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A menudo aprendemos sobre el pasado de forma visual —a través de pinturas al óleo y fotografías en sepia, libros y edificios, artefactos expuestos tras un cristal—. Y a veces podemos tocar objetos históricos o escuchar grabaciones. Pero rara vez utilizamos nuestro sentido del olfato —nuestra forma más antigua y primitiva de aprender sobre el entorno— para experimentar el pasado lejano.
Sin acceso al olfato, “se pierde esa intimidad que el olor aporta a la interacción entre nosotros y los objetos”, afirma el químico analítico Matija Strlič. Como científico jefe del Laboratorio de Ciencias del Patrimonio de la Universidad de Liubliana, en Eslovenia, y anteriormente subdirector del Instituto para el Patrimonio Sostenible del University College de Londres, Strlič ha dedicado su carrera a la investigación interdisciplinaria en el campo de las ciencias del patrimonio. Gran parte de su trabajo se ha centrado en la preservación y reconstrucción de aromas de importancia cultural.
Los aromas reconstruidos pueden mejorar las exposiciones de museos y galerías, afirma Inger Leemans, historiadora cultural de la Real Academia Neerlandesa de las Artes y las Ciencias. El olfato puede proporcionar un punto de entrada más atractivo, especialmente para los visitantes no iniciados, ya que existe un lenguaje mucho menos formalizado para describir los olores que para interpretar el arte visual o las exposiciones. Dado que no existe una “forma correcta” de hablar sobre los aromas, afirma, “tu propio conocimiento es tan válido como el de los demás”.
A pesar de su potencial para enriquecer nuestra comprensión de la historia y el arte, los olores rara vez se conservan con el mismo cuidado que los edificios o los artefactos arqueológicos. Sin embargo, un pequeño grupo de investigadores, entre los que se encuentran Strlič y Leemans, está tratando de cambiar esta situación, combinando la química, la etnografía, la historia y otras disciplinas para documentar y preservar el patrimonio olfativo.
Algunos proyectos tienen como objetivo salvaguardar un olor apreciado antes de que desaparezca. Por ejemplo, cuando se programó la renovación de la biblioteca de la catedral de San Pablo de Londres, Strlič y su colega Cecilia Bembibre, del University College de Londres, se propusieron documentar el olor característico de la histórica biblioteca.
El equipo analizó primero las sustancias químicas que emanaban de la colección, que incluye libros que datan del siglo XII, y del mobiliario circundante, que apenas ha cambiado desde que se terminó la biblioteca en 1709. Utilizaron un proceso denominado cromatografía de gases-espectrometría de masas, que ayuda a separar, identificar y cuantificar los compuestos orgánicos volátiles, para examinar las muestras de aire que habían capturado en la biblioteca.
“Como químico analítico, pude caracterizar y cuantificar esas moléculas, pero la forma en que las personas describen lo que sienten requiere un enfoque completamente diferente”, afirma Strlič. Para reducir la lista de compuestos identificados por el espectrómetro de masas a aquellos que los seres humanos pueden oler realmente, los investigadores invitaron a siete “olfateadores” sin formación a la biblioteca de la catedral y les pidieron que describieran su olor utilizando una lista de 21 adjetivos que se utilizan habitualmente para describir los compuestos.
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La lista incluía palabras como “verde” y “grasoso”, que la gente utiliza con frecuencia para describir el olor del compuesto químico hexanal, y “almendra”, que se asocia con el benzaldehído. Ambos compuestos son liberados por el papel a medida que se degrada. También se invitó a los olfateadores a añadir sus propios descriptores.
Una palabra que todos los olfateadores utilizaron para describir la biblioteca no fue especialmente sorprendente: “amaderado”. Otras que resultaron populares fueron “ahumado”, “terroso” y “vainilla”. Estos descriptores pueden ayudar a los conservadores a evaluar el estado del papel antiguo, ya que los papeles que son ligeramente más ácidos debido a la descomposición, por ejemplo, “huelen más dulces”, afirma Strlič. “Y los que son estables huelen más a heno”.
A continuación, Strlič y sus colegas relacionaron los descriptores cualitativos seleccionados por los olfateadores con sus compuestos químicos subyacentes para crear una “receta” química del aroma de la biblioteca de la catedral. Estas recetas se publican en revistas científicas y se almacenan en repositorios de investigación digitales, por lo que, en teoría, un químico podría recrear en algunos siglos el olor de los libros antiguos, “incluso si, en el futuro, las personas ya no vayan a la biblioteca ni lean libros físicos, y solo reciban la información de forma digital”, afirma Strlič.
¿Qué grado de humedad tienen las momias?
El trabajo realizado en la catedral de San Pablo, que finalizó en 2016, sugirió que podría ser posible capturar aromas mucho más antiguos, incluidos olores de hace miles de años. Para un estudio publicado en 2025, Strlič se unió a científicos de Egipto, Eslovenia, Polonia y el Reino Unido para estudiar nueve momias egipcias antiguas. El objetivo era aprender sobre el proceso de momificación y recrear un aroma que estará disponible para los visitantes del Museo Egipcio de El Cairo a partir de 2026.
Cabría esperar que el aroma de unos cuerpos momificados milenarios resultara, como mínimo, desagradable. Sin embargo, el olor es sorprendentemente agradable, “porque los antiguos egipcios utilizaban tantos compuestos aromáticos, aceites y resinas que gran parte del olor original aún se conserva”, afirma Strlič.
Para capturar estas sustancias químicas, Strlič y sus colegas extrajeron muestras de aire de los sarcófagos, las separaron en compuestos individuales con un cromatógrafo de gases y las identificaron con un espectrómetro de masas.
A continuación, un panel de ocho científicos, todos ellos formados en el olor de los materiales de momificación, evaluó los olores de las muestras en términos de calidad, intensidad y agradabilidad. Tras evaluar cada muestra individualmente, el grupo debatió sus conclusiones para llegar a un consenso: los descriptores comunes a los nueve cuerpos fueron “amaderado”, “especiado” y “dulce”.
Los perfiles olfativos que el equipo creó a partir de estas observaciones químicas y sensoriales pueden utilizarse ahora para comprender cuáles momias están más degradadas que otras y cómo se momificaron algunos de los cuerpos en primer lugar, afirma Strlič. Por ejemplo, el equipo identificó ingredientes de embalsamamiento como aceites de coníferas, incienso, mirra y canela, así como compuestos más modernos, como pesticidas sintéticos y aceites vegetales contra plagas, que los museos han utilizado para conservar las momias, a menudo sin documentarlo.
Strlič espera que esta investigación contribuya a ampliar el uso del análisis olfativo como técnica de investigación no invasiva, ya que no requiere la extracción de muestras físicas del objeto estudiado. El equipo también tiene la intención de aplicar sus hallazgos para crear lo que equivale a un “perfume” de momia para el Museo Egipcio. Para ello, seleccionarán hasta 15 compuestos químicos clave de la mezcla y ajustarán sus proporciones para reflejar el aroma natural, con paneles de olfateadores que compararán la nueva creación con la original hasta que no haya diferencias perceptibles entre ellas. “Se trata de un proceso repetitivo que implica mucho ensayo y error”, afirma Strlič.
Creando incluso el olor del infierno
Si bien los artefactos antiguos ofrecen un punto de partida conveniente para el análisis olfativo, muchos olores históricos no se han conservado en forma física. Para recrearlos, los investigadores deben basarse en documentos de archivo y en cierta dosis de interpretación creativa. Eso es lo que hizo un proyecto europeo sobre el patrimonio olfativo llamado Odeuropa con una serie de acontecimientos históricos, lugares e incluso ideas, como la batalla de Waterloo y los canales de Ámsterdam del siglo XVII. El equipo incluso recreó el aroma del “infierno” cristiano tal y como se describe en los sermones del siglo XVI, con notas de azufre y un tufillo a “un millón de perros muertos”.
“El olfato contribuye a dar forma a nuestras culturas, aunque a menudo lo hace de forma inconsciente o sin que nos demos cuenta”, afirma Leemans, que dirigió el proyecto Odeuropa. “Cuando hablamos de patrimonio cultural, podemos pensar en rituales religiosos, pero también en aromas específicos que hemos apreciado y con los que hemos convivido durante mucho tiempo”.
Para reconstruir estos complejos “paisajes olfativos” históricos, Leemans y sus colegas revisaron antiguos archivos de documentos e imágenes en busca de cualquier referencia relacionada con los olores. “Buscamos testigos olfativos, personas que describan esos olores”, explica. “Pero también analizamos los componentes de ese paisaje olfativo”, como las descripciones arquitectónicas que enumeran los materiales de construcción.
Para acelerar el trabajo, Odeuropa ha creado una base de datos impulsada por IA con más de 2,5 millones de referencias olfativas históricas, extraídas de 43.000 imágenes y 167.000 textos históricos publicados en siete idiomas europeos.
Cuando llega el momento de crear un perfume real basado en estos datos, los investigadores de Odeuropa redactan un informe detallado en el que se describen los componentes relevantes del olor, así como la historia que hay detrás. En colaboración con una empresa de perfumes y fragancias, comienzan a evaluar las iteraciones del aroma de diferentes maneras —pidiendo a paneles de olfateadores que evalúen el aroma a ciegas o después de una breve presentación sobre el tema, o acudiendo a expertos en conservación, académicos y fragancias para que revisen la fragancia—.
A cada uno su olor
La percepción del olfato de una persona es intrínsecamente subjetiva y depende de su biología única, su experiencia personal y su cultura, afirma la neurocientífica Gülce Nazlı Dikeçligil, de la Universidad de Pensilvania, y autora principal de una revisión sobre el olfato humano publicada en el Annual Review of Psychology de 2024. “El sistema olfativo no está necesariamente optimizado para la certeza y la coherencia”, afirma. En lugar de limitarse a identificar moléculas del entorno con precisión informática, nuestro cerebro se pregunta: “¿Qué significa esta molécula para mí ahora, en el contexto de mi historia?”.
Como nuestro sentido más antiguo, desde el punto de vista evolutivo, el olfato disfruta de acceso prioritario a regiones del cerebro como la amígdala y el hipocampo, que son clave en el procesamiento de las emociones y la memoria, señala Dikeçligil. Esto significa que los recuerdos que despiertan los olores tienden a ser especialmente vívidos y emocionalmente significativos.
El aroma “despierta pensamientos, recuerdos, ideas y hace que la gente hable sobre y delante de los cuadros, que es lo que yo quiero”, afirma la historiadora de arte Christina Bradstreet, de la Asociación de Historia del Arte del Reino Unido. Recientemente ha colaborado con el renombrado perfumista español Gregorio Sola para crear tres aromas que acompañan a dos cuadros en una exposición británica sobre el arte prerrafaelita. Cuando, en 2022, el Museo del Prado de Madrid creó 10 aromas para acompañar el cuadro El sentido del olfato de Jan Bruegel el Viejo —entre los que se incluían jazmín , higuera y civeta—, descubrieron que los visitantes se quedaban frente al cuadro durante 13 minutos, en comparación con los 32 segundos de promedio.
Museos y galerías de todo el mundo están tomando nota e integrando cada vez más los aromas en sus exposiciones. Esto atrae a nuevos visitantes y los involucra de una manera diferente, “no solo con la colección, sino también entre ellos”, dice Leemans. “Cuando las personas comienzan a oler, inmediatamente comienzan a hablar entre sí, intercambiando sus recuerdos, sus emociones, sus conocimientos sobre los aromas. Es una conversación realmente abierta que se evoca en el espacio del museo”.
*Este artículo fue publicado originalmente en Knowable en español y traducido por Debbie Ponchner.