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20 Sep 2022 - 12:00 p. m.

Los sonidos del silencio: los colombianos que le quitaron la corona a Japón

Miguel Ángel Bermúdez y Glatenfert Escobar consiguieron un título sin precedentes para Colombia en el Campeonato Mundial de Judo. La crónica y la importancia de su victoria.
Fernando Camilo Garzón

Fernando Camilo Garzón

Periodista de Deportes
Glatenfert Escobar (izq.) sostiene a Miguel Ángel Bermúdez en una figura de judo, modalidad nage-no-kata. / Fecoljudo
Glatenfert Escobar (izq.) sostiene a Miguel Ángel Bermúdez en una figura de judo, modalidad nage-no-kata. / Fecoljudo
Foto: Fecoljudo

Cuando Miguel Ángel Bermúdez y Glatenfert Escobar aterrizaron en Cracovia (Polonia) no pensaban que iban a volver a Colombia con la medalla de oro del Campeonato Mundial de Judo en sus cuellos. Al menos no lo decían en voz alta. “¿Ganarle a Japón? Imposible”. Sin embargo, cuando cruzaban miradas, el silencio lo rompían los ojos, que se hablaban con palabras que jamás necesitaron decirse. El año pasado en Portugal habían ganado plata, así que, ¿por qué no? “Y si tal vez…”.

El judo, primer arte marcial japonesa en ser aceptada por el Comité Olímpico, fue inventado a finales del siglo XIX por Jigoro Kano. Y desde que es parte de los Juegos, en 1964, los inventores de esta disciplina se han llevado 48 medallas de oro. Francia, el segundo en la lista, apenas ha conseguido 16. “Japón no se lleva una medalla, se las lleva todas”, explica Glatenfert Escobar. Y aunque la plata en 2021 no fue casualidad, volver a soñar con el podio parecía muy atrevido.

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Explica la pareja colombiana que es normal para los judocas del mundo asumir la supremacía de los japoneses en este deporte. Recogiendo los pasos de su memoria, Miguel Ángel Bermúdez entiende que desde que empezó los asiáticos siempre fueron los referentes. “¡Ojo, que esos japoneses asustan!”. Tenía nueve años, había hecho natación, voleibol y patinaje, y nada lo había enamorado como la tarde en la que un amigo le pidió que lo acompañara a entrenar judo. Empezó sin saber qué era, ganó medallas, escaló vertiginosamente y, sin darse cuenta, ya le había entregado la vida a las artes marciales.

Glatenfert Escobar comenzó, incluso, más joven, a los siete. Y el flechazo llegó por un cuadro que vio en el colegio, un lanzamiento de un judoca impreso en una imagen. Salió corriendo esa tarde para su casa a decirles a sus padres que él quería hacer eso. Y ellos le soltaron la rienda. El niño había descubierto la pasión a la que también le entregó la vida.

A pesar de todos los años que lleva en el judo, desde que vio aquella imagen, después de los Campeonatos Nacionales, Panamericanos y Centroamericanos, Glatenfert Escobar no creyó que su mejor momento llegaría en los últimos compases de su carrera, ganándoles un campeonato del mundo a los japoneses.

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Y eso que no hubo nada diferente esa tarde. La atmósfera era la de siempre, el público iba a ver a los japoneses. Es como en el baloncesto cuando sale Estados Unidos, como en la velocidad cuando corren los jamaiquinos o como en el fútbol cuando se escucha el himno de Brasil o Argentina. “¿Colombia? Nosotros arriba, ellos abajo”.

Recuerda Miguel Ángel que en los entrenamientos antes de la competencia los organizadores del evento, cuando llegó Japón al recinto, sacaron corriendo a los que estaban entrenando en los tatamis (las colchonetas en las que se practica el judo). “Pero si estamos en el horario que nos habían designado”, alegaron los de las otras delegaciones. “Tienen dos opciones: entrenar en otro lado o irse a las gradas”, les contestaron los responsables. No hubo mucho que discutir. “Siempre es así -resalta Miguel Ángel-, en todas las competencias los japoneses tienen preferencias”.

Sin embargo, ese día de la final, a pesar del favoritismo de los de siempre, la sensación era otra. Solo Korea, desde 2008 cuando se inició este certamen, había logrado arrebatarle el título mundial a Japón, pero Escobar y Bermúdez sentían que podían hacer historia. “Tenemos que salir como si esta fuera la última kata de nuestras vidas”, se dijeron, esa fue la promesa.

¿Qué es el nage-no-kata?

El judo competitivo tiene dos variantes: el de combate y el de kata. El deporte, en esos dos componentes, consiste en realizar técnicas de derribo y lanzamiento que lleven al oponente a caer de espalda sobre la colchoneta. No obstante, en las katas, específicamente la especialidad de Escobar y Bermúdez que es la nage-no-kata, esos fundamentos se realizan de pie.

“Hay cinco tipos de katas. En la nuestra nosotros trabajamos cinco grupos musculares: brazo, cadera, barridos, sacrificios hacia atrás y sacrificios hacia el lado”, explica Miguel Ángel Bermúdez.

Y complementa: “En las katas hay dos roles: Uno es el del tori, que es el que hace la ejecución de la técnica, y el otro, que es el mío, es el uke, que es el que es lanzado”.

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Glatenfert lo interrumpe. “Vea, es así de sencillo: el tori es el que manda. Fácil, no se deje enredar”. Silencio, se miran por un momento y estalla la risa. Se conocen de cabo a rabo, porque la clave de la kata que practican está en reconocer cada gesto. Se escuchan en el silencio, se ven con la nuca, se intuyen a ellos mismos en el movimiento del otro. No hablan, se miran; no dicen, gestualizan. Sienten cuando el otro mueve el pie, una mano y hasta la nariz cuando respira. Están conectados.

Y ese nivel de compenetración solo lo da la experiencia. Se encontraron en 2017. Los dos se habían quedado sin compañero. Miguel Ángel tenía la ambición de construir su camino, al tiempo que estudiaba su carrera de arquitectura. Glatenfert encaraba los que creía iban a ser los últimos años de su carrera. Juntaron caminos y explotaron. Llegaron los resultados y con ellos la duda: “¿qué tan lejos podían llegar?”.

Hacer historia

En Cracovia se escuchó un grito, era Miguel Ángel Bermúdez, nuevo campeón mundial de judo. “Cuando el resultado salió en la pantalla sentí mucha emoción y me descontrolé. Lloré y me puse a gritar como un loco. No lo podía creer”.

No lo tenían en las cuentas, son sinceros. “Es como ganarle al papá. Son nuestros héroes. Jamás lo imaginé y hoy tengo una medalla de oro”, dice Glatenfert Escobar. Ante la pregunta por lo que viene dice, y se ríe, que no lo dejan retirarse. El cuerpo y el espíritu empiezan a cobrar factura. “El deporte de alto rendimiento no es salud. Uno paga un precio y se sacrifica porque es lo que ama, pero llega un punto en el que el cuerpo no puede más. Es lo natural”.

Todavía queda camino, no obstante. Y aunque están en su mejor momento, los risaraldenses no planean a largo plazo. Quieren seguir escalando. Su ambición está en los próximos Juegos Nacionales de 2023, que será en su tierra, otra oportunidad para hacer historia. Hacia allá apuntan: a ser dominantes acá, para soñar con metas todavía más grandes. No las dicen, no las pronuncian, pero cuando se cruzan sus miradas puede verse la chispa y la ilusión que alimentan sus metas. En silencio. Así fueron campeones del mundo y así anhelan con llegar más lejos.

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