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Una pieza en el estómago de un lobo permite reconstruir la historia de un mamífero extinto

Tras hallar una pieza en el estómago de un cachorro de lobo que vivió hace más de 14.000 años, un grupo de investigadores, liderado por el colombiano Camilo Chacón-Duque, reconstruyó el genoma de un rinoceronte lanudo. Sus hallazgos son claves para comprender los motivos por los que esta especie desapareció del planeta.

Sergio Silva Numa

14 de enero de 2026 - 05:22 p. m.
Imagen del cachorro de lobo Tumat-1, hallado en Siberia.
Foto: Mietje Germonpré
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La primera imagen que tiene este artículo es de una loba. Es una cachorra que fue hallada en el norte de Siberia, en el oriente de Rusia. La encontraron congelada en 2011, en una aldea llamada Tumat, mientras buscaban restos de mamut, uno de los animales extintos que mejor conocemos. Quienes han estudiado sus restos —muy apreciados por los científicos— creen que esa cachorra murió cuando tenía entre siete y nueve semanas de edad. Eso sucedió, para ser precisos, entre 14.965 y 14.314 años, es decir, en el Pleistoceno tardío, una etapa en la que hubo una extinción de megafauna.

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Tumat-1, como llamaron a este ejemplar, sorprendió a los investigadores por su excelente estado de conservación: su cuerpo estaba, prácticamente, intacto, y aún conservaba algo pelaje marrón oscuro. Junto con Tumat-2, otra cachorra de la misma camada hallada años más tarde en aquel yacimiento, le ha sido muy útil a los científicos para comprender cómo era el pasado en ese lugar. También para discutir hipótesis sobre el momento en el que los humanos empezamos a domesticar a los lobos. Aunque algunos habían sospechado que podría tratarse de “perros domésticos primitivos”, en junio del año pasado, un estudio publicado en Quaternary Research (de Cambridge University Press), zanjó esa discusión, al concluir que no había vínculos entre esos lobos y los humanos.

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Una de las pistas que ayudó a llegar a desestimar el posible vínculo con las personas fue la dieta de los cachorros Tumat. Al hacerles una autopsia, los investigadores hallaron que una de sus últimas comidas había sido un rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), una cena que era muy poco probable que proviniera de seres humanos. Cuando lo examinaron, detectaron que en el estómago de Tumat-1 aún había un trozo de carne sin digerir, del tamaño de la mitad de una palma de nuestra mano (de unos 4 centímetros por 3 centímetros).

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El trozo de rinoceronte lanudo hallado en el estómago de Tumat-1.
Foto: Love Dalén

“Era una muestra muy interesante porque, al haberse preservado en el permafrost, estaba muy bien conservada. El análisis inicial de ADN había permitido identificar que era de un rinoceronte lanudo, pero aún hacía falta un paso muy importante: secuenciar el genoma completo”, dice desde Estocolmo (Suecia) Camilo Chacón-Duque, PhD en Genética Evolutiva Humana e integrante del grupo del Centre for Palaeogenetics, de la Universidad de Estocolmo y el Museo Sueco de Historia Natural.

Chacón-Duque, colombiano, acaba de revelar, junto con varios colegas, los detalles que encontraron al analizar en profundidad aquel pedazo de rinoceronte lanudo. Su investigación fue publicada este 14 de enero en la revista especializada Genome Biology and Evolution y constituye, como dice él en una llamada, el primer caso en el que se secuencia el genoma completo de un animal que vivió en la Edad de Hielo y que fue hallado en el estómago de otra especie.

Camilo Chacón-Duque, científico colombiano.
Foto: Natalia Romagosa

Como señaló, a través de un comunicado, Sólveig Guðjónsdóttir, la autora principal del trabajo, “extraer un genoma completo de una muestra tan inusual fue algo realmente emocionante, pero también muy desafiante”.

La difícil tarea de reconstruir un genoma de hace 14 mil años

Quienes tratan de entender nuestro pasado y cómo eran las especies que ya se extinguieron a partir del ADN antiguo que hallan en muestras bajo hielo, suelen encontrarse con un desafío: no siempre dan con piezas bien conservadas. Algunas tienen ADN muy degradado y los análisis apenas les permiten hacer inferencias limitadas, como el origen geográfico de un animal. Pero no alcanza para “observar” su código genético, que es útil para comprender, por ejemplo, el estado de una población o tener pistas sobre las razones de su extinción.

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En el caso de la muestra que estaba en el estómago del lobo, el equipo de Chacón-Duque se llevó una sorpresa. Aunque provenía de una fuente poco habitual, cuenta el investigador, les permitió obtener ADN de alta calidad. Con eso en sus manos, se pusieron en la tarea de reconstruir un “genoma de alta cobertura”, que les facilita hacer observaciones más precisas en los miles de millones de letras que componen el código genético de un mamífero. En el del humano, hay 3 mil millones de letras; en el de un rinoceronte, unos 2.500 millones, aproximadamente. “Era una información descomunal”, sintetiza el biólogo colombiano.

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Imagen de un ejemplar de rinoceronte lanudo hallado en Rusia (no corresponde al que hace referencia este artículo).
Foto: Mammoth museum of North-Eastern Federal University

Para lograr su objetivo, necesitaban hacer un trabajo quirúrgico. Hicieron una especie de cortes finísimos para llevar a cabo 22 experimentos independientes y así hallar suficiente ADN que pudieran aprovechar. Saltándonos muchos detalles metodológicos y las sofisticadas técnicas para analizarlo, leyeron millones de fragmentos y se cercioraron de que no estuvieran contaminados. Debían tener la certeza de que, efectivamente, se trataba de ADN de rinoceronte lanudo y no de la loba.

El siguiente paso consistió en comparar ese genoma con el de otros dos rinocerontes lanudos. Uno, que vivió hace unos 18.000 años, y otro, de hace 48.000 años. Las pruebas de radiocarbono que habían hecho previamente con la pieza hallada en el estómago de la loba, les indicaba que el que estaban examinando era mucho más joven: de 14.400 años, es decir, era un ejemplar mucho más próximo al momento en el que se extinguió la especie (hace 14.000 años, aproximadamente).

¿Qué encontraron en esa comparación? Varias cosas inesperadas. “Esperábamos hallar evidencia que sugiriera que hubo un deterioro genético de los rinocerontes lanudos, pero observamos algo sorpresivo: este individuo era muy similar a los ejemplares de 18.000 y 48.000 años. Eso quiere decir que su perfil genético no indicaba ningún tipo de vulnerabilidad en el momento de su extinción. Tampoco había cambios en los niveles de endogamia”, explica Chacón-Duque.

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El profesor Love Dalén con un cuerno de rinoceronte lanudo.
Foto: Irina Kirillova

Eso les hace pensar que había una población estable y numerosa antes de que el rinoceronte lanudo desapareciera y que fue, posiblemente, algún cambio ambiental drástico el culpable de su desaparición. Lo que sospechan es que pudo ser un evento que ocurrió con rapidez, producto del calentamiento global al final de la última Edad de Hielo (o en el Pleistoceno tardío, para ser más precisos).

Para usar las palabras que expresó Love Dalén, profesor de genómica evolutiva en el Centre for Palaeogenetics, en el comunicado que acompañó la publicación en Genome Biology and Evolution, “nuestros resultados muestran que los rinocerontes lanudos tuvieron una población viable durante 15.000 años después de que los primeros humanos llegaran al noreste de Siberia, lo que sugiere que lo que causó la extinción fue el calentamiento climático y no la caza humana”.

Chacón-Duque cree que hay otro punto valioso de ese esfuerzo. Como es difícil obtener ADN de individuos que hayan vivido cerca a la fecha en la que se extinguió una especie, este camino metodológico que el grupo eligió puede ser una puerta para que otros investigadores lo consideren con otras especies. “Creo”, dice, “que el proceso que seguimos para obtener un genoma de alta cobertura abre las puertas a muchos otros estudios de este tipo”.

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Foto del lugar donde fue hallada Tumat-1. En la imagen está Sergey Fedorov, coautor del artículo, junto con otro colega.
Foto: Sergey Fedorov

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Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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