Lleva cuatro goles como profesional

Luis Díaz, el wayuu del Júnior de Barranquilla

Jugó la Copa América de Pueblos Indígenas con Colombia, llegó al Barranquilla F. C. y ahora es una de las promesas del equipo de Julio Comesaña.

Luis Díaz abrió el camino de la victoria del Júnior ante Cerro Porteño, con la que avanzó en la Copa Sudamericana. / AFP

Algunas veces escucha vallenatos de Silvestre Dangond, otras los del difunto Martín Elías. Y cuando el ambiente se torna más sentimental, más melancólico, aparece Diomedes Díaz, el cantante que lleva su mismo apellido, el hombre que con sus letras lo hace apartarse del tiempo. Luis Díaz no pierde su tradición guajira, las costumbres arraigadas en Barrancas, un municipio a 103 kilómetros de Riohacha, donde la música ameniza las tardes de calor y cerveza, los momentos de charlas y anécdotas. Tampoco olvida las raíces de los ancestros, de los wayuus, una comunidad que ha decrecido a medida que aumenta el emporio del Cerrejón, una de las minas más grandes de Colombia, ubicada en el nacimiento del río Ranchería. “Mucha humildad, poco apoyo. Ese es mi pueblo, un lugar en el que la gente te da sin importar que no tenga nada”.

Allí aprendió a jugar fútbol en la escuela de su padre, a escaparse del colegio para irse con sus amigos a los riachuelos y apurar el tiempo en días en los que el calor detenía el reloj. A ver pasar los vagones rebosados de carbón y a escuchar las ruedas rechinar contra rieles corroídos por el clima. Por su mamá terminó el bachillerato, para que lo dejara jugar con la pelota, para ser él mismo. Su talento lo llevó a encabezar un equipo de su comunidad que viajó a Bogotá para la preselección de Colombia de pueblos indígenas. Cuando John el Pocillo Díaz lo vio, se asombró con la manera en la que protegía el balón, pues su humanidad, casi diáfana, daba una sensación de fragilidad. “Jugaba con la cabeza levantada y era clarito con los pases. Me dejé llevar por las apariencias y luego me sorprendió”.

Su capacidad para entender el juego, su picardía para romper esquemas y el riesgo de quien no le teme a nada, le hicieron ganarse un cupo en la selección. Viajó a Chile a la Copa Americana de Pueblos Indígenas, jugó todos los partidos con Colombia, anotó dos goles y portó el brazalete de capitán en un par de encuentros. “Cuando ponía la música en la concentración dejaba de ser introvertido. Tanto, que una vez me tocó subir a las 11 de la noche al cuarto porque tenían una guachafita con otros compañeros y no dejaban dormir”, rememora Díaz.

Carlos el Pibe Valderrama, que acompañó a ese equipo al torneo continental, también quedó impactado con sus cualidades. “Eche, yo voy a recomendarlo al Júnior”. Así llegó al Barranquilla F. C., filial del cuadro barranquillero, como el wayuu que había descrestado en la selección con una osadía poco frecuente. “Era muy flaco. No puedo decir que estaba desnutrido, pero sí que tenía falencias en la alimentación”, apunta Percy Cardona, preparador físico del equipo y quien trabajaba con el entrenador Arturo Reyes. Su contextura era el reflejo de una región olvidada por su propio gobierno, la huella de la vida que había padecido. “Lo llevamos a uno de los hogares sustitutos que manejamos, le aumentamos la cantidad de proteína (de 150 a 250 gramos) y el tipo de vegetales. Además empezamos a darle unos suplementos multivitamínicos para aumentar su masa muscular”.

Marcó su primer gol el 14 de mayo de 2016 en un partido frente a Cúcuta en el Metropolitano. Fue de cabeza, adelantándose al marcador central e impactando de lleno la pelota, con toda la frente, con los ojos bien abiertos antes del golpe. “Se escuchó un rugido enorme y eso que en las tribunas no había más de 200 personas”, dice Cardona. Las conclusiones racionales llevaron a que este año fuera llamado por Julio Comesaña para integrar la nómina profesional de Júnior. “En mi pueblo me reciben como si lo hubiera ganado todo, y eso que apenas estoy comenzando”, dice, de manera pausada, como si pensara cada palabra antes de expulsarla, como si el tono fuera de un cuento. Aunque no domina el dialecto wayuu, reconoce las palabras, pues sus oídos están familiarizados con una lengua que es muy suya, de sus antepasados, de sus tíos, de su gente. “Es bastante complicado. Para poderlo hablar con fluidez hay que practicar mucho”.

Hoy en día vive soñando para nunca despertar. Anotó el primer tanto en el triunfo del cuadro tiburón 3-1 sobre Cerro Porteño de Paraguay, encuentro en el que también fue expulsado. Compartió cuarto nada menos que con Teófilo Gutiérrez. Muchas emociones en tan pocas horas para un joven de 20 años que se sigue descrestando con los nuevos juegos de Play Station, que disfruta saliendo a comer helado con la novia y que espera, como todo futbolista colombiano, llegar a jugar en Europa. “Tengo que ponerme a aprender inglés, porque uno nunca sabe”.