Betül Kaçar y Holly Rucker son dos científicas asociadas a la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos) con un interés por conocer cómo era nuestro planeta hace millones de años, mucho antes de que los humanos apareciéramos.
Históricamente, reconocen, los investigadores que comparten líneas de investigación similares a las de ellas se han basado en las pruebas que han encontrado en los registros geológicos (rocas, sedimentos y fósiles, entre otros), para construir lo que sabemos de cómo era nuestro planeta hace miles de millones de años.
Sin embargo, creen las científicas, “estas importantes muestras de fósiles y rocas son escasas y, a menudo, se necesita un poco de suerte para encontrarlas”. Por eso, Kaçar y Rucker ven en la biología sintética, un campo de la ciencia que consiste en rediseñar organismos, modificándolos genéticamente, para complementar el trabajo que se hace en otros campos de estudio.
En su más reciente estudio, publicado en la revista Nature Communications y financiado por la NASA, Kaçar y Rucker resucitaron una enzima de 3.200 millones de años de antigüedad para estudiarla dentro de microbios vivos.
En esta oportunidad, las científicas eligieron una enzima llamada nitrogenasa, fundamental en el proceso que convierte el nitrógeno atmosférico en una forma utilizable por los organismos vivos.
“Elegimos una enzima que realmente marcó la pauta de la vida en este planeta y luego interrogamos su historia. Sin la nitrogenasa, no habría vida tal y como la conocemos”, explicó Kaçar, autora principal del estudio.
Por su parte, Rucker aseguró que “hace 3.000 millones de años, la Tierra era muy diferente a la que vemos hoy en día”. Para empezar, señalan las científicas, la atmósfera contenía más dióxido de carbono y metano y la vida consistía principalmente en microbios anaeróbicos, es decir, que no necesitaban oxígeno.
Por eso, para las investigadoras era clave comprender cómo estos microbios podían acceder al nitrógeno, un nutriente vital. Este trabajo, señalaron, “ofrece una imagen más nítida de cómo la vida persistió y evolucionó en el intervalo de tiempo anterior a que los organismos dependientes del oxígeno comenzaran a remodelar el planeta”.
Durante su investigación, Kaçar y Rucker se llevaron una sorpresa al comprobar que las huellas de la nitrogenasa que se vieron en el pasado son las mismas que se ven en la actualidad.
Esto es clave, pues las investigadoras trabajan en un proyecto financiado por la NASA en el que se evalúan señales similares que puedan encontrarse en otros planetas.
En palabras de Kaçar, “como astrobiólogos, nos basamos en el conocimiento de nuestro planeta para comprender la vida en el universo. La búsqueda de vida comienza aquí, en nuestro hogar, y nuestro hogar tiene 4.000 millones de años”.
Por lo tanto, concluyó la científica, “necesitamos comprender nuestro propio pasado. Necesitamos comprender la vida que nos precedió, si queremos comprender la vida que nos espera y la vida en otros lugares”.
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