Mónica Medina sabe de sobra que las noticias sobre corales son devastadoras. Ya está agotada de escucharlas, como muchos de sus colegas. Dice que también está cansada de estudiar el blanqueamiento de los corales y de leer informes estremecedores. El último, publicado a inicios de agosto —el Status of Coral Reefs of the World—, fue la evaluación más completa de esos organismos hasta la fecha y, como era de esperarse, no traía buenas noticias. Por ejemplo, entre enero de 2023 y finales de 2025, el 84,4% de los arrecifes del mundo experimentó niveles de estrés térmico severo.
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En la búsqueda por ofrecerles un poco de esperanza a sus colegas y a sus estudiantes en Universidad de California en Los Ángeles (Estados Unidos), Medina, caleña y PhD en Biología Marina, reclutó a un grupo artistas para que encabezaran un movimiento global que sacudiera un poco al planeta. Como lo que ocurre bajo el agua no siempre es visible para los ojos humanos, pensó que una alianza entre 31 científicos, como ella, con pintores, como Carlos Jacanamijoy; músicos, como Héctor Buitrago (ex Aterciopelados), o fotógrafos, podría invitar a la acción global. Consorcio de Arte y Ciencia del Coral, lo llamaron y lo presentaron hace un par de meses en un artículo de la revista Science Advances.
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Hay otro motivo con el que Medina ha logrado sortear últimamente el desasosiego que suelen tener los investigadores de corales. Cuenta que luego de estar en varias islas del Caribe y de sumergirse en Cartagena, tuvo una idea mientras caminaba por Barbados. Fue, en sus palabras, como un “eureka moment”: ¿Qué tal si se pudieran usar las cada vez más populares técnicas para analizar ADN ancestral, que ha revolucionado la arqueología y la antropología, para estudiar a los corales? ¿Podría hallar unas pistas más claras sobre su composición en el pasado que les diera luces para enfrentar los retos futuros?
Para saberlo, Medina tocó las puertas de colegas con una larga experiencia en el análisis de ADN ancestral de homínidos, un camino que, entre otras cosas, permitió que en 2010, investigadores descubrieran la existencia de los denisovanos, un grupo que vivió hace unos 600.000 años y ahora son considerados “parientes” de los humanos modernos. Un pequeño hueso de un dedo hallado en una cueva de Siberia había bastado para recuperar el ADN degradado y armar ese rompecabezas.
“Creían que no iba a funcionar, pero… ¡Funcionó, funcionó!”, replica Medina en una llamada virtual, con un fondo lleno de figuras de corales.
Era la puerta para pensar en identificar no solo a los organismos que han vivido en un coral a lo largo de su vida (que puede ser de 100 o 400 años), sino para entender qué funciones metabólicas han desempeñado.
“Es la posibilidad de comprender qué está pasando en el ecosistema microbiano de cada organismo a través del tiempo”, explica. “Es como si muestreamos, por ejemplo, el estómago y el intestino de un bebé mientras está lactando. Luego, volvemos a repetir ese ejercicio cuando empieza a comer carne y, después, cuando es un adolescente”.
Dicho de otra manera, ese camino podría ser una manera de ver cuáles han sido los microorganismos “ganadores” y cuáles los “perdedores” en la historia de vida de un coral, pues si hay algo en lo que llaman la atención quienes trabajan con estos seres vivos, es que es mejor pensar en los corales no como un animal, sino como una entidad integrada por más organismos como las microalgas, que le proveen alimento por medio de la fotosíntesis, o las bacterias, que juegan roles claves en su nutrición y en su salud. Un “holobionte”, lo llaman.
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“Pensá en la flora intestinal de un humano. Si no la tuviéramos, no somos capaces de procesar los alimentos; se nos desbarajusta la digestión. Eso mismo pasa con los corales: tienen microorganismos asociados que son fundamentales y pueden sufrir un desbalance por problemas en la calidad del agua o por la temperatura”, añade Mateo López Victoria, profesor de la Universidad Javeriana de Cali y PhD en Biología, que también hace parte del proyecto para reconstruir el pasado de los corales.
Como explica, al viajar al pasado, tal vez haya más luces sobre qué tipo de “probióticos” se podrían producir en el futuro para ayudar a recuperar ese microbioma. “Hoy les damos algunos, pero un poco a ciegas. La comprensión de las rutas metabólicas es un mapa aún limitado y creemos que podemos ayudar a mejorar su composición”, dice López Victoria.
El proyecto, que integra, entre otros, investigadores de la Universidad de California, de la Universidad Estatal de Pensilvania (como George Perry y Laura S Weyrichs), de la Universidad de Míchigan (como Julia Cole) y del Australian Institute of Marine Sciences (como Neal Cantin), fue seleccionado a finales del año pasado por la U.S Nacional Science Foundation, que les otorgó un poco más de USD 1.800.000 (dólares) para llevarlo a cabo hasta el 2028.
“Esta será la primera investigación que documentará cómo la dinámica de los holobiontes de coral responde a eventos perturbadores en escalas temporales precisas, aplicando nuevas técnicas de ADN ancestral a esqueletos de coral”, señaló esa entidad en su página web.
Uno de los primeros pasos para empezar con ese camino era revisitar las “bibliotecas” que están en Cartagena, bajo el Mar Caribe colombiano.
Las bibliotecas bajo el Mar Caribe
Darson Archbold Robinson, funcionario de Old Providence McBean Lagoon desde 2017, dice que no es un secreto que la situación ha cambiado para los corales de ese Parque Nacional Natural, ubicado en la isla de Providencia. El huracán del 2020 y las altas temperaturas del mar de la última década han hecho que, por ejemplo, ya no encuentre individuos de Acropora palmata ni de Acropora cervicornis en la zona lagunar. Aunque es cauteloso con dar un diagnóstico y confía en los esfuerzos de restauración, sabe que las cosas no marchan bien.
Habla sentado sobre el borde de una lancha que detuvo en Marcela’s Place, un punto del área protegida al que no llega el turismo y fue llamado así en homenaje a Marcela Cano, ex directora del parque. Mientras lo hace, Vinícius Mendes, geólogo, y Gabriel Castro, químico, buscan un buen individuo de Siderastrea siderea, otra especie de coral, para extraer su núcleo con un taladro especial. Es finales de marzo del 2026 y llegaron desde la Universidad de Sao Paulo a la isla invitados por el Servicio Geológico Colombiano (SGC), en medio de un proyecto para comprender mejor el pasado geológico de Providencia.
Aunque las técnicas para extraer núcleos de corales han mejorado desde que empezaron a estudiarse —por allá en la década del 70—, la tarea aún es dispendiosa. Quienes la hacen, deben, primero, ubicar con precisión el eje de crecimiento del coral, que está justo en el centro, para luego “taladrar” con ese aparato cilíndrico que, poco a poco, abre un hueco de más de seis centímetros de diámetro en el coral, tan duro como una roca. La misión, mientras bucean, es obtener el “esqueleto” —en forma de cilindro— que contiene toda su historia.
Bajo el agua, Mendes y Castro se turnan el trabajo. Mientras uno taladra hasta quedar exhausto, el otro cambia el tanque de aire comprimido, al cual está “conectado” el taladro para poder funcionar. Duran poco más de una hora y diez minutos a menos de 10 metros de profundidad, para extraer un núcleo de 22 centímetros de largo, que irá rumbo a un laboratorio en Brasil.
Como explican, lo que buscan al extraer ese material es, precisamente, entender cómo fue el pasado de esa parte del Mar Caribe. Así como los anillos de los troncos de los árboles tienen unas marcas que les dan a los científicos un indicio de la edad de cada individuo, los núcleos de coral tienen unas bandas que, al analizarlas, les dan pistas de cómo han cambiado las condiciones ambientales a través de los años. Son, dicen, una especie de “biblioteca del pasado”.
“En este caso, queremos ver cómo ha cambiado la temperatura del agua para poder introducir esos datos en los modelos climáticos y evaluar cómo han cambiado las cosas desde la Revolución Industrial”, detalla Mendes, PhD en Sedimentología. “Podemos, incluso, observar esos cambios con mucha precisión de tiempo muy fina: de días o de semanas”.
Los secretos bajo Providencia y Cartagena
Luego de seis meses, el grupo de Medes y Castro ya tiene unos resultados preliminares. La oceanógrafa y doctora en Biología Marina, Leticia Cavole, una de las líderes del proyecto con el SGC, asegura desde Brasil que ya lograron las primeras imágenes computarizadas de algunos de esos “esqueletos”. Para obtenerlas, deben poner cada núcleo en un tomógrafo, esa máquina que parece una cabina de ciencia ficción y que, en el caso de los humanos, sirve para ver el interior del cuerpo y detectar desde tumores, hasta lesiones o coágulos sanguíneos.
“Así obtenemos una estructura en 3D que nos deja ver los anillos de los corales. De uno ya podemos estimar que tiene unos 116 años, aunque nos hace falta saber el año preciso en el que murió. Una vez lo estimemos, podremos tener certeza de a qué año se refiere cada una de esas bandas”, señala Cavole.
Posteriormente, harán unos cortes de láminas delgadas —de 5 a 7 milímetros— en el núcleo para analizarlas en un espectrómetro de masas, el cual, saltándonos muchos detalles técnicos, les permite obtener información sobre la temperatura del mar. “Vamos a reconstruir, al menos, unos ‘proxys’ de cómo era la temperatura cada dos meses”, agrega Cavole.
No muy lejos de allí, el profesor Mateo López Victoria, de la U. Javeriana de Cali, también ha hecho ese mismo ejercicio de extraer núcleos de corales múltiples veces (desde 2014, al menos) en un lugar con unas condiciones muy particulares: Varadero, frente a Cartagena.
Ahí, dice, es a donde llegan las descargas de agua del Canal del Dique. Es un brazo del río Magdalena que “parece un caño: tiene contaminantes, pesticidas, altas cantidades de productos agrícolas, desechos de las grandes ciudades…”.
Y pese a eso, en Varadero aún hay corales. Los investigadores lo suelen calificar como un caso muy extraño y paradójico.
Fue de ese lugar, precisamente, de donde extrajeron el núcleo que les permitió a él y a su colega Mónica Medina estructurar la propuesta con la que quieren comprender cómo ha sido la “microbiota” de los corales.
“La ventaja”, señala López Victoria, “es que es una asociación entre varias instituciones que nos va a permitir comparar diferentes especies de coral en diversas partes del mundo. Vamos a poder entender si hay tendencias en ese ‘microbioma’ o si hay particularidades en en los corales de cada región”.
En un pre-print (una versión preliminar de un artículo científico), ya presentaron los primeros resultados de ese proceso. Determinaron la edad de los núcleos (entre 34 y 74 años), los cambios de temperatura y, usando las técnicas para analizar el ADN ancestral, reconstruyeron, por primera vez, 36 genomas de las bacterias asociadas al coral. “Hay muchísimas más bacterias, pero este era, apenas el piloto”, aclara Medina.
López Victoria es prudente a la hora de hablar de resultados futuros, pues sabe que la ciencia marcha a un ritmo muchísimo más lento de lo cualquier lector imaginaría: “No es que vayamos a producir un antibiótico que nos permita salvar a los corales, pero vamos a aportar una mirada retrospectiva muy valiosa”.
“Tal vez así podamos encontrar un camino para enfrentar los desafíos que tenemos ahora y a los que nos enfrentaremos”, reflexiona Luis Parmenio Suescún, investigador de la Universidad de Cartagena e integrante del proyecto. “Si entendemos mejor el pasado para conocer esa historia, podemos prepararnos mucho mejor para el futuro”.
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