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Los personajes de esta historia, todos, al menos una vez, han sido desplazados por la violencia. Todos “le han aportado su cuota a la guerra” —como dice Beatriz Mosquera, líder afro del Pacífico— con la muerte o la desaparición de algún ser amado. Todos tienen algún parentesco familiar —Mosquera, Caicedo, Rentería, Perea—. Todos son pescadores.
***
Luego de 40 minutos la barca arriba a Firme Bonito, el primer caserío de pescadores artesanales que se encuentra uno al salir de Buenaventura. Doña Mariana Mosquera barre el frente de su rancho de madera: arena y hojas de palmas secas. En minutos dirá que todo va muy bien gracias a Dios, aunque se siente un poco enferma porque un pez canchimalo le enterró su puya en el pie derecho, “sin piedad”. Tuvo fiebres y escalofríos. Está dispersa y parece que la visita le incomodaba. “Buenos días”, grita alguien.
Dieciocho casas de madera, una playita fangosa, una escuela, una tienda, varias canoas enterradas y palos, muchos palos podridos. En la casa de la señora Mariana, dos cuartos y una cocina pequeña. Esta mañana vigila la comida doña Concepción, su madre: 80 años, delgada, encorvada y un hilo de voz imperceptible. La señora Mariana es pescadora. “Míreme las manos, tóquemelas —dice estirando las palmas, duras, impenetrables—. Yo hago lo que me toque. Si me ponen a coger el trasmallo, lo cojo; la atarraya, la cojo; la pala, la cojo. Y claro, si me ponen a sacar piangua, la saco”.
La piangua para los pescadores del Pacífico es como “el oro”, dice doña Mariana carcajeándose. Es una concha de mar que se encuentra enterrada en las orillas, en los manglares. Son las mujeres las que hurgan el fango y las recolectan en bolsas. Existe en esas aguas del Pacífico el verbo “pianguar”. Y fue pianguando que el canchimalo picó a la señora Mariana. “Con la piangua no hay trampa, como con el oro: se paga de contado, no se fía y no se regala por muy amigo que sea”, cuenta la señora. Una docena cuesta mil pesos. Si no hay efectivo, se canjea por comida.
Ella y su compañero, y casi todas las mujeres y hombres de Firme Bonito, trabajan con la Cooperativa Multiactiva de Pescadores Artesanales de Buenaventura. Son 700 familias campesinas de las cuencas de los ríos Anchicayá y Cajambre. Para trabajar van en chalupa o pequeñas barcas de motor, que ellos llaman “viento y marea”. Lanzan sus redes. Pasan horas. Días. Regresan con 500, 600, 700 kilos de peces y mariscos que se venden en todo el país, en 57 almacenes Éxito y Pomona. Al mes comercializan en promedio 5,5 toneladas ($530 millones al año). En 2009 fueron reconocidos como uno de los siete mejores proveedores de la compañía colombofrancesa.
La cooperativa
La matrona, la líder del negocio, es una negra corpulenta y de carácter fuerte. De dentadura prominente, manos recias y pies grandes. Doña Beatriz Mosquera grita “Buenos días” cuando la barca está arribando a Firme Bonito. Desde tierra le contesta su prima Mariana, quejándose del dolor porque un pez le lastimó el pie derecho. Los pobladores ven a la señora Beatriz y se acercan y la saludan y le dan explicaciones por un pedido que no se concretó o por una reunión a la que no podrán asistir. Doña Beatriz Mosquera es la jefe en esas aguas: controla los números de la Cooperativa, los recursos, las ayudas gubernamentales, los negocios.
Es de El Llano: un caserío a orillas del río Anchicayá —zona rural de Buenaventura—. De padre campesino y madre bonaverense. “En 1978 cogí hogar”, dice. Se convirtió en mamá de tres niñas y tres varones. Lo que la vida le trajo después lo cuenta rápido, sin darles tiempo a la tristeza y al llanto. La guerrilla la desplazó. Llegó a Bogotá, el frío la desplazó. Llegó a La Mesa, Cundinamarca, la nostalgia y la pobreza la desplazaron. 2005. Retorna a su pueblo. 2006. Muere su hijo. Doña Beatriz le paga su cuota a la guerra: Jefferson Acosta, 29 años, es asesinado en una peluquería en Cali. “Comenzó una persecución hacia los muchachos afro, los tildaban de guerrilleros, y ahí cayó él”.
El mismo año de la tragedia empezó a escribirse la historia de la Cooperativa. Ya se habían unido los consejos comunitarios de Cajambre y Anchicayá. Ya habían recibido seis millones de hectáreas del Gobierno para cultivar (tierras entregadas a la comunidad afro del Pacífico). Ya habían obtenido reconocimiento como “pueblo negro”. En 2006 reciben como regalo unas embarcaciones del Incoder. En esa ceremonia estaba ella cuando le dieron la noticia: un joven entró a la peluquería en la que trabajaba su hijo, a quemarropa disparó una, dos, tres veces. Jefferson cayó.
Pesca a 20 millas
La metodología es la siguiente: los pescadores arriban a la Cooperativa, una casona gigante, tres pisos, paredes agrietadas. Doña Beatriz o Marisel, jefe de ventas, les entregan “la salida”: dinero para que compren comida, gasolina y hielo para mantener el pescado fresco. $70 mil para los que pescan en canalete (chalupa). $300 mil para las canoas con motor que se quedan en alta mar hasta ocho y diez días. En una carpa pequeña duerme el pescador, cocina el pescador, se baña el pescador. Al volver pagan “la salida” con los productos atrapados y el resto los venden a la Cooperativa. El kilo de camarón: $20 mil. El kilo de langosta: $16 mil. El kilo de pargo: $10 mil.
Con las embarcaciones que recibieron en 2006 el negocio se creció. Pasaron de pescar en las orillas a adentrase millas y millas. La que cuenta la historia es la señora Beatriz, sentada en su oficina: un segundo piso de madera donde hace un calor insoportable. Aclara que son pescadores artesanales porque sus “faenas” (jornadas de pesca) son apenas de días, máximo diez. En cambio en la pesca industrial las faenas son de semanas y hasta meses. “Por eso nuestro pescado es más fresco, porque está menos tiempo almacenado en hielo. Cuando usted lo consume, en las ciudades, han pasado apenas días de haber sido atrapado. ¿Si nota la diferencia?”. En 2008 los contacta el Éxito. Sus productos salen de Buenaventura al país entero.
El último pueblo
Luego de dos horas la barca arriba a Umane Mar, caserío de 86 familias. Doña Jesucita Rentería y don Cornelio Caicedo, esposos, alistan el trasmallo —una red de cien metros por 1,80—. Al día siguiente alguno saldrá a la faena. Navegará unas tres millas y allí estará por cinco o seis días. Cocinará pescado, arroz, plátano y papas en una estufa de gas. Se bañará con el agua dulce que almacena un tanque de 45 galones. Dormirá sobre una colchoneta, resguardado en una pequeña carpa fabricada de bolsas negras. Se mecerá toda la noche e imaginará que está descansando en una hamaca. Al amanecer arrojará el trasmallo al mar. Vigilará cinco y seis horas. Sacará la red. Acomodará en una nevera con hielo los camarones y los peces que quedaron atrapados. Y otra vez el trasmallo al agua, la noche, la hamaca. Regresará con 700 kilos ($2 millones) si tiene suerte.
En Umane Mar la visita dura apenas unos minutos. Doña Beatriz grita “adiós Jesucita” y “hasta luego Cornelio”. De regreso, hacia las 2:00 p.m., las nubes negras desaparecen. El sol está ardiente. Mientras se protege con un chaleco la señora dice que el verano les ha traído mucha producción, y que la bonanza perdurará hasta julio. “Luego vienen los vientos y las lluvias de agosto, que son muy malos. En octubre vuelve y mejora, por ahí hasta el 15 de diciembre que arranca la veda (ver recuadro). Enero es malo. Vuelve y se activa en febrero”, dice, esta vez resguardándose del agua. El mar está enfurecido.
La veda y las cifras del mercado del mar
Desde el 15 de diciembre y hasta el primero de enero, en las aguas del Pacífico colombiano está prohibida la captura de camarón. La medida de “la veda” fue adoptada por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), para evitar la extinción de este producto. Unas 23 mil personas, entre pescadores, vendedores y empresarios, se ven afectadas con la regla, que se aplica también en mes de octubre.
Por eso, enero es quizás el peor mes del año. Los pescadores de esta zona aseguran que la época más productiva es entre febrero y julio. Aunque la pesca es abundante (sólo la Cooperativa Multiactiva de Pescadores Artesanales de Buenaventura comercializa 5,5 toneladas al mes), este mercado sigue siendo pequeño comparado con los vecinos.
Según cifras del Ministerio de Agricultura, al año el país exporta unas 20.200 toneladas de productos pesqueros y acuícolas, mientras que Perú vende en ese mismo período 2 millones de toneladas.