beneficios que le aporta a su juego. Lo impulsa la gloria deportiva y la consolidación de una industria que él mismo puso en marcha, una industria que opera sin sistemas de información pública y que este año ha registrado el nacimiento de entre 600 y 700 caballos clonados solo en Argentina, y ya ha clonado 60 Cuarteteras.

* El artículo fue publicado originalmente en Knowable Magazine.

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Por Maximiliano Fernández - Knowable Magazine

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