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El primero en caminar hacia el octágono fue el retador. Lone’er Kavanagh avanzó entre luces frías y un murmullo que rápidamente se transformó en un abucheo cerrado, compacto, casi unánime. No era solo rechazo: era advertencia. La Arena México, templo de lucha y ritual, no perdona al visitante cuando la historia está escrita para uno de los suyos. El inglés lo supo desde el primer paso. Cada metro hacia la jaula fue acompañado por un ruido áspero, una desaprobación que no distinguía matices. Esa noche, el público vitoreó únicamente a los mexicanos. Ni siquiera los otros latinos se salvaron. Venezolanos, peruanos, bolivianos, ecuatorianos y colombianos también recibieron su ración de silbidos. Pero en la pelea estelar, el abucheo tenía sentido propio: Kavanagh se interponía entre Brandon Moreno y su territorio.
Moreno apareció después. Y cuando lo hizo, la Arena México se sacudió. El primer mexicano campeón mundial de la UFC volvía a pelear en casa, con el peso de la historia sobre los hombros y una pregunta incómoda flotando en el ambiente: ¿sus mejores días habían quedado atrás? Durante toda la semana, en los pasillos alfombrados del hotel Intercontinental Presidente, en Polanco, esa duda fue moneda corriente. Se habló de derrotas recientes, de un retiro breve, casi simbólico, de una pausa que muchos leyeron como señal de desgaste. “Ya no es el mismo”, se escuchaba. El campeón parecía caminar contra el tiempo.
Nothing like making the walk at home 🤩
— UFC (@ufc) March 1, 2026
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Del otro lado, el inglés era una incógnita. Joven, con proyección, con ambición declarada de cinturón. No era el rival original. Ese lugar estaba reservado para el kazajo Asu Almabayev, quien se bajó por lesión. Kavanagh llegó como reemplazo, pero no como relleno. Su trayectoria, silenciosa y ascendente, despertaba respeto en los que miran más allá del ruido. El duelo, así, se volvió doblemente incierto: Moreno contra el rival y contra la narrativa del ocaso; Kavanagh contra la historia, el público y un país entero empujando desde las gradas.
Pero antes de ese clímax, la noche ya había comenzado a escribir sus propias páginas.
La jornada arrancó temprano, a las cuatro de la tarde. La Arena México estaba a medio llenar, con gente todavía acomodándose, buscando asientos, reconociendo el espacio. El murmullo era disperso, como de feria que despierta de a poco. En ese contexto apareció Damian Pinas, de Surinam, imponente desde lo físico. Frente a él, el estadounidense Wes Schultz apenas pudo respirar. Pinas lo avasalló desde el primer segundo, le impuso cuerpo, fuerza, decisión. No hubo estrategia prolongada ni cálculo: fue una demostración brutal. El combate terminó en segundos. K.O. técnico.
Casi sin pausa, Francis Marshall —compatriota de Schultz— tomó el relevo y equilibró la balanza. Se impuso por sumisión ante el venezolano Erik Silva en una pelea tan dispareja como breve. Un solo asalto bastó para cerrar el capítulo. Dos combates, dos desenlaces rápidos. El público, todavía acomodándose, empezaba a entender que no había tiempo para distracciones.
Entonces llegó Regina Tarín. Y con ella, el primer gran estallido emocional de la noche.
Para dimensionar su victoria hay que retroceder un par de días. Tarín ni siquiera sabía que iba a competir en la UFC. Se preparaba para una pelea de muay thai, con otro calendario, otro ritmo, otra lógica. La argentina Sofía Montenegro —quien debía enfrentar a la lituana Ernesta Kareckaitė— se bajó por un problema médico a horas del combate. Ya estaba en México, ya había dado entrevistas, ya había hecho parte del relato. La UFC reaccionó con velocidad quirúrgica: ascendió a Tarín. En cuestión de horas tuvo que alistarse para el pesaje, cambiar el chip, asumir la pelea más importante de su vida. Y ganó.
Lo hizo por puntos, en una pelea cerrada, trabajada, tensa. Cada golpe levantaba a la Arena México. Cada intercambio era una declaración de carácter. Cuando sonó la decisión, el público explotó. Tarín tomó el micrófono en la jaula, con el rostro aún encendido, y lanzó una frase que resumió todo: “Estoy lista para entrar a la UFC. Si esto lo hice sin preparar la pelea, imagínense de lo que soy capaz”. La ovación fue total. Hubo dudas, sí. Algunos vieron ganadora a su rival. Se habló de localía, de relato, de épica. Pero en la Arena México, esa noche, la historia pesó tanto como los golpes.
Ese clima emocional fue la antesala de un momento especial para Colombia.
Douglas Silva de Andrade y Javier Reyes caminaron hacia la jaula con energías opuestas. El brasileño, veterano, curtido, con 40 años y toda la experiencia encima. El colombiano, debutante, liviano de espíritu, sonriente. Su entrada rompió el molde: salió bailando YMCA, de The Village People, junto a su equipo. La Arena se desconcertó primero y sonrió después. Horas más tarde, en la sala de prensa, Reyes lo explicaría con sencillez: “Quiero generar una imagen bonita, mostrar que soy alegre, que vengo a disfrutar esta experiencia”.
Sobre el octágono, sin embargo, no hubo disfrute inmediato. Silva salió decidido a imponer jerarquía. En el primer minuto conectó dos golpes directos al rostro del bogotano. Uno lo tumbó. La pelea pareció escaparse. Reyes quedó aturdido, vulnerable. El brasileño olió sangre. Pero el colombiano resistió. Aguantó. Esperó. Y cuando encontró su momento, fue letal. Un solo puño cambió todo. Silva cayó y no volvió a levantarse con claridad. Reyes fue insistente, preciso, contundente. El público —ya del lado del colombiano— le pedía al árbitro que detuviera el castigo. El juez lo hizo a segundos del final del primer round. K.O. técnico. Silva protestó, incrédulo. Ya era tarde.
Pura sabrosura! Victoria para Colombia 🇨🇴🇨🇴🇨🇴#UFCMéxico | En vivo por @PPlusDeportes pic.twitter.com/8tqM530lIp
— UFC Español (@UFCEspanol) February 28, 2026
“Este triunfo no es importante por mí. Yo ya cumplí el sueño. Esto sirve para demostrarles a otros colombianos que sí se puede”, le dijo Reyes a El Espectador. La Arena México, esa noche, también lo había adoptado.
La racha local continuó. Cristian Quiñónez venció a Kris Moutinho y mantuvo el pulso mexicano. Luego llegó uno de los duelos más esperados: Ailín Pérez contra Macy Chiasson. La argentina había sido la más verborrágica de la semana, la que más habló, la que más provocó. En la jaula respaldó cada palabra con una victoria trabajada, exigente, por decisión unánime. No fue fácil, pero fue firme.
Ryan Gandra, brasileño, cerró las preliminares con una paliza sobre el boliviano José Daniel Molina, único peleador que no dio el peso. En el octágono pagó caro. Fue vapuleado sin concesiones. Así terminó la antesala.
Venían las estelares. Seis peleas. Seis mexicanos en cartel. La Arena México ya no tenía huecos. Era una marea.
Santiago Luna abrió el segmento con una victoria sólida sobre Ángel Pacheco. Técnica, control, decisión unánime. Pero el combate que realmente electrizó el ambiente fue el de Imanol Rodríguez contra Kevin Borjas. El peruano arrastraba un recuerdo ingrato: su victoria polémica ante Ronaldo Rodríguez “Lazy Boy” en 2025. El público no olvidaba. Borjas empezó dominando, sometiendo, asfixiando. Imanol estuvo al borde de la derrota. Resistió. Alargó la pelea. En el segundo asalto, el fondo físico del peruano se vació. Un golpe seco lo mandó al piso. K.O. técnico. La Arena explotó.
WHAT A COMEBACK!!
— UFC on Paramount+ (@UFConParamount) March 1, 2026
Imanol Rodriguez gets the finish!
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Lo que siguió fue más cerebral. Edgar Chairez venció a Felipe Bunes por decisión dividida. Luego llegó el quiebre: King Green, con oficio y frialdad, derrotó a Daniel Zellhuber. Inteligencia pura. Dominó los tiempos. Lo sobró. El silencio se coló entre los aplausos.
David Martínez, “el Doctor Vergazos”, apareció para enfrentar a Marlon Vera. Leyenda viva, pero con la nostalgia de los que ya lo dieron todo. Martínez ganó con técnica, con control, con madurez. Vera dio batalla, pero el aire era otro. El ciclo parecía cerrarse.
Y entonces, de nuevo, el principio.
Moreno y Kavanagh. El campeón y el visitante. La pelea fue técnica, cerrada, medida. No hubo explosiones. No hubo concesiones. Se estudiaron, se respetaron, se neutralizaron. Todo quedó en manos de los jueces. La decisión favoreció al inglés. La Arena México reaccionó con decepción. Muchos se fueron antes de escuchar el veredicto. La noche, para ellos, había terminado.
Para otros, no. Los colombianos salieron sonriendo. Porque aunque el trono de Ciudad de México se lo llevó un inglés, la noche —verdaderamente— fue de Reyes.
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