28 Feb 2020 - 5:54 p. m.

Las disidencias de las Farc, una de las muchas dificultades para desminar el Caquetá

En este departamento se fortalecen los grupos armados ilegales y aumentan los cultivos de coca. Campesinos de la zona dicen que el mejor antídoto contra la violencia es poner en marcha el Acuerdo de Paz.

Agencia Anadolu - Susana Noguera Montoya

En el departamento de Caquetá, al sur del país, crecen los reportes sobre el fortalecimiento de las disidencias de la extinta guerrilla de las Farc y el aumento de los cultivos de coca.

La tensión que acompaña estos rumores entorpece los trabajos de desminado humanitario, una labor clave para el posconflicto y una de las primeras señales que sintieron los caqueteños de que la paz había llegado a su territorio.

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“Hay presión”, dice un habitante de la zona, que prefiere no dar su nombre por miedo a los armados. “No es secreto para nadie que las disidencias están volviendo a surgir”, añade.

Con algo de frustración dice que ya se había “malacostumbrado a la paz”, pero ahora está volviendo a sentir tensión y zozobra, la misma que no lo deja hablar con libertad y lo lleva a bajar la voz cuando se refiere a grupos armados.

El miedo en las zonas históricamente azotadas por la violencia en Colombia tiene resultados muy reales, haya o no pruebas materiales de los daños. En el caso del Caquetá afecta, entre otras cosas, las iniciativas de desminado humanitario como las que desarrolla Ayuda Popular Noruega (APN) en el municipio de Milán.

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Leidy Vargas, oficial de operaciones de estudio no técnico de la APN en la zona, explica que en el departamento se pueden ver las diferentes caras de la actual situación de seguridad en Colombia. “En un solo departamento hay dinámicas totalmente diferentes en tres municipios, y eso que no están muy lejos geográficamente”

Se refiere a los municipios de Morelia, Milán y Cartagena del Chairá, que le fueron asignados a esta organización civil para que fueran desminados.

En Morelia, después de hacer el estudio no técnico, no se identificaron áreas con sospecha de presencia de minas antipersonal. La comunidad explicó que vivieron el conflicto, pero nunca se vieron afectados por artefactos explosivos, por lo que allí la situación de seguridad parece no presentar amenazas inminentes. “Esperamos que pronto podamos hacer entrega del municipio como libre de sospecha de minas”, añade Leidy.

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Otro es el escenario en Milán, un municipio donde se han encontrado áreas con presencia confirmada de artefactos explosivos y áreas con sospecha. “Tenemos sectores de despeje que están activos y sectores a los que no hemos podido llegar por temas de seguridad”, dice Leidy.

Aunque en Milán el proceso de desminado ha podido avanzar, hay algunos aspectos que se han demorado por diferentes razones; la más grave es la presión de grupos armados, que impide que se descontamine la zona.

Por su parte, en Cartagena del Chairá, la APN no ha podido ni siquiera hacer un enlace con la Alcaldía por motivos de seguridad. “Nosotros quisiéramos ir a Cartagena del Chairá porque es un municipio grande que tiene mucha información sobre afectación por minas. Si pudiéramos entrar tendríamos mucho trabajo”, dice Leidy.

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La tensión en la región es perceptible. Al llegar a la zona rural de Milán es muy fácil notar una cierta desconfianza hacia cualquier actor externo. Antes de cualquier conversación los habitantes de la zona preguntan varias veces quién lo entrevista y qué hace allá, así la persona haya sido presentada por alguien de confianza.

“Cuando vimos llegar a los desminadores sentimos tensión. Entonces uno lo primero que se pregunta es qué beneficios nos traerá y qué problemas nos traerá, porque así es que uno aprende a pensar”, dice un habitante de la zona que prefiere mantener reservado su nombre. Ese tipo de cálculo mental es el que las comunidades parecen hacer en todo momento, con cada palabra.

El miedo, un acompañante permanente

El miedo de muchos caqueteños tiene explicaciones históricas. Este departamento fue un fortín de la guerrilla de las Farc desde la década de los 80. Durante ese tiempo, el Frente 14 de esa guerrilla desarrolló una relación con las comunidades, así como una estrategia de guerra clara y una amplia experiencia en el negocio de la coca.

También hizo presencia, entre otras estructuras armadas, el Frente 7 y la Columna Teófilo Forero, una unidad especialmente sanguinaria de las Farc que estuvo al mando de Hernán Darío Velásquez, más conocido como El Paisa, quien actualmente también está en disidencia.

En esa zona tuvieron mando emblemáticos líderes de las Farc, entre ellos ‘Iván Márquez’, quien fue jefe negociador en La Habana y luego se declaró en disidencia del proceso de paz.

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“El conflicto ha sido duro”, cuenta Floresmiro Ospina, quien vive con su familia en la vereda Berlín, a varias horas del casco urbano de Milán por una carretera destapada. El agricultor cuenta que, por causa de la guerra, ha tenido que desplazarse y vivir en diferentes partes del Caquetá, por lo que conoció el conflicto desde distintos lugares.

“Cuando existían las Farc uno estaba enseñado a convivir con esa organización y sabía que tenía que ceñirse a los reglamentos de ellos, porque el que tiene las armas manda”, dice Floresmiro. “Luego llegó otra organización llamada Autodefensas Unidas de Colombia. Ahí sí se formó el miedo y la zozobra. Eso fue a principios de los 2000 (…) Yo estuve metido en medio de las balas. Yo era motorista en el río Guayas y de un lado estaba el Ejército y del otro las Farc, y uno en la mitad. Escuchaba las balas pasar por encima mío. También vi cómo los aviones le ‘boliaban’ bomba a la montaña como si la hubieran mandado a derribar”, recuerda.

Cuando el proceso de paz, que inició oficialmente en 2012, empezó a dar resultados, el Caquetá vivió un pronunciado desescalamiento de la violencia, pero luego quedó claro que una facción de la guerrilla no estaba dispuesta a dejar las armas.

Tras la firma del Acuerdo de Paz, en noviembre de 2016, el gobierno colombiano empezó el desminado humanitario a gran escala y el presidente Iván Duque declaró que una de sus prioridades sería poner en marcha los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (Pdet) en zonas históricamente olvidadas por el Estado.

Pero la solución al tráfico de drogas no ha llegado con la misma rapidez y ese continuó siendo un motor para los grupos armados ilegales, que a su vez tomaron el control de las zonas que consideraban estratégicas para sus intereses.

La situación actual

En Colombia, decir que el Estado no llegó a los territorios que dejaron las Farc ya parece una frase de cajón, pero esa es la realidad que se ve cuando se visitan estos territorios. En Milán, por ejemplo, se puede observar una fuerte presencia militar y policial tanto en los municipios como en los cascos urbanos de sus corregimientos, pero pocas instituciones gubernamentales prestan otros servicios a la ciudadanía, más allá de la seguridad armada.

En las zonas rurales, apartadas por décadas de retraso en infraestructura, no se ve ni fuerza pública ni otras instituciones.

“El gobierno nos tiene a nosotros muy olvidados”, dice Floresmiro. “Lo que nos pasa es que llevamos una carga de yuca a Florencia y allá el revendedor nos pone el precio a nosotros, y nosotros no podemos decidir cuánto cuesta lo que producimos con el sudor de nuestra fuente. Por eso vivimos mal”, añade.

Él tiene una pequeña finca que aprendió a dividir en zonas para el cacao, la yuca, la caña de azúcar, el plátano, los potreros para las vacas y las minas antipersonales que instalaron las Farc, ya que por años no pudo utilizar una parte de su terreno por temor a que estuviera minada. 

Ahora que APN terminó el desminado de su vereda, Floresmiro espera que también se puedan desarrollar otras iniciativas para mejorar su calidad de vida.

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La falta de desarrollo agrícola y de soluciones al problema de los cultivos de coca está estrechamente ligada al crecimiento de las disidencias, ya que la falta de oportunidades impulsa a los jóvenes a unirse a grupos armados ilegales o emplearse como “raspachines”, dicen los habitantes de la zona.

“Aquí no hay fuentes de trabajo”, dice Jorge Enrique Murcia, rector de la Institución Educativa Ángel Ricardo Acosta, en la inspección de San Jorge, a una hora del casco urbano de Milán por lancha. “Las fincas en su gran mayoría son de hacendados que contratan a una persona por poco tiempo”, añade.

El educador recuerda cómo era la dinámica de poder en la inspección cuando las Farc eran fuertes en el territorio, y opina que las disidencias van a ser un problema grande para Colombia, y específicamente para Caquetá. "Considero que ahora va a ser más complejo porque antes al menos tenían un orden de mando y si había un comandante que causara muchas dificultades, había quien lo podía frenar un poco dentro de la misma guerrilla. Ahora cada uno maneja su territorio”, dice Murcia.

La Fundación Ideas para la Paz (FIP) encontró que en la región hay disidencias de frentes de las Farc que antes no tenían influencia sobre la región, pero llegaron luego de que la antigua guerrilla dejara la zona.

Andrés Cajiao, investigador principal del área de Dinámicas del conflicto y negociaciones de paz de la FIP, ha viajado al departamento a investigar los movimientos de las disidencias y encontró que el Frente 7 es la organización armada más grande que hay en la zona, pero actúa en “coordinación y comunicación” con otros antiguos frentes.

Disidencias del Frente 40, comandado por alias Calarcá, tuvieron en los últimos meses un proceso de expansión importante hasta llegar desde el sur del Meta al Caquetá. El Frente 7 está entre el sur del Meta, el centro y centro-occidente del departamento Caquetá. Ahí también el Frente 1 tiene una pequeña presencia en la frontera entre Caquetá y el Putumayo. El Frente 62, a pesar de la muerte de su líder ´alias Cadete´, afecta la zona del municipio de Cartagena del Chairá, y las disidencias de la Teófilo Forero estarían hacia San Vicente del Caguán.

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Según el investigador, algunos de estos grupos estarían actuando de forma similar a las antiguas Farc, uniendo la lucha armada con un fuerte componente ideológico de izquierda y hasta implementando los manuales de conducta de la otrora guerrilla, pero no tienen un mando unificado.

Ante todo este escenario, el problema de las minas está latente. “Cuando son estructuras que no tienen la capacidad armada para enfrentar a la fuerza pública usan las minas para proteger cultivos de coca y zonas de retaguardia estratégica. Es un tema preocupante”, dice el investigador. 

A pesar de la tensión que se está viviendo en diferentes zonas de Caquetá, los habitantes de Milán siguen soñando en grande. “¿Qué sueño yo para mi comunidad?”, pregunta Floresmiro mientras toma una bocanada de aire como para iniciar una larga lista. “Inversión social por parte del gobierno. Necesitamos infraestructura tanto en vías como en energía. Con eso ya podríamos plantar muchos cultivos que beneficien a la comunidad. Y que el gobierno nos ponga centros de acopio para nuestros productos. Eso se llama paz”, concluye.

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