19 Dec 2019 - 1:00 a. m.

El camino de Tito: crónica de un viaje al asilo (II)

En la segunda crónica sobre la partida forzada a Canadá de Tito Ignacio Rodríguez, jefe del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta, el autor narra sus propias vivencias en la zona, que en buena medida explican la razón de su decisión de escapar a la muerte.

John Edward Myers * / Especial para El Espectador

Con su turismo mochilero, Ciudad Perdida se mantiene bien conservada.  / Jota Arango / Arriera - Especial para El Espectador
Con su turismo mochilero, Ciudad Perdida se mantiene bien conservada. / Jota Arango / Arriera - Especial para El Espectador

Pocos días después de nuestro primer encuentro en enero de este año, Tito recibió un mensaje desde la DTC, la Dirección Territorial del Caribe (de parques), de parte de su jefa.

“Mira, ayer, ummmm, me dijo, eh [nombre no revelado] que vino… alguien, y le dijo que efectivamente el atentado iba dirigido era a ti. En vista de que las cosas se pusieron así de esa manera, y bueno, era más difícil contigo y que ya se filtró todo, eh, pero que realmente iba… todo estaba dirigido hacia a ti”.

“Y hoy fui al comando de la Policía y el coronel me dijo que ya habían avanzado, que las cosas estaban difíciles, y [me preguntó] si tú ya te habías ido de Santa Marta. Y yo le dije, no, coronel, él no se ha ido, él no se quiere ir. Entonces, me dijo: ‘Él tiene que entender que, por su seguridad, debe irse. Las cosas están difíciles. Es mejor que esté por fuera de Santa Marta’. Eso fue… Así que…. por favor, por favor, por favor”.

Al final de la semana siguiente Tito y su familia estaban ya en Bogotá donde un pariente, dando inicio a una nueva fase itinerante y de mucha incertidumbre de varios meses.

(Aquí puede leer la primera entrega de esta serie: El camino de Tito: crónica de un viaje al asilo político)

Ciudad Perdida

Hay dos maneras de llegar a Ciudad Perdida: a pie o en helicóptero. La primera requiere que uno tenga $1,1 millones y la preparación física para caminar aproximadamente 45 kilómetros en terreno inestable y ondulante, ida y vuelta. La segunda es que uno tenga muy buenos contactos o esté involucrado con alguna iniciativa de investigación con el Icanh (Instituto Colombiano de Antropología e Historia). En varios momentos de la historia moderna, incluso febrero del 2005, han surgido propuestas “innovadoras” para construir un teleférico desde varios puntos en la región para facilitar la subida a Ciudad Perdida.

“Esta idea viene dando vueltas desde 1977 y por múltiples razones, desde técnicas hasta sociales, realmente cada vez que se analiza a fondo se termina llegando a la conclusión de que no es algo muy conveniente, ni viable, y por distintas razones se muere… Y después alguien vuelve y lo revive”, dice Santiago Giraldo, director de la Fundación Pro Sierra Nevada de Santa Marta.

Yo siempre quise llegar a Ciudad Perdida corriendo, estilo trail running. Y en mayo de este año aproveché la temporada baja para conocer el estado actual del turismo y los temas y actores con quienes Tito tenía que lidiar como jefe del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta. A pesar de que, técnicamente, solo 6 de los 24,6 kilómetros de la (única) ruta actual pasan por el parque. En el viaje seguramente encontré algunas de las cosas que estaba buscando, mientras otras son un misterio. Entre las cosas bellas que encontré en esta primera subida están:

Mi guía, Misael Pineda Gutiérrez, de Santa Marta, fino representante de Mega Sierra Tours, con nada menos de 300 subidas desde que tenía 16 años. Caminaba (mientras cargaba mis cosas) al mismo paso que yo corría y contestó todas mis preguntas sobre la historia moderna del ecoturismo en Ciudad Perdida. En un momento inolvidable de la vida, desde la plataforma más alta a la que alcanzamos a llegar, y siendo unas de las muy pocas almas viendo el amanecer desde arriba este día, Misael desapareció, reapareció y me entregó un café caliente en una taza de verdad mientras observábamos la llegada de los soldados de turno y los primeros turistas del día.

(También puede leer: “Estamos puliendo espiritualmente el Tayrona para que pueda existir”. Entrevista con el gobernador del Resguardo Kogui-Malayo-Arhuaco)

Los estudiantes gringos. En el segundo campamento, conocido como Cabaña Alfredo, donde almorzamos el primer día antes de que nos pegara el aguacero del siglo, nos encontramos con un grupo de estudiantes gringos de Monmoth College. A pesar de que solo siete de los originales 13 estudiantes aún estaban con el grupo (como una temporada de Desafío) y de la informalidad del todavía emergente ecoturismo colombiano, yo estaba feliz de ver a los estudiantes de esta universidad de Illinois en la Sierra. Hace relativamente pocos años estas cosas no pasaban, ni siquiera en el realismo mágico.

El último tramo de la ruta y las plataformas. Correr bordeando los raudales de la cuenca alta del río Buritaca y luego subir las últimas 1.200 escaleras de piedra antes de finalmente llegar a Ciudad Perdida es una de las experiencias más espectaculares que he vivido. Las plataformas y el parque arqueológico de Ciudad Perdida, que preserva lo que fue en el año 1400 uno de los centros urbanos más desarrollados e innovadores del mundo, está bien conservado y aún no se ven los impactos negativos del turismo masivo que uno encuentra en sitios como Machu Picchu en Perú. En este sentido, el modelo de turismo actual mochilero, de hamacas y baretos, hasta el momento ha funcionado para conservar el sitio. Esto es un plus.

Otro encuentro notable para mí en este primer viaje fue uno fortuito con Juan Ortiz, cofundador del operador ecoturístico The Colombian Project. Juan estaba con su equipo, el destacado guía de montaña y líder de grupos Juan Diego Giraldo y su gerente de proyectos, el formidable ciclista Camilo Ortega. Mientras cenamos en El Paraíso, el campamento más alto de la ruta, que estaba repleto de militares, Juan compartió que acababan de firmar un convenio con la famosa empresa/cooperativa R.E.I., una institución emblemática dentro del mundo del camping, y el almacén donde yo compraba mis botas de hiking cuando era niño en Minnesota.

Hace relativamente pocos años, R.E.I. abrió una división de viajes internacionales. Este año, después de un proceso largo y comprehensivo de trabajo en equipo con The Colombian Project, mandaron a sus primeros grupos. En 2020 vendrá otra docena de grupos y, si todo va bien, proyectan mandar más de 20 grupos en el 2021.

Pocos días después de nuestro encuentro en Ciudad Perdida nos enteramos de que la cantidad de soldados presentes ese día en El Paraíso se debía a un operativo militar, y que justo en esos días habían matado aun jefe de los Pachenca, alias Chucho Mercancía. Chucho Mercancía sería reemplazado inmediatamente por Alias 80. Y Alias 80, quien supuestamente tendrá una postura más “amigable” con el turismo, fue observado un par de días después, de noche, montando a caballo, armado hasta los dientes, cerca del primer campamento de la ruta.

(Le puede interesar: “Los Pachencas”: la organización criminal que causa terror en la Sierra Nevada)

Retomaremos el tema de los $1’100.000 cobrados “por cabeza” (y para dónde van) y los ingresos generados por los aproximadamente 26.000 turistas anuales a Ciudad Perdida (15 % de los cuales son nacionales) en la próxima entrega de la serie. También escucharemos de dos antropólogas muy tesas de Lacma (el Museo de Arte Moderno de Los Angeles) sobre la importancia de Ciudad Perdida y por qué ha sido seleccionada como uno de los elementos centrales de la nueva exposición Universo Portable, que abrirá en Lacma en el 2021.

De regreso a Santa Marta

Regresé a la samaria en octubre para verme con Tito y para hacer las rondas en el Distrito Turístico, Cultural e Histórico de Santa Marta. Al llegar a su casa me recibió Nala, la quisquillosa perra rescatada que alguien dejó frente de la casa de Tito y Marcela. Tito me mostró las fotos de Nala y cómo estaba cuando la encontraron, en sus últimas.

“Esta bendita perra”, me explicó Tito. “Creo que nosotros empezamos salvando la vida de ella, pero en últimas, la perra nos va a salvar a nosotros”.

Durante las siguientes horas Tito me explicó en más detalle el cronograma de eventos que transcurrió en 2017 y 2018 en Marquetalia, la vereda situada justo al otro lado de Palomino (y del río), adentro de La Lengüeta y el parque. Me explicó que en 2017 los funcionarios de Parques habían registrado la presencia de 13 construcciones ilegales dentro del parque en el sector de Marquetalia. De acuerdo con el protocolo y el proceso establecido, Parques tenía que realizar un desalojo. Días después, un video del desalojo empezó a rotar por redes sociales y la sede local de las oficinas de Parques en La Lengüeta fue incendiada.

Después de compartir cómo el conflicto estaba generando un ambiente de mucha inseguridad e incertidumbre para los funcionarios de Parques en la región, Tito me compartió sus frustraciones con la falta de respuestas y el proceso burocrático que le tocó vivir para tramitar su caso personal. Un estudio de valoración de riesgo realizado por la Unidad Nacional de Protección indicó que su vida estaba en inminente peligro, pero de ahí no hubo movimiento ni soluciones.

Salimos de la casa y nos sentamos afuera mientras Tito esperaba a una persona que le estaba ayudando a trastear algunos documentos de la casa.

Espera. ¿Qué estaba pasando?

Fue precisamente en ese momento cuando me di cuenta de que el jefe tenía otro plan.

Tito me compartió que hace unos meses, mientras estaban en Bogotá, sacaron pasaportes y luego tramitaron visas de turismo para visitar los Estados Unidos. Y justo cuando yo iba a hacer un chiste estúpido sobre Disney World, Tito me empezó a contar sobre el Acuerdo de Tercer País y cómo funciona entre Canadá y los Estados Unidos. Básicamente, con buena documentación y mostrando el tamaño del riesgo, personas que vienen de países como Colombia deben demostrar que su país no tiene la capacidad de proteger sus vidas, llegar a los Estados Unidos con una visa y seguir hasta la frontera con Canadá, cruzar de manera “irregular” y entrar el país para pedir asilo político.

“Ya compré los tiquetes”, me dijo Tito. “Ya nos vamos en un mes, la segunda semana de noviembre”.

Ocho semanas después de nuestro encuentro, sus hijos están entrando el colegio y la familia se prepara para su primer invierno canadiense.

Manténganse en sintonía. Próximamente compartiremos la última entrega de esta serie y trataremos de dejar algunas reflexiones y recomendaciones sensatas, para no tener que decir ni escuchar de nuevo que “se nos fue el jefe para el frío”.

* Conservacionista, pajarero, atleta de montaña. Actualmente es el director de innovación social para Conservación Internacional Colombia. Las opiniones expresadas son suyas.

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