Colombia + 20

13 Nov 2022 - 3:48 p. m.

“El legado del prohibicionismo es la muerte de muchos inocentes”: Ernesto Zedillo

El expresidente mexicano, miembro de la Comisión Global de Política de Drogas, habló con Colombia+20 acerca del cambio de rumbo que desean desde esa organización para tratar temas relacionados con el narcotráfico. Condena el prohibicionismo y alienta mayores debates asociados con salud pública.
Camilo Pardo Quintero

Camilo Pardo Quintero

Periodista Proyectos especiales
Ernesto Zedillo fue presidente entre 1994 y 2000.
Ernesto Zedillo fue presidente entre 1994 y 2000.
Foto: Camilo Pardo Quintero

Ernesto Zedillo Ponce de León fue presidente de los Estados Unidos Mexicanos entre diciembre de 1994 y noviembre del año 2000. Su mandato fue el último gobierno de la hegemonía de más de seis décadas del Partido de Revolución Institucional (PRI) antes de la victoria del Partido de Acción Nacional (PAN), con Vicente Fox Quesada a la cabeza.

Por años se discutió en su país cuál fue su papel frente a las políticas de drogas. Mientras que sus partidarios alabaron decisiones como impulsar la creación de una Fiscalía Especializada en Delitos Contra la Salud (donde había casos concretos vinculados con el narcotráfico y la venta y consumo de estupefacientes), desde medios especializados como Animal Político en proyectos como “Narcodata” o incluso documentos clasificados de la DEA que con los años se volvieron públicos, se habló de un auge en el crimen organizado -que pervive en el país norteamericano-, de la mano con la consolidación de cárteles históricos como Sinaloa (Joaquín Guzmán Loera), Tijuana (hermanos Arellano Félix) o el cártel del Golfo (Juan García Abrego).

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Ahora, Zedillo forma parte de la Comisión Global de Política de Drogas, grupo conformado por líderes mundiales que hablan de la urgencia de acabar con las políticas del prohibicionismo como única estrategia, junto con la militar, para debilitar al narcotráfico. En lugar de ello propone articular más con sistemas de salud y políticas tributarias que acaben con ese fenómeno que se ha carcomido a miles de comunidades en América Latina y el mundo.

¿Cuál cree que ha sido el mayor error de los gobiernos latinoamericanos para tratar el problema de las drogas ilícitas en la región?

Evidentemente, y algo de lo que nos arrepentimos como sociedad para que no vuelva a suceder, fue asumir que toda relación con las drogas -fuese cual fuese- debía ser mitigada con vía militar y estrategias propias de ministerios de defensa. La cadena completa, especialmente las consecuencias del consumo son algo estrictamente atado a temas de salud pública. Es decir, una figura de Ministerio de Salud tiene que ser la primera encargada de tratar estos casos desde políticas preventivas y de choque cuando sea el caso. Pero el hecho de siempre militarizar, atacar al narco y los cárteles como única respuesta al fenómeno global del narcotráfico trajo más muertes que cualquier otra cosa.

A sabiendas de eso, ¿qué necesidad de seguir viendo el problema como una guerra?

No hay ninguna necesidad. Ahorita América Latina está en una amplia transición hacia el progresismo y si las decisiones de sus gobiernos, resaltando el papel protagónico de Colombia, Chile, Brasil o México es el correcto, pues lo que uno espera es que terminen las políticas de persecución que tanto daño nos han hecho; está claro que el legado del prohibicionismo es la muerte de muchos inocentes.

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En ese contexto, ¿cuál cree que será el rol del recién elegido Luiz Inácio Lula Da Silva para unir esfuerzos con otros líderes regionales para cambiar las políticas sobre las drogas?

El presidente Lula será un líder genuino que seguramente pondrá a los derechos humanos en el centro del debate de las políticas de drogas, como no se vio con el gobierno Bolsonaro. Lo que ha dicho el presidente Gustavo Petro sobre frenar persecuciones y alentar diálogos en distintas regiones golpeadas por el narcotráfico son elementos que en una puesta en conjunto pueden servir para que nuestra región siga liderazgos claros y trabaje en función de debilitar a los narcos y quitarles esos dineros sucios que tanto han asesinado y estigmatizado.

Una parte del Informe Final de la Comisión de la Verdad colombiana asegura en sus recomendaciones que el transitar rápidamente de un lenguaje de “guerra contra las drogas” hacia soluciones alternas para el problema de drogas en el país es la vía más eficaz para disminuir los efectos del narcotráfico. ¿Qué análisis le merece eso?

El expresidente Santos dijo algo contundente: ni erradicando forzosamente con militares miles de hectáreas de coca, ni persiguiendo a quien no se debe perseguir se logró que Colombia dejara de ser el mayor productor de droga en el mundo. Sus esfuerzos para acabar con el narcotráfico vienen de muchos años atrás y han terminado en decisiones fallidas… que cabe aclarar que no solo pasa en este país sino en muchos. Justamente eso pasa por lenguajes y prácticas belicistas; y pues no, la clave es pensar desde la salud pública, no tratar a los adictos como criminales sino como enfermos y acabar con la idea que solo a la fuerza y con las prohibiciones se vence al narco. No es así.

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Siguiendo con el caso colombiano, ¿qué aportes cree que da negociar con grupos armados un proceso de paz o un proceso de sometimiento a la justicia de actores que de una u otra forma tengan que ver con la cadena del narcotráfico? Es una parte crucial de la política de “Paz Total” de Gustavo Petro.

Hay que ver con quién se negocia y cómo se hace. Hay que ver cuándo algo es político y cuándo no. El proceso de paz colombiano es una muestra exitosa de que esos tratados pueden llegar a tener desenlaces positivos, pero una negociación abierta, al menos de esa forma, no siempre es posible. No es alentar el ejercicio militar, insisto, es tener coherencia de quién puede tener un proceso como el que firmaron en 2016 y quién debe tener un castigo distinto de cara a la justicia.

¿Por eso la Comisión Global de Política de Drogas centró su informe en Colombia?

Es la primera vez que la comisión hace un documento de estos dirigido a un caso específico. Lo merecía luego de todas las lecciones surgidas desde el proceso de paz, incluso antes, donde la gran conclusión en conjunto es que se fracasó, pero se puede resurgir con nuevas estrategias.

Hablando un poco de su país, ¿por qué ha costado tanto en México la resolución de conflictos frente a las drogas? Los cárteles evidentemente no son personalistas y siguen aterrorizando muchos estados.

Con los narcos no se negocia. A solo una cabeza llena de estupidez se le puede ocurrir eso. Por eso digo que hay que tener cuidado con quién se negocia. Hay otras formas para tratar con ellos que no sea la vía violenta, como el sometimiento que no es una negociación formal de paz, por supuesto, pero no se puede tener en primera mano de posibles soluciones el ser flexibles con ellos. En México ha fallado la erradicación de estos crímenes porque cuando el fenómeno se pudo contener, ese dinero sucio se apoderó de las esferas políticas y de poder económico. No tuvieron límite y eran los dueños de muchas cosas a su ley. Se han debilitado con golpes específicos, pero volvemos a lo mismo, el final no está en eso… ni con la marina ni con la fuerza del ejército. El problema es integral y es el momento de por fin superarlo. Matando a sus líderes no se encontrarán todas las respuestas para el fin del narcotráfico, la realidad es la prueba mayor de ello.

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¿Cree que durante su gobierno falló la política de drogas?

En lo absoluto.

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