La portada de la más reciente edición de la revista académica Nature tiene de protagonistas a unas estructuras que llevan desconcertando a científicos de varias partes del mundo desde hace al menos cuatro años.
Se trata, como titula la revista, de unos “pequeños puntos rojos”. La primera vez que los astrónomos los identificaron fue en diciembre de 2021, cuando el telescopio espacial James Webb reveló sus primeras imágenes, revelándolos entre las estrellas y las galaxias.
Desde entonces, cientos de astrónomos alrededor del planeta han intentado explicar estos “pequeños puntos rojos” que se pueden ver cuando el universo tenía cientos de millones de años, pero que parecen desaparecer cuando se mira mil años después.
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Ahora, investigadores del Centro del Amanecer Cósmico del Instituto Niels Bohr (Dinamarca) han encontrado la explicación para estas estructuras “en el fenómeno más poderoso de nuestro universo”, según escribieron en un artículo académico publicado recientemente en Nature.
Anteriormente, científicos lanzaron la hipótesis de que se trataban de galaxias masivas. Sin embargo, la teoría no “encajaba bien con el tiempo que tardaron estas galaxias en evolucionar después del Big Bang, ya que aparecieron más tarde”, apuntaron los astrónomos daneses.
Por el contrario, los “pequeños puntos rojos” podrían ser agujeros negros. Darach Watson, científico danés y uno de los principales investigadores del estudio, explicó que “los pequeños puntos rojos son agujeros negros jóvenes, cien veces menos masivos de lo que se creía anteriormente, envueltos en un capullo de gas, que están consumiendo para crecer”.
El proceso, continúa Watson, genera un calor tan grande que brilla a través del capullo de gas. Esta radiación, creen los astrónomos daneses, “es lo que da a los pequeños puntos rojos su color rojo único”.
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Estos agujeros negros jóvenes pueden pesar hasta 10 millones de veces más que el Sol y tener diámetros de diez millones de kilómetros, agregaron los científicos. Adicionalmente, estas observaciones ayudan a responder cómo solo 700 millones de años después del Big Bang ya podían existir agujeros negros supermasivos que tendrían masas hasta mil millones de veces mayores que la del Sol.
“Hemos capturado los jóvenes agujeros negros en plena fase de crecimiento, en una etapa que no habíamos observado antes. La densa capa de gas que los rodea les proporciona el combustible que necesitan para crecer muy rápidamente”, concluyó Watson.
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