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El Aeropuerto del Café, en Palestina, Caldas, entró oficialmente en fase de construcción este 13 de abril, con acta firmada, cronograma en marcha y contratos listos para ejecutarse. “No se trata solo de un paso administrativo: es el punto de inflexión que convierte décadas de expectativa en ejecución real”, dijo el gerente del Patrimonio Autónomo Aerocafé, Fernando Merchán.
Durante años, el proyecto vivió en ese limbo tan colombiano: estudios, anuncios, ajustes… y ninguna máquina moviendo tierra. Esta vez, al menos en el papel y en los contratos, el punto de no retorno ya quedó atrás. “Hoy, Caldas deja de esperar y empieza a construir su futuro”, insistió Merchán.
La primera etapa, conocida como lado aire, arranca con una inversión superior a COP 634.000 millones y un plazo de 46 meses. Incluye pista, calles de rodaje y la infraestructura básica para operación inicial. La apuesta es modesta en capacidad, pero suficiente para destrabar lo que llevaba décadas quieto: una pista de 1.460 metros que permitirá operar aeronaves regionales.
“Después de más de 50 años de espera, Aerocafé deja de ser una promesa y se convierte en una obra en ejecución”, afirmó la ministra María Fernanda Rojas. Y subrayó: “Aquí no hay anuncios: hay ejecución”.
No es la primera vez que se dice algo parecido en este proyecto.
Hace apenas semanas, el propio gerente reconoció a El Espectador que Aerocafé estaba en una fase intermedia: contratos listos, actividades en terreno, pero sin arranque formal. Había demarcación, trabajos preliminares, logística. Nada que realmente se pareciera a una obra en marcha. La interventoría, de hecho, tuvo que rehacerse tras declararse desierta a finales de 2025.
Ese cuello de botella ya se resolvió. Y con eso, el proyecto cruza una línea que antes no lograba sostener.
“El proyecto inicia con cimientos sólidos, sobre una arquitectura institucional diseñada para resistir, ejecutar y entregar”, señaló Merchán. La promesa ahora no es solo construir, sino hacerlo bajo un modelo que intenta blindarse de los vicios habituales: pagos contra avances verificados, control técnico permanente y trazabilidad digital de cada peso invertido.
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El esquema funciona como una especie de candado: hay 21 hitos definidos y ningún desembolso se hace sin validación técnica. El contrato, además, es a precio global fijo. Si los costos suben, el contratista asume el golpe.
Eso, en teoría, reduce el margen para sobrecostos y renegociaciones eternas.
Las cifras completas del proyecto también empiezan a aterrizar. Aunque el contrato de obra ronda los COP 634.000 millones, la primera etapa completa se acerca a los COP 828.000 millones. Y si el proyecto sigue avanzando en sus fases futuras, el costo total podría acercarse al billón de pesos.
El aeropuerto no se agota en esta fase. Es apenas el primer tramo de algo más ambicioso: una pista ampliada a 2.600 metros en una segunda etapa, con capacidad internacional, y eventualmente una de 3.800 metros para aeronaves de gran tamaño. Eso ya depende de los próximos gobiernos.
Por ahora, el foco está en que esta primera parte sí se entregue. Sin pausas.
El Gobierno vende el proyecto como una pieza clave para la conectividad y la economía del Eje Cafetero.
La región ha operado durante años con limitaciones aeroportuarias, dependiendo de terminales como La Nubia con restricciones técnicas o climáticas. Aerocafé busca corregir eso y conectar mejor a Caldas, Risaralda, Quindío y zonas cercanas.
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Los estudios en la estructuración proyectan cerca de 400.000 pasajeros en el primer año de operación. También hablan de impacto en más de 5 millones de personas y beneficios para 86 municipios, incluyendo zonas del Chocó, norte del Valle, Tolima y Antioquia.
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