Los últimos años han sido históricos para el voleibol femenino colombiano. La última década marcó el salto de una selección sin tradición mundialista a un equipo competitivo en la élite regional y con presencia global. En este periodo llegaron los tres subcampeonatos consecutivos en el Sudamericano (2017, 2019 y 2021), la primera plata en Juegos Panamericanos (Lima 2019) y las meritorias clasificaciones a los Campeonatos Mundiales de 2022 y 2025, las primeras de la historia. A esto se sumaron los logros en la Copa Panamericana, con el bronce en 2019 y la plata en 2022, además del oro en los Juegos Bolivarianos de 2022. Estos resultados consolidaron a Colombia como la segunda potencia de Sudamérica, detrás de Brasil, y abrieron un camino inédito de competitividad internacional que parecía imposible hasta hace apenas una década.
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Actualmente, en Tailandia la selección se mide con las grandes potencias del mundo y aunque la clasificación a una siguiente ronda se antoja muy difícil, el solo hecho de estar en una instancia de esta magnitud es gigante para el voley del país. “Un Mundial es algo gigantesco. Este grupo ha logrado llegar dos veces hasta acá y tiene ganas de competir y representar al país de la mejor manera posible”, le dijo a El Espectador María Alejandra Marín, capitana del equipo.
La historia de este logro, no obstante, no se entiende sin las carencias estructurales. La precarización, la falta de procesos duraderos y el desinterés institucional son factores comunes. Sin embargo, la selección supo abrirse espacio y construir un camino que hoy se convierte en símbolo de resistencia. La presencia en el torneo más importante no es casualidad: es la consecuencia de un proceso complejo, de entrenadoras y jugadoras que nunca aceptaron el papel secundario que les quisieron imponer.
El precario panorama del deporte femenino en Colombia
Recientemente, mucho se habló de la selección femenina de fútbol y su subcampeonato contra Brasil en la Copa América. El torneo realizado por las futbolistas fue notable, aun a pesar de las condiciones precarias del fútbol femenino en el país. La falta de inversión, la intermitencia de la liga local, los pocos meses de competencia y las dificultades de patrocinio acompañaron su panorama. Sin embargo, lograron convertirse en protagonistas de un torneo continental, demostrando la vigencia de un proceso que se ha sobrepuesto a todos los obstáculos.
No obstante, en medio de las carencias, el fútbol femenino en Colombia goza de garantías que otros deportes no tienen. Sin ir más lejos, el baloncesto. Actualmente, en Nicaragua, la selección masculina disputa, con bajas aspiraciones, la Americup de la FIBA. A este torneo, al que el combinado nacional llegó mermado en nombres, el entrenador Tomás Díaz llevó lo mejor de la Liga Local, un torneo que apenas duró dos meses y tuvo solo siete equipos en el primer semestre de 2025. La falta de presupuesto y los demás problemas estructurales del deporte en el país llevaron a esta situación, con un torneo más corto que el del fútbol femenino y con la mitad de equipos participando.
Si esto pasa entre los varones del básquet, la situación de las mujeres es todavía más paupérrima. En Colombia, no existe el básquet profesional de mujeres. Hace unas semanas, en Chile, la selección femenina de baloncesto logró un histórico quinto puesto en la Americup. “No contamos con apoyo, pero así y todo somos responsables porque nos mantenemos físicamente, nosotras mismas pagamos nuestros preparadores físicos porque realmente amamos jugar, amamos representar a Colombia”, dijo Jeniffer Muñoz, capitana del equipo, al final del torneo disputado en Chile.
Ese panorama es el mismo de otros deportes de conjunto. Por ejemplo, el rugby, otra de las disciplinas femeninas en las que Colombia ha logrado repercusión internacional con clasificaciones a torneos mundiales y podios en torneos regionales. Las Tucanes, no obstante, se sostienen sin la estructura de una liga local. Es fuerte la competencia regional, sobre todo en Valle, Antioquia y Bogotá, pero más adelante la mayoría de las jugadoras no pueden vivir de su deporte.
En el voley, pasa igual. Entre los hombres, está la Superliga de voleibol, que dura apenas unas semanas, pero entre las mujeres no existe ninguna competencia oficial. La estructura competitiva es nula y la mayoría de las jugadoras se ganan la vida participando en competencias internacionales, incluso dentro de Latinoamérica. Algunas, como la capitana Marín, han logrado competir en ligas de países como Francia, pero la realidad para la gran mayoría sigue siendo la improvisación. La diferencia es notoria: mientras el fútbol femenino tiene, aunque sea intermitente, una liga profesional, el voleibol femenino sigue esperando esa base para consolidar su proceso.
“A pesar de todas las cosas que tenemos en contra, de la precarización, nosotros queremos ir a competir. El proceso para llegar al Mundial ha sido difícil, eso nadie lo niega. Queremos evidenciarlo. Pero, tampoco queremos sacar excusas, queremos ir a representar bien al país que es lo importante”, asegura Marín.
El complicado proceso del Mundial
El proceso del voley femenino no se entiende sin Antonio Rizola. El brasileño llevó al voleibol femenino de Colombia a un nivel superior y fue el gran responsable de consolidar a una extraordinaria camada de jugadoras en lo más alto. Rizola aportó conocimiento, experiencia y una metodología que hizo posible que la selección pasara de ser una participante más a convertirse en contendiente en torneos internacionales. Bajo su dirección, se construyó una identidad de juego, se potenciaron figuras y se generó confianza en que competir contra equipos de talla mundial era posible.
Sin embargo, la salida del entrenador en este proceso hacia el Mundial marcó también grandes diferencias. La Federación no pudo seguir costeando el salario del entrenador y tuvieron que partir caminos. Lo más grave es que la selección, aun sabiendo que tenía la gran cita mundial por delante, se quedó sin estratega durante meses. El vacío en el banquillo fue un golpe duro que impidió la preparación adecuada. Un plantel que debía aprovechar el impulso y planear con tiempo se encontró sin guía, repitiendo así un patrón habitual en el deporte colombiano: la improvisación.
Tras la salida de Antonio Rizola y del entrenador que vino después, Hernán Osorio, el equipo femenino nacional, a cuatro meses del Mundial, todavía no tenía estratega. “Fue una situación complicada, porque lo que pasa es que en Colombia la Federación tiene un convenio con la FIVB (Federación Internacional de Voleibol), que es la que paga el entrenador. En ese orden de ideas, se tenía que conseguir a un entrenador que esté notificado en la FIVB, es decir, que esté inscrito para que pueda ser contratado”, le explicó Marín a El Espectador.
Hace dos meses, a finales de junio, Guilherme Schmitz Vieira fue nombrado como seleccionador. Apenas dos meses de trabajo para enfrentar la cita más importante. La falta de tiempo ha sido evidente, con entrenamientos contrarreloj para ajustar sistemas, definir roles y encontrar cohesión. Algo similar ocurrió con selecciones juveniles, como la Sub-19 que disputó el Mundial de Uzbekistán a principios de agosto, también con un cuerpo técnico designado a última hora.
El panorama de la selección de voleibol refleja una contradicción permanente: se logran resultados históricos, se alcanza un Mundial, pero el proceso carece de la estabilidad necesaria para consolidar lo conseguido. Jugadoras con talento internacional, con roce en ligas extranjeras, se ven obligadas a trabajar en un contexto de precariedad federativa y falta de planificación. La selección no se rinde, pero la falta de estructura limita el verdadero potencial del grupo.
La conclusión es clara: el voleibol colombiano necesita una base sólida. Tanto en hombres como en mujeres, la profesionalización sigue siendo una deuda. La diferencia es que en el caso de las mujeres la urgencia es mayor, porque no hay ninguna competencia oficial local. La clasificación a un Mundial es motivo de orgullo, pero también un recordatorio de que sin una liga profesional y un sistema de formación sostenible, los logros seguirán dependiendo más del esfuerzo individual que de un verdadero proyecto de país.
Después de ese torneo, reflexiona Marín, todavía habrá cimas por alcanzar. Seguir luchando para que en el país algún día logre organizarse la liga profesional, y también llevar a la selección femenina a los Juegos Olímpicos: “Estuvimos muy cerca de Tokio, y para París fue más difícil, nuestro objetivo es lograrlo en Los Ángeles. Para ese entonces ya voy a estar en los últimos años de mi carrera y aspiro poder lograr ese sueño, que es el que falta”.
Lo mismo que ocurre con el voley pasa en otros deportes, en los que lograr clasificaciones a torneos mundiales o alcanzar podios internacionales se convierte en una hazaña que se sostiene más en el talento y la persistencia que en el apoyo institucional. El voleibol femenino, al igual que el fútbol, el básquet, el rugby o tantos otros, es testimonio de que el talento sobra, pero que sin estructuras sólidas, los triunfos seguirán siendo milagros en lugar de consecuencias de proyectos bien construidos.
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