María Camila Cardona / 15 Dec 2018 - 4:21 p. m.

Querida Helena

Un grupo de chicos se reunieron para escribir cartas. Cartas de gratitud, de amor y de confianza a esas escritoras que, de algún modo, se quedaron en sus palabras. A Helena Araújo.

María Camila Cardona

Querida Helena
helena Araújo / Ilustración: Valentina Buriticá y Mateo Montoya
helena Araújo / Ilustración: Valentina Buriticá y Mateo Montoya

Medellín, diciembre de 2018 

Los planes de irme a Suiza siguen en pie. No será tan pronto, no. Usted sabe lo mucho que me cuesta moverme. Ya quisiera yo tener su agilidad, su rebeldía. Será el año próximo, espero. Lo que sí es seguro es que mi destino es Lausana. 

Después de leer su carta quedé entusiasmada. El retrato de la ciudad es encantador. Ah, y el pasaje con el que empieza la entrevista a Han Suyin me acerca todavía más a la que llama su ‘ciudad de asilo’: “Lausana en noviembre: la luz se hace más opaca, las últimas hojas tiemblan en árboles esqueléticos. Luego se vuelan y se convierten en eso húmedo y cirroso que apenas se siente al caminar. Pisadas rápidas: son las seis de la tarde y la gente anda a prisa porque llovizna”. Quiero hacer mías esas prisas sin prisa y esas lluviosas seis de la tarde. Por cierto, gracias por compartir la entrevista.

Mis motivaciones podrán parecer nimias al lado de las que usted tuvo para autoexiliarse hace más de cuatro décadas. Sin embargo, mi deseo de partir es tan intenso como su decisión de permanecer fuera de Colombia el resto de su vida. Leyéndola, me he percatado de que no tengo razones prácticas de peso. Las suyas: un divorcio inequitativo, un juicio “pesadillesco” en los tribunales eclesiales y la persecución que emprendió contra usted toda su “clase” –incluyendo la censura, claro-, me hacen consciente de ello. No logro imaginarla encerrada en un sanatorio, tildada de enferma por haberse enamorado de otro hombre. Tiene razón cuando menciona que estuvieron a un paso de recetarle un tratamiento para la “locura de escribir”, como en el famoso relato de Charlotte Hillman Perkins. Y mire qué curioso, a pesar de todas las distancias prácticas, mis razones fundamentales son las mismas suyas, pues, igual que en su caso, estar lejos implica la elaboración de mi libertad como mujer. Lo de la escritura vendrá después, espero. 

 Me pregunto si, al momento de partir, usted ya se sentía escritora. Seguramente, dirá que no apelando a su ejercicio intermitente o por esa modestia que la hace sentir “un ser en proyecto de realización” a estas alturas. Bien me ha hecho ver que sus “escasas” publicaciones resultaban de arañar un tiempo acaparado por la maternidad, el analista y la eterna lista bautizos, entierros y bodas de la alta sociedad bogotana. Como tanto ha dicho, la condición del escritor es la del exilio.  Pero yo me atrevería a decir que sí, usted ha escrito con juicio desde niña. Recuerdo que alguna vez escuché, de boca de su hermana Emma, que escribió sus primeras piezas de teatro a los catorce años, mientras vivían en Brasil, y a los quince ya había terminado un volumen de poesía. Así que Eco, Semana, Quimera y las demás son solo un estadio intermedio, una continuación de lo que, ya desde niña, era su vocación. 

Pues bien, mi búsqueda es otra porque yo no soy una escritora. Usted, Helena, se fue para crear con libertad. ¡Y qué bueno que lo hizo! ¡Cuántos artículos, reseñas, cuentos, novelas suyos se han gestado en suelo suizo! Creo que estará de acuerdo en que su prolífica producción se debe en parte al ambiente amable para la cultura y la creación que encontró allí. Si tomamos las palabras de Virginia Woolf, podríamos decir que Suiza y Lausana son su habitación propia. Yo, en cambio, me voy para descubrir si tengo algo qué decir. Antes de embarcarme en la búsqueda de mi lenguaje –de mi expresión femenina-, como usted lo hizo de la mano de Cixous y la misma Woolf, yo deberé emprender un viaje espiritual que, siento, solo será posible si coincide con el desplazamiento físico. Voy en búsqueda de esa tierra prometida que, como dijo Carpentier, cada persona lleva dentro de sí misma. 

Así que espero poder ir. Usted y su obra son un pretexto. Su pregunta por la mujer y la escritura me convocan porque, como pocos temas, este me habla íntimamente. Espero verla en Lausana. En los cafés y en las librerías. En el archivo y la universidad. Espero seguirla en sus correrías tras la obra de escritoras latinoamericanas. Espero encontrarla una tarde lluviosa, después de andar sin prisa sobre las hojas que caen de los árboles esqueléticos bajo el opaco cielo de noviembre, pasadas las seis de la tarde.

Con afecto y admiración,

Camila

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