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Buscar a Pogacar en la tierra de los escarabajos

Este domingo, la Vuelta a Colombia llega y finaliza en Bogotá. 75 años después de la gesta del “Zipa” Forero, la carrera ciclística más importante del país se mantiene vigente. No obstante, el pelotón nacional cada vez se ve más lejano de la élite y de los llamados “superatletas” que dominan el panorama. ¿Qué hay detrás de la gran brecha que hoy nos aleja de los mejores del ciclismo mundial?

Fernando Camilo Garzón

10 de agosto de 2025 - 05:17 p. m.
El pelotón de la Vuelta a Colombia subiendo al Alto del Vino.
Foto: Federaci
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El sol picante del medio día, la aglomeración inesperada de personas y la etapa que se había alargado hasta seis horas, convirtieron a la espera por los ciclistas en un martirio. Cerca de 100.000 aficionados se agolparon entre los corredores de Soacha y Muzú, esperando ese día, un 17 de enero —pero de 1951—, el arribo de la última etapa de la primera Vuelta a Colombia. Así está reseñado en las páginas de la edición nacional de El Espectador de ese día, hace 75 años, que contaron la gesta de Efraín “El Zipa” Forero como la consagración del “primer ídolo del ciclismo colombiano”. Un corredor “indomable” que dejó regados, desde antes del ascenso a Mesitas del Colegio, a la treintena de pedalistas que seguían su rueda: “el muchacho desarrolló tan increíble velocidad, que todos sus rivales se quedaron rezagados cinco y hasta seis kilómetros. Ya sobre los tramos finales de la etapa, en terreno plano, muy cerca de Muzú, Forero comandaba la etapa con más de cinco minutos de diferencia”.

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A las 12:04 de la tarde, luego de superar un exigente ascenso y bajar raudo desde del Salto del Tequendama, el Zipa cruzó la meta en Bogotá ante la completa algarabia de los aficionados. La situación se descontroló de tal manera, cuando el público se volcó efusivamente a celebrar la hazaña del campeón, que la policía tuvo que intervenir para que los otros corredores pudieran terminar la etapa: “Una inmensa muchedumbre rodeó a Forero, aclámandolo, mientras la policía despejaba la meta para esperar a los demás corredores. Cinco minutos después, a las 12:09 p. m., cruzó la meta en Muzú Roberto Cano Ramírez, ‘el sastre de Envigado’, quien como en el caso de Forero, al adjudicarse el segundo puesto en la etapa de hoy, quedó de segundo en la clasificación general”.

Desde entonces, de forma ininterrumpida, la Vuelta a Colombia nunca paró. Casi ocho décadas después, de hecho, volverá a llegar este domingo a Bogotá. Las cosas, no obstante, han cambiado. Después del Zipa, vino la leyenda del francés José Beyaert, quién ganó la segunda edición de la carrera más importante del país; después, vendrían los legendarios Ramón Hoyos y Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, ganadores de cinco y cuatro títulos respectivamente. Rafael Antonio Niño, el más veces campeón (seis), ganó su primera carrera en 1970, la década que precedió la irrupción de Luis Herrera y Fabio Parra. Con ellos, Colombia saltó al plano internacional y los grandes héroes del ahora, como lo fue el Zipa aquella tarde en Muzú cuando todo comenzaba —Nairo Quintana o Egan Bernal, entre otros—, empezaron a triunfar en las grandes vueltas del ciclismo, en el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España.

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El ciclismo colombiano, desde la década de los 80, tomó otro carácter, más global. “Los escarabajos” empezaron a medirse con los mejores del mundo hasta que, entrada la década del 2010, empezaron a estar entre los mejores. La Vuelta a Colombia pasó a un segundo plano al paso que llegaron los triunfos de Quintana, quien se midió a Chris Froome en incontables batallas en el Tour de Francia y, en 2016, le ganó una Vuelta a España. El boyacense fue campeón del Giro también y el gran predecesor del triunfo más importante de nuestro ciclismo, el Tour de Francia que Egan Bernal ganó en 2019.

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Egan Bernal, campeón del Tour de Francia en 2019.
Foto: Getty Images - Tim de Waele

Cuando el de Zipaquirá irrumpió en el panorama, Colombia creyó que tendría un ciclista para dominar una época. Nadie esperaba la llegada de Tadej Pogacar en 2020. El fenómeno esloveno apagó la chispa de un ciclismo que aspiraba a estar entre los mejores del mundo y mostró una realidad que hoy en día es más evidente: la creciente brecha entre nuestro ciclismo y el de la élite. La tarea cada vez más titánica de encontrar “un Pogacar” en la tierra de los escarabajos.

¿Por qué estamos tan lejos?

La distancia entre los dos mundos cada vez es más abismal. El nivel de Pogacar, un fenómeno que marca época, es evidente. Lo que preocupa para nuestro ciclismo es que esa brecha no solo es con él: es con todo el sistema que lo hace posible. Hoy, por ejemplo, la mayoría de los equipos de la élite del ciclismo están encabezando la vanguardia deportiva en modelos de entrenamiento basados en inteligencias artificiales y tecnologías capaces de analizar millones de datos. La preparación de los atletas es multidimensional, enfocada en varias disciplinas y estudiada hasta el más mínimo detalle.

Colombia está rezagada en esos procesos. La brecha, entre un mundo y el otro, aumentó por la formación de talentos en nuestro territorio. Así se lo explicó a este diario Santiago Botero: “Nuestros dirigentes siguen anclados en los 90. Hay que estudiar, capacitarse donde están los procesos que hacen posible a corredores como Pogacar. Aquí seguimos entrenando como si nada hubiera cambiado”.

Hoy, como lo explica Jeroen Swart, ingeniero del UAE, los cuerpos de los ciclistas se han convertido en laboratorios. Lejos estamos de la rudimentaria preparación de corredores como el Zipa Forero. El ciclismo avanza con una velocidad tecnológica que asombra. Todo se mide, no solo piernas; la cabeza, software, biomecánica, aerodinámica, alimentación calibrada y simulación virtual.

JJ Osorio, comentarista y voz autorizada de Caracol Sports, encuentra la distancia en la transición entre continentes: “Tenemos nivel, pero la transición a Europa es brutal. Mientras en Eslovenia, Italia o Francia los jóvenes ya están en el sistema, los nuestros llegan tarde, mal preparados o simplemente no aguantan la adaptación. El World Tour no espera a nadie”.

Hace poco, Diego Pescador, corredor de 20 años que brillaba en las más reconocidas carreras del calendario nacional, llegó al Movistar Team. Sin embargo, en su primera temporada en el World Tour el quindiano apenas ha tenido figuración en el cuadro español. Germán Darío Gómez, gran dominador de las carreras jóvenes del país en los últimos años, no ha podido brillar en la escuadra italiana Team Polti VisitMalta. Los talentos jóvenes que saltan a Europa sufren la adaptación de un ciclismo que cada vez está más adelante. Los ciclistas colombianos en la actualidad, Santiago Buitrago y Einer Rubio, tardaron varios años para empezar a figurar.

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Colombia tiene talento, pero no infraestructura. Tiene corredores, pero no el ecosistema. ¿Qué ciclista tenemos para el futuro? Es la pregunta que hace Víctor Hugo Peña, primer colombiano en vestir el maillot amarillo del Tour. “Ahí es donde hay que poner la mano en la herida. Hoy en día tenemos corredores experimentados y ganadores, que acumulan experiencias. Pero, ¿quién está nuevo? ¿Cuál es el corredor colombiano que apareció en las últimas grandes? ¿Qué corredor tenemos peleando la camiseta de joven en las grandes vueltas?”.

Y alerta: “Hay una cantidad de corredores en Colombia esperando a que venga alguien de Europa y se los lleve. Ahí viene la preocupación: necesitamos equipos colombianos que compitan en las principales carreras en Europa. Acá hay muchísimo talento, pero se necesita ir a correr y estar allá. La oportunidad no puede ser solo para el que tenga la suerte de que lo vean, porque puede ser que haya uno que sea el más duro este año, pero seguramente habrá muchos corredores que tal vez se demoren muchos años más para madurar”.

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La actualidad del ciclismo mundial, sin embargo, pasa por una anomalía. Así lo define Botero: “Lo de Pogacar no es normal. Ya no hablamos de ciclistas, sino de superatletas. Son cuerpos diseñados para lo imposible. Y mentes que no le temen al dolor”. La élite mundial los encuentra, los moldea y los lanza al circuito con 20 años. En Colombia, el talento muchas veces no logra ni cruzar el océano.

La pregunta final no es si tendremos un Pogacar colombiano. Eso no se fabrica. Lo que está en juego es si tendremos siquiera la posibilidad de competir. Los años pasan, los podios se alejan y el romanticismo de los escarabajos empieza a parecer nostalgico. “El ciclismo cambió”, dice Botero. “Y nosotros, si no hacemos nada, nos vamos a quedar viéndolo por televisión”.

Hace 75 años por primera vez La Vuelta a Colombia llegó a Bogotá. Esa tarde en Muzú marcó el nacimiento de una historia. Hoy ya pasó mucha agua por debajo del puente, y nuestro ciclismo cada vez se ve más lejos de las grandes gestas que asombraron al mundo.

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