Unos días antes de salir para Nicaragua, la concentración de la selección colombiana en Cali se sentía extraña. Una semana atrás del viaje rumbo a la Americup, el profesor Tomás Díaz reunió a sus hombres de confianza para afrontar el importante torneo de la FIBA, el más relevante del continente a nivel de selecciones, al que Colombia clasificó por tercera oportunidad consecutiva en la historia. No obstante, en la lista de nombres, muchas ausencias de la base aumentaron ese panorama de incertidumbre: jugadores como Jaime Echenique, Juan Diego Tello o Andrés Ibargüen, entre otros. Prácticamente toda la estructura defensiva del equipo. El plantel, que había logrado una identidad competitiva en los últimos años, va a un torneo exigente con una nómina recortada y sin gran parte de sus referentes.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Las razones para tantas ausencias, tan marcadas e importantes, se manejaron con secretismo por la Federación. Ante la pregunta de El Espectador, justo después de uno de los juegos de preparación en Cali contra Uruguay, el presidente Jhon Mario Tejada aseguró que el trabajo de la selección no depende solo de los nombres. “El equipo necesita de estos fogueos y necesitamos ver jugadores jóvenes. Antes, la selección colombiana no aparecía ni en el ránking FIBA. Hoy vamos a nuestra tercera Americup”. La respuesta buscaba transmitir tranquilidad, pero en el ambiente quedó la sensación de que, más allá de los discursos, el presente competitivo se debilitaba justo en el momento en que la selección debía dar un salto de consolidación.
Es cierto que el desarrollo de la selección colombiana en los últimos años ha sido remarcable, con varios jugadores saltando al plano internacional. Sin embargo, el proceso ha estado lleno de obstáculos. Con las uñas, los jugadores colombianos han sostenido un proyecto que parecía improbable, con resultados históricos como la clasificación a la Americup. Muy cerca estuvieron de ir al último Mundial y a los Juegos Olímpicos, pero por detalles no se logró. Hoy Colombia tiene varios jugadores en ligas extranjeras, pero el desgaste ha pasado factura. Son pocos los que, en esta ocasión, priorizaron vestir la camiseta de la selección, lo que deja la sensación de que el esfuerzo colectivo empieza a resquebrajarse.
Con un equipo debilitado por las ausencias y con la esperanza de contar con su gran estrella, Braian Angola, Colombia afronta un grupo complejo. Debutará contra República Dominicana, uno de los rivales más sólidos de la región; luego enfrentará a Nicaragua, anfitrión y siempre peligroso con el empuje de su público; y cerrará contra Argentina, vigente campeón y candidato natural al título. Pasar de ronda, en estas condiciones, sería una proeza. La ilusión de competir está, pero la realidad es que Colombia depende de inspiraciones individuales y de un trabajo defensivo que, justamente, perdió a varios de sus líderes. La Americup no da margen de error y los partidos se definen en detalles que requieren jerarquía y experiencia.
A esa incertidumbre se suma el panorama del baloncesto colombiano. Aunque la liga profesional ha logrado sostenerse tras años de crisis, sigue siendo un torneo de corta duración: apenas dos certámenes al año, de dos meses cada uno. Eso significa que un jugador profesional colombiano tiene actividad apenas cuatro meses al año, una limitación enorme frente a las ligas de países vecinos. El caso de Titanes de Barranquilla, el club más importante y laureado del país, es sintomático: suspendido por la División Profesional de Baloncesto tras no poder sostener la economía necesaria para competir en uno de los torneos de 2024. Con un ecosistema tan frágil, el desarrollo de nuevos talentos se estanca y los que brillan en el exterior lo hacen más por mérito propio que por un proceso sólido en casa.
Ese es, en resumen, el contexto en el que Colombia disputará la Americup 2025 en Nicaragua. Haber clasificado ya es un logro que debe reconocerse, pues se trata de la tercera vez consecutiva que el país dice presente en el torneo más prestigioso de la región. Sin embargo, el panorama no es alentador: las ausencias pesan, la liga local no ofrece un soporte real y los procesos juveniles se diluyen. Una buena participación, que en condiciones normales podría proyectarse con esperanza, hoy luce como un milagro. Colombia necesita volver a tejer un proyecto donde todos los actores —jugadores, clubes, federación— trabajen en conjunto. Porque si con equipo completo la tarea es titánica, con tantas piezas faltantes parece casi un acto de fe.
🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes?: Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador