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13 Aug 2022 - 8:00 p. m.

El peligro de una verdad única

Joan C. López - Profesor e investigador en Columbia University

A los colombianos nos educaron para que pensáramos que sólo existe una verdad. Nos dijeron siempre que “el que es distinto a mí es mi adversario”. Por eso llevamos más de 200 años intentando eliminar todo lo que no se parezca a nosotros ni a lo que nos rodea.

Ahora, la coyuntura y los deseos de cambio nos hacen un llamado para construir una mejor convivencia y para llegar a vivir en paz, por lo que debemos estar dispuestos a tender puentes entre sectores históricamente polarizados y profundamente desconectados. Esta desconexión parte del prejuicio arraigado de ver a la diversidad en términos jerárquicos. Es decir, si alguien es diferente, transitoriamente es inferior o superior a mí.

Esto hace que juzguemos al otro y lo pongamos como amenaza. En ese sentido, la igualdad en Colombia la asumimos como identidad: somos iguales si somos idénticos; somos desiguales, o sea superiores o inferiores, si somos diferentes. Y la diferencia, bajo estas condiciones, hay que eliminarla. Es por esto que hablar de paz y convivencia en Colombia es también hablar de conectar, de no estigmatizar, de tejer y de derribar esa verdad única.

Desde la literatura podemos encontrar lecciones para vivir así y demostrar que es posible derrumbar barreras que nos han alejado por años. Como advierte William Ospina en su texto ¿Dónde está la franja amarilla?, “la tarea más urgente de la humanidad en general es la tarea de reconocerse en el otro, la tarea de asumir la diferencia como riqueza, la tarea de aprender a relacionarnos con los demás sin exigirles que se plieguen a lo que somos o que asuman nuestra verdad”.

Valorar la otredad y estar abierto a la diferencia es crucial y, de a poco, he aprendido sobre ello y su valor inquebrantable. Desde la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde trabajo como profesor en el programa de Maestría en Negociación y Resolución de Conflictos, con mi colega Beth Fisher-Yoshida (directora del programa), construimos un proyecto de investigación aplicada para la construcción de paz en Colombia.

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Desde allí hemos identificado un amplio repertorio de prácticas sociales, geografías y ecologías, guiadas por líderes sociales que contribuyen a una mejor convivencia a lo largo del país. Tal es el caso de los ‘pelados’ de la Corporación Cultural Hatuey, en el barrio El Dorado (Bogotá), que por medio de una pedagogía popular defienden los derechos humanos y abren espacios para que los habitantes del barrio entiendan su participación en el diseño de políticas públicas sobre su territorio. Esto, tan solo como un ejemplo local.

Si nos vamos a otras ciudades, en Cali nos hemos encontrado historias como la de la señora Pola, una mujer que lidera con una intuición finísima y que les enseña a las niñas, niños, y jóvenes del barrio Llano Verde, en el distrito de Aguablanca, sobre su historia afrocolombiana por medio de marimbas, alabaos, y tambores.

También están las Pirañas Crew en Medellín, un grupo de mujeres feministas que usan los muros de su ciudad como una pizarra para hacer pedagogía sobre la importancia de feminizar la calle, el arte, la vida.

Allí mismo, en la Comuna 13 de Medellín, también está Casa Kolacho, un centro cultural, pedagógico y artístico, que redefine el significado del territorio contando las historias de las respuestas pacíficas al conflicto de sus habitantes y generando espacios para que el arte urbano sea una opción concreta de vida. Estos son solo unos pocos ejemplos de iniciativas comunitarias que, si conociéramos mejor, seríamos mejores co-ciudadanos.

Todas estas son muestras cercanas de que la construcción de tejido social y de respeto por los derechos del otro para mantener la paz en los territorios no son algo que nos debe ser ajeno o lejano. Siempre son prácticas construidas desde abajo.

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En julio pasado nos dispusimos con la Maestría en Construcción de Paz de la Universidad de los Andes a realizar estudios con este tipo de comunidades, mediante un curso de verano donde, con estudiantes de Columbia y Uniandes, redescubriéramos algunos sectores de Bogotá, Medellín, y San Carlos (Antioquia) guiados por la pregunta: ¿Cuáles son las respuestas pacíficas al conflicto violento en Colombia?

Nos preparamos con nuestros estudiantes para ver a Colombia desde la curiosidad y desde las posibilidades que ofrece la diversidad que somos pero que no queremos ver. Visitamos colectivos juveniles, caminamos las calles más estigmatizadas de Medellín y Bogotá, escuchamos historias de cómo los habitantes de los sectores más afectados por la guerra han creado alternativas de vida pacificas para sus comunidades.

Aprendimos al menos las siguientes cosas: Que las comunidades más afectadas por la guerra han creado espacios de convivencia pacíficos a pesar de la falta de Estado y en situaciones materiales precarias; que en la producción de estos espacios de convivencia hay prácticas sociales y herramientas muy sofisticadas para la construcción de paz, que deberían formar parte de la construcción de políticas públicas y las lecturas académicas sobre el conflicto y la paz; y que las políticas públicas en Colombia son incapaces de abordar patrones sociales e históricos, y por eso solo “resuelven” los síntomas de los problemas, y no sus causas.

El conflicto en Colombia también tiene una dimensión lingüística, o sea una narrativa, que no permite que habitemos el país como co-ciudadanos sino como adversarios—y que la única manera de derribar estas narrativas es abordando a nuestros supuestos adversarios con curiosidad, empatía, y generosidad. No hay que eliminar, sino sumar. Es en las historias de vida como la de Pastora Mira, y su trabajo de reconciliación en San Carlos, donde podemos encontrar nuestra humanidad común sin ver verdades únicas, con su resiliencia podemos encontrar una multiplicidad de nuevos mundos posibles para conectarnos como colombianos y así, por fin, vivir en un país más sano, más nuestro, y sobre todo, más fecundo.

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