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9 Apr 2022 - 4:11 p. m.

De Gaitán hasta hoy, los ausentes que se recuerdan el 9 de abril

César Augusto Muñoz

A la memoria de todos y todas quienes han sido semilla de esperanza. Este 9 de abril se lleva a cabo la inauguración de la Casa de la Cultura Huellas del Pato en la Zona de Reserva Campesina Cuenca del Río Pato y Valle de Balsillas.

De Gaitán hasta hoy, los ausentes que se recuerdan el 9 de abril
Foto: El Espectador

Algunas veces en abril, es el título de la película dirigida por el cineasta haitiano Raoul Peck. En este relato se cuenta en diferentes tiempos, las causas y desarrollos del genocidio en Ruanda, un país ubicado en el oriente de África. La secuencia de apertura sitúa imágenes históricas del colonialismo belga y la forma como se construyó un sistema social racista, imponiendo diferencias físicas inexistentes entre etnias hutus, tutsis y twa. Este primer ciclo de imágenes de archivo cierra con una voz en off afirmando: “jamás se trató sobre la civilización o sobre tribus o razas, siempre se trató sobre codicia, arrogancia y poder. Cuando al fin descubrimos el horror, ya era muy tarde”.

La historia de la película se desarrolla entre imágenes del pasado colonial, la matanza ocurrida entre el 07 de abril y el 15 de julio de 1994 y el tribunal internacional para Ruanda en los años posteriores al genocidio. Desde el año 2003, el 07 de abril es el día Internacional de reflexión sobre el Genocidio en Ruanda.

Del oriente de África pasamos a Colombia donde también nuestros abriles son al decir del poeta peruano César Vallejo, verdaderos heraldos negros; “como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma”. Todas y todos en este lugar crecimos con las historias, las imágenes y los silencios de los abuelos y abuelas; corriendo, luchando, huyendo o matando. Sobrevivientes, héroes, heroínas o verdugos, cada historia familiar se entreteje con las historias de las veredas, sus caminos, montañas y ríos.

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Muchos relatos después, los que sobrevivimos aquí estamos, y con nosotros y nosotras están los ausentes y sus ausencias; somos el resultado de los sueños y las esperanzas que se han construido al filo de la vida. En la nostalgia de la partida, cuando todo ha quedado atrás, el viaje hacia lo desconocido lo acompaña una serie de imágenes en forma de recuerdos; la familia, la casa, el perro…toda la vida convertida en pasado, el miedo permanente a un presente desconocido y la solidaridad como la sonrisa de un niño que se encuentra en los lugares más inesperados; estos son los vestigios de sentido que hacen renacer la ilusión de otras vidas posibles.

Oficialmente en Colombia el 9 de abril es el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, corta se queda esa categoría y ese día para reconocer todas las historias anónimas, todos los hombres y mujeres vencidos, los y las heroínas de semáforos y terminales. El mar de gente huyendo por caminos y carreteras, el puño en alto encarcelado y la lucha cotidiana.

La Historia oficial es una secuencia de olvidos selectivos, verdades a medias e imágenes embalsamadas en museos. Ahí no hay vida, ni acción, ni lucha. En esa Historia no caben todas las historias cotidianas de nuestras casas. Es deber de los que estamos aquí reconstruir los relatos del abuelo o la abuela, rescatarlos del pasado y “dar nueva vida a las esperanzas incumplidas de la generación que nos precedió” (Traverso; 2018).

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Las contradicciones del tiempo y la historia han hecho que nuestros abriles ocurran muchas veces, parafraseando a Marx: “la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Los bogotazos se extendieron por todo el país, las traiciones se convirtieron en políticas de Estado, el asesinato en la forma predilecta de eliminar al contrario y la memoria tristemente en la forma oficial de olvidar. De Gaitán hasta hoy resuenan todos los nombres de los y las ausentes, nos identifican los dolores colectivos, pero también las esperanzas anónimas reconstruidas en la lucha cotidiana por sobrevivir.

Aquí estamos en el corazón del piedemonte amazónico, en el sur de Colombia, en la Zona de Reserva Campesina del río Pato y el Valle de Balsillas, donde muchos años antes hombres, mujeres, gallinas, perros y mulas llegaron cargados de nostalgias y esperanzas. Aquí, como lo cuentan las imágenes del mural de esta Casa de la Cultura que hoy se inaugura, están las huellas de todos esos seres vivos que juntos lucharon por construir otros futuros posibles.

Estar hoy presentes en este acto cuando en el mundo suenan de forma apresurada y bulliciosa los tambores de guerra, y en Colombia la materialización de la paz le cuesta la vida y la libertad a quienes creen en ella, no es solamente una forma estática de rememorar a las víctimas. Todo lo contrario, estamos todos y todas aquí presentes re-activando el pasado, convirtiendo las utopías de los y las que sufrieron las violencias en acciones, organizaciones y hechos materiales.

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Esta Casa de la Cultura en la Zona de Reserva Campesina de la Cuenca del Río Pato y el Valle del Balsillas con toda la historia que tiene este nombre; los ríos, bosques y montañas que se convierten en hábitat para los animales, personas y organizaciones que son el territorio y la identidad campesina, es la manifestación más clara y latente de la derrota de los verdugos.

En mi mente están intactos los recuerdos de la mañana de 2018 cuando en la inspección de Guayabal un grupo de profesoras alegremente me fue contando la decisión colectiva que había tomado la comunidad de Balsillas a través de su Junta de Acción Comunal para crear una casa donde todos los habitantes de la Zona de Reserva Campesina se pudiesen encontrar para leer, dibujar, hacer teatro, música, pintura, danza y murales.

Cuando la desazón me embarga vuelvo a recordar ese día, las caras alegres por lo que en ese momento era una idea totalmente razonable, un sueño posible y una utopía “concreta”. La comunidad de Balsillas tenían la certeza de lo posible. Desde ese día hasta hoy, mantenemos una conversación permanente. Cada tanto escucho que se fueron vinculando otras personas en este camino.

Una casa necesita de un terreno donde se pueda convertir en un hogar. Este lugar primero fue un lote que donó la Junta de Acción Comunal, se encerró con algunos materiales reciclados y se convirtió en un cuarto donde se fueron poniendo los libros, computadores, juegos y máquinas de coser que enviaban otras personas en diferentes lugares del mundo. En ese pequeño sitio se empezó a reunir la comunidad para estudiar y enseñar. De las diferentes veredas llegaron artistas locales que a su vez traían invitados de otros sitios. Ir al Pato a visitar la Casa de la Cultura se nos convirtió en un buen plan. Llegaron campesinos y campesinas de otras zonas de reserva, profesores universitarios, jóvenes grafiteros que leyeron las historias de azul de monte, jugaron con el morral de la memoria y soñaron con pintar en las casas de este pueblo; la cordillera de picachos, el plátano, el café, el frijol, el maíz, la caña, el cacao, el queso, el arroz, las tilapias, el río pato, el machete, el jaguar y la marcha por la vida.

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Son ustedes esas personas las que han llenado de vida y sentido esta Casa de la Cultura que hoy se presenta con cimientos, puertas y baños. La solidaridad ha convertido este sitio un lugar adecuado para que nos continuemos encontrando las generaciones pasadas y los jóvenes del presente, para que juntos construyamos en organización los futuros que nos adeuda esta Nación. Ustedes tienen la razón, estamos presenciando la certeza de lo posible, la esperanza de robarle el tiempo a la guerra y porque no, la posibilidad legitima de transformar los siguientes abriles.

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