Esta historia comienza con un azar, de esos que, aunque parezcan casuales, suelen encontrar solo a personas como Andrés Vanegas, director del Museo La Tatacoa en La Victoria. “Desde niño aprendí a buscar fósiles”, recuerda por teléfono. Bajo el sol de la Tatacoa, él y su hermano, Rubén Vanegas, aprendieron a reconocer, en lo que para cualquier visitante sería quizá solo una roca, el rastro de un animal antiguo.
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“Un día de los 2000 yo me fui para una localidad que se llama La Repartidora, a unos cinco kilómetros, más o menos, de La Victoria (en Huila). De repente, encontré dos pedacitos de una mandíbula”. Algo le llamó la atención de inmediato. “Me parecieron wow, porque los dientes eran muy similares a los nuestros. Y dije ‘oiga, esto puede que sea de primate, porque los dientes se parecen’”.
Si bien lo que se conoce como el “desierto” de La Tatacoa es noticia cada tanto por el hallazgo de un ave del terror o de un perezoso gigante, los investigadores notaron primero su enorme potencial para descubrir la historia evolutiva de los primates.
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“Casi todas las investigaciones que se han hecho en la Tatacoa, a lo largo del tiempo (o al menos la gran mayoría), han tenido como excusa buscar primates fósiles. Desde los primeros trabajos del estadounidense Ruben Arthur Stirton, en los años 50”, recuerda Andrés Link, primatólogo e investigador de la Universidad de los Andes. Se sabe que el área de La Venta es uno de los yacimientos del Mioceno medio (hace entre 13 y 11 millones de años) más importantes de América Latina para entender la evolución temprana de los primates del Nuevo Mundo. Es, como lo describe Link, una especie de “meca” paleontológica del trópico americano: un sitio donde se ha documentado la presencia de más de once especies de primates.
Se cree que este lugar de Huila alberga la comunidad más antigua y mejor conocida de primates del Nuevo Mundo con una diversidad ecológica y alimentaria comparable a la de la Amazonía actual. Además, los investigadores sospechan que La Venta es crucial porque muchas de las líneas evolutivas de primates actuales probablemente se separaron en los tiempos en los que La Tatacoa era un gran bosque similar a la Amazonia, hace unos 11 millones de años. Sin embargo, desde los años 80 y 90 la investigación enfocada en esta rama se frenó.
Eso último gracias, por un lado, a que la Tatacoa demostró ser un lugar que hace millones de años albergó una riqueza inmensa de animales; pero, por otro, a lo asombrosamente difícil que es encontrar fósiles de primates.
“Quizás por ser arbóreos, los primates se fosilizaron menos que otros animales que vivían cerca de cuerpos de agua”, aventura Link. Al vivir en árboles, los cuerpos de los primates tienen menos probabilidad de quedar enterrados con rapidez bajo capas de barro o arena, que son las que permiten que un hueso se conserve durante millones de años. En cambio, es más probable que cayeran al suelo del bosque, donde la humedad y los microorganismos los descomponen o dispersan en horas.
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Por eso, continúa Link, “cada vez que aparece un espécimen fósil de algún primate, el aporte es enorme: simplemente no son muchos los que se logran encontrar”. Ese “cada vez” fue, en esta ocasión, la intuición de Vanegas, un día cualquiera a inicios de este siglo. Lo que encontró fueron dos mandíbulas de Stirtonia victoriae, un mono antiguo que habitó lo que hoy es la Tatacoa y que se puede considerar un miembro temprano del linaje que dio origen a los monos aulladores. Su historia revela un momento clave en la evolución de los primates americanos.
La historia que cuentan las mandíbulas
La primera vez que Andrés Vanegas le mostró las mandíbulas a alguien, le dijeron que probablemente no eran de primate. No solo pesaban todos esos años de “sequía” en la investigación de primates en la zona, sino también una probabilidad estadística: lo más común es que un fragmento así pertenezca a otro animal. Por ejemplo, a un roedor grande, a un pequeño carnívoro o incluso a algún mamífero herbívoro cuyos dientes, vistos sin contexto, pueden parecer similares.
“Pero para mí sí era de primate. Después busqué en internet y encontré un artículo que hablaba de una especie emparentada con los monos aulladores. Y mostraban una mandíbula similar a la que tenía”, replica Vanegas.
Pasaron los años y la pieza siguió guardada. Hasta que en 2014 llegó a la Tatacoa el paleontólogo Ascanio Rincón, invitado por el Servicio Geológico Colombiano al museo que los hermanos Vanegas tienen en La Victoria. Vanegas aprovechó y le mostró los fragmentos y la reacción fue inmediata: sí, era un primate. En medio de la emoción, dice Vanegas, Rincón le pidió entonces que regresaran al lugar del hallazgo. Volvieron juntos. “Y de repente, wow, encontré el otro pedazo de la misma mandíbula”, recuerda ahora. Se agachó, lo levantó y se lo mostró. “Mire, aquí está el otro fragmento”, le dijo al paleontólogo.
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Con ese nuevo fragmento, la pieza se convirtió en la mandíbula más completa de Stirtonia victoriae encontrada hasta ahora. Su investigación, y lo que revela sobre el pasado de la Tatacoa, acaba de publicarse en la revista Paleoanthropology, en un artículo que firman Vanegas, el investigador Andrés Link y otros colegas de universidades en Estados Unidos y Colombia, entre ellas la Universidad de Johns Hopkins, la Universidad de Minnesota y la Universidad de los Andes.
“Con los análisis que se hacen en este estudio podemos confirmar algo que ya se sospechaba: que el género Stirtonia está muy cercano en la línea evolutiva de los monos aulladores. Además, su morfología sugiere que hace unos 13 millones de años ya se había iniciado esa especialización hacia el consumo de hojas”, resume Link. En La Venta se han identificado dos especies fósiles relacionadas con los monos aulladores: Stirtonia tatacoensis y Stirtonia victoriae. La primera fue descrita en 1951 a partir de una mandíbula parcial. Inicialmente fue asignada a otro género, pero más tarde se creó el género Stirtonia.
Geológicamente, las dos especies están algo separadas en el tiempo: S. victoriae aparece en la Formación La Victoria (más antigua) y S. tatacoensis en la Formación Villavieja (un poco más reciente). Hasta ahora, los registros de Stirtonia se concentran casi exclusivamente en La Venta, con un único hallazgo adicional en Perú. Los investigadores lograron, entonces, determinar que la mandíbula que ayudó a estudiar Vanegas es la más completa hallada hasta ahora de Stirtonia victoriae. Pero, además, creen que es probable que esta especie ya tuviera unos dientes algo similares a los de los aulladores actuales.
Los monos aulladores actuales (Alouatta) tienen una mandíbula especialmente fuerte y adaptada para masticar hojas. La encontró Vanegas, de hace varios millones de años, no tiene todas las características, pero sí muestra algunas similares. En todos los análisis realizados, S. victoriae aparece morfológicamente muy cerca de Alouatta. En otras palabras, los científicos que firman este estudio creen que hace unos 13 millones de años ya estaba en marcha el diseño básico que hoy caracteriza a los monos aulladores.
¿Y por qué es importante conocer el momento en que estos monos comenzaron a especializarse en el consumo de hojas? “Porque fue una estrategia exitosa a largo plazo”, responde Link. En primer lugar, a diferencia de otros posibles alimentos como los frutos o las flores, que son estacionales y pueden escasear, las hojas están casi siempre disponibles en el bosque. Adaptarse a comerlas significó para los primates la posibilidad de aprovechar un recurso más abundante y constante, lo que ofrecía mayor estabilidad en el tiempo.
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En segundo lugar, como explican los científicos, comer hojas no es tan sencillo como parece a simple vista. Son difíciles de digerir y menos energéticas que los frutos. Procesarlas exige intestinos más largos, procesos de fermentación y tiempos de digestión más extensos. Y eso, a su vez, implica estrategias energéticas distintas: pasar más tiempo descansando, moverse de otra manera, gastar menos energía. Una dieta basada en hojas, entonces, no solo significó una serie de transformaciones en los dientes y las mandíbulas de los primates, sino también, e igual de importante, en su comportamiento.
Se ha especulado que la diversificación de los monos del Nuevo Mundo estuvo impulsada, al menos en parte, por estas diferencias en la dieta. Es decir, que a medida que algunos linajes comenzaron a especializarse, unos en frutos, otros en semillas, otros en hojas, fueron ocupando nichos distintos dentro del bosque. Si eso fue así, hallazgos como el de Stirtonia victoriae en la Tatacoa no solo muestran qué comía un mono hace 13 millones de años. Sugieren un momento en el que distintos caminos evolutivos comenzaron a consolidarse. Y entre ellos, el del aullador, que apostó por las hojas y terminó convirtiendo esa apuesta en una de las estrategias más exitosas de entre los primates americanos.
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