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A veces la vida se parece a escalar una montaña. Uno planea, avanza, tropieza, se levanta y vuelve a caer entre el barro y las piedras. A veces la cima parece a unos pasos, hasta que una tormenta obliga a detenerse. Pero incluso en esa pausa hay algo que vale. Epopeya nació de esa certeza: que no todo es llegar, ser el mejor o el más rápido, sino comprender lo que ocurre mientras se sube y con quién se sube.
Hace 25 años, cuando Colombia necesitaba una buena noticia en medio de tanta violencia, Marcelo Arbeláez y Juan Pablo Ruiz decidieron escalar la montaña más alta del mundo: el Everest. En 2001 alcanzaron la cumbre, pero un año antes ya habían fundado Epopeya, una idea nacida en la montaña y concebida para transformar personas, equipos y organizaciones. Desde entonces, su filosofía se mantiene intacta: aprender del camino y del proceso y no solo de la cima.
Este proyecto se convirtió en algo más que una hazaña deportiva: en una forma de enseñar que lo que se aprende en la montaña también sirve para vivir mejor, trabajar mejor y liderar mejor.
“La montaña, desde la primera vez que fui al Nevado del Tolima, fue un espejo de quién soy. Ahí uno no puede aparentar. Somos lo que somos. Entendí que para lograr cualquier meta necesito de otros, que el propósito no es solo alcanzar una cima, sino influir en los demás con lo que aprendemos al hacerlo”, dijo Arbeláez.
Una buena noticia
Marcelo empezó a escalar a los dieciséis años. No buscaba fama ni récords, sino encontrarse. “Yo nunca me había destacado en nada. En mi familia era el que no cumplía con las expectativas, sobre todo las de mi papá. La montaña fue una forma de tener un referente distinto”, recordó el montañista bogotano de 67 años.
Junto a Juan Pablo levantó la bandera de Colombia en las cumbres más altas del planeta: Everest en Nepal y el Tíbet (Asia), Aconcagua en Argentina (América del Sur), Denali en Estados Unidos (Norteamérica), Kilimanjaro en Tanzania (África), Elbrus en Rusia (Europa), Vinson en la Antártida y Carstensz en Indonesia (Oceanía). Siete montañas, 43.320 metros y una sola intención: demostrar que los límites existen para ser superados.
El legado de una amistad
En 2023, Juan Pablo Ruiz falleció tras una larga lucha contra el cáncer. Su partida dejó un vacío, pero también una luz. “Con Juan Pablo siempre fuimos muy diferentes”, dijo Arbeláez. “Pero cuando una amistad se basa en la confianza, la empatía y la lealtad, esas diferencias no importan. Desde que se fue, he aprendido a ver qué fue lo que me dejó, no lo que me quitó. A mirarme desde sus ojos, a entender lo que él veía en mí como amigo”.
Esa mirada está en el corazón de Epopeya, una comunidad que en 25 años ha acompañado a más de 350.000 personas, 5.000 equipos y cerca de 500 organizaciones en 11 países. No para enseñarles a escalar, sino para recordarles que cada reto, cada caída, cada paso incierto también es una oportunidad de transformarse.
“En la vida las dificultades son más comunes que las facilidades. Y es desde esas dificultades que uno enaltece sus capacidades y sus relaciones. Todos empezamos de cero, y desde ese cero podemos construir lo imposible. Epopeya no busca exaltar las montañas, sino la capacidad humana”, reflexionó Marcelo.
El deporte con propósito
En los 65 años del Deportista del Año de El Espectador, Epopeya fue homenajeado por esa historia que unió deporte, por el propósito del proyecto. “Este premio es una manifestación de lo que significa el deporte con propósito en Colombia. El montañismo nos enseñó que los logros solo tienen sentido cuando transforman vidas. Y en el caso de Francisco García, eso ha sido literal: dar vida cuando ya no la tenemos”, dice Marcelo.
Francisco, uno de los integrantes de la Expedición Andina: un reto por la vida, fue otro de los protagonistas de la tarde. En 2024 recibió un trasplante de riñón, y un año después estuvo a 100 metros de conquistar el Aconcagua, la montaña más alta de América. Por ese gesto de fe y persistencia, recibió el Premio Guillermo Cano al Juego Limpio, justo en el año en que don Guillermo habría cumplido cien años.
“Esto es un paso más hacia esa cumbre que es lograr que la sociedad colombiana se informe y tome la decisión de donar en vida. Así, muchas personas en lista de espera podrían tener una segunda oportunidad”, contó Francisco.
Marcelo lo resume con la misma sencillez con la que habla del frío en la montaña: “Nada se logra solo. Francisco tuvo un primer aliado: la persona que le donó el órgano y cuya familia tomó la decisión de hacerlo. Nosotros solo hemos acompañado ese propósito. Hoy Francisco es el ejemplo de lo que significa recibir vida y devolverla multiplicada”.
En 2026, Francisco iniciará una nueva preparación que lo llevará por los Andes de Perú y Ecuador para cerrar, en 2027, los 100 metros que le faltaron en el Aconcagua. Y cada paso será también un mensaje: que escalar puede ser, literalmente, una manera de seguir viviendo.
Nuevas cumbres
Mientras tanto, Epopeya acompaña a Ana María Giraldo y Ana Isabel Bustamante, montañistas colombianas que se convirtieron esta semana en el primer equipo femenino del país en conquistar las Siete Cumbres. “Ese logro demuestra que las cosas grandes requieren determinación, propósito y equipo. Muchos nos unimos a su sueño, acompañándolas y dándoles fuerza”, mencionó Marcelo.
Y las montañas no terminan ahí. Arbeláez se prepara para volver al Himalaya en 2026 y al Everest en 2027 con Juan Serrano, empresario bogotano que, sin experiencia previa, busca cumplir el reto De Cero al Everest, un proyecto que simboliza lo que Epopeya siempre ha enseñado: que cualquier persona puede llegar alto si entiende por qué quiere hacerlo.
“Un legado no se transmite con palabras, sino con hechos. Y durante 25 años, los hechos de Epopeya han demostrado qué juntos podemos lograr lo que nos proponemos”, aseguró Arbeláez.
Un propósito común
Desde su centro en la Reserva Natural La Cumbre, en Suesca, entre rocas, neblina y bosque, Epopeya continúa enseñando que el liderazgo no se impone: se comparte.
“Mientras no tengamos un propósito común como colombianos, será difícil llegar a acuerdos”, dijo Marcelo. “Necesitamos un propósito de país, algo que nos una en lugar de separarnos. Ese es nuestro verdadero Everest”.
25 años después, Epopeya sigue siendo eso: una expedición de vida. Una metáfora de un país que, pese a las tormentas, sigue intentando subir. Una inspiración para quienes llevamos un dolor atravesado en el pecho.
Y su mensaje, como el aire de la montaña, sigue siendo claro y sereno: que la esperanza también se escala, paso a paso, con propósito, con los demás y sin dejar de mirar el horizonte, sea cual sea el huracán que venga.
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