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El rescate del rescate

En la crisis se ha visto la incapacidad de EE.UU. para regular su propio sistema financiero y buscar soluciones apropiadas.

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*Thomas L. Friedman / The New York Times
11 de octubre de 2008 - 02:14 a. m.
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Estaba cambiando de canales en estos días, después de la caída de casi 800 puntos en el mercado accionario de Nueva York, cuando un comentarista de la cadena de televisión CNBC, que se dedica al cubrimiento de la actividad económica, capturó mi atención.

El entrevistador le estaba pidiendo a un experto que les diera consejos a los espectadores en relación con cuáles eran las mejores posiciones que pudieran adoptar para mantenerse a flote, con el fin de sortear la tormenta del mercado en Wall Street. Sin perder un instante, respondió: “de dinero y fetal”.

Yo estoy en ambas, pues distingo un momento sin precedentes cuando lo veo. Solamente he sentido pavor por mi país unas cuantas veces en mi vida: en 1962, cuando, incluso como un niño de nueve años de edad, seguí la tensión de la crisis de los misiles cubanos durante la administración Kennedy; en 1963, con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy; el 11 de septiembre de 2001, cuando ocurrió el atentado terrorista a las Torres Gemelas; y el lunes, cuando los republicanos de la cámara baja del Congreso estadounidense echaron por tierra el paquete bipartidista, con miras a un rescate del sector financiero y de la Bolsa de Nueva York.

Sin embargo, en lo personal creo que el actual momento es el más aterrador de todos los que me ha tocado vivir, ya que los tres anteriores fueron motivados en su totalidad por ataques reales o potenciales en contra del sistema estadounidense y por parte de extranjeros.

Esta vez, nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Esta vez, lo que nos está acabando es nuestro propio fracaso para regular nuestro propio sistema financiero y para legislar sobre soluciones y remedios apropiados para conjurar la crisis.

Yo siempre he creído que el gobierno de Estados Unidos era un sistema político único: diseñado por genios para que pudiera ser administrado por idiotas. Pero estaba equivocado. Ningún sistema puede ser tan inteligente para sobrevivir a este nivel de incompetencia e imprudencia por parte de la gente a cargo de administrarlo y de ofrecer alternativas de solución.


Esto es peligroso. Nosotros hemos visto a integrantes de la Cámara de Representantes —muchos de los cuales, sospecho, no son capaces de llevar en orden sus propias chequeras— rechazando un complejo paquete de rescate porque algunos electores, a quienes, temo, tampoco entiendo, los inundaron de telefonemas pidiendo que no aprobaran las medidas. Yo valoro la ira popular en contra de Wall Street, pidiendo que sean ellos, quienes crearon el problema, los que paguen las consecuencias, pero no sé si pueden lidiar con esta crisis de esa manera.

Esto es una crisis del crédito. Todo está relacionado con la confianza. Lo que ustedes no pueden ver es cómo el banco A ya no le prestará a la buena empresa B o a la empresa hipotecaria C. Esto debido a que nadie esta seguro que los activos del otro y sus garantías valgan algo, razón por la cual el gobierno necesita intervenir y ponerles debajo una base de apoyo. De lo contrario, el sistema será privado de crédito, como un cuerpo que se le quita el oxígeno y se empieza a poner azul.

Bien, dicen ustedes, los contribuyentes del común, “yo no tengo una sola acción; dejen que sufran esos codiciosos monstruos de Wall Street”. Quizá ustedes no tengan una sola acción, pero su fondo de pensión era dueño de una parte del papel comercial de Lehman Brothers y su banco regional tenía en su poder bonos hipotecarios de los denominados ‘subprime’ o última oportunidad, razón por la cual usted fue capaz de refinanciar su casa hace dos años. Además, su aeropuerto local estaba asegurado por AIG y su municipio local vendía bonos municipales en Wall Street con el objetivo de financiar el sistema más nuevo de drenaje en su calle, al tiempo que su empresa local de automóviles dependía de las marcas crediticias para financiarle a usted su préstamo para un auto; y ahora ese mercado de crédito se ha agotado, el banco Wachovia ya colapsó y su vecina perdió su empleo de secretaria ahí en esa entidad.

Todos estamos conectados. Al igual que lo destacado por otras personas, no es posible salvar a los habitantes de municipios y localidades castigando a Wall Street, en la misma medida que no es posible estar en una lancha de remos con alguien a quien odias y pensar que la fuga en el fondo del bote en su extremo no te va a hundir a ti también. El mundo realmente es plano. Todos estamos conectados. “El desacoplamiento” (del que hablaron algunas entidades de análisis económico, que las economías no estaban interrelacionadas entre sí) es mera fantasía.

Yo entiendo totalmente este resentimiento en contra de los titanes de Wall Street que se llevan a su casa bonos por US$60 millones. Pero, cuando el sistema crediticio está en peligro, como lo está en este momento, es necesario concentrarse en salvar el sistema, incluso si eso significa que se debe rescatar a personas que no lo merecen. De no hacerlo, se está diciendo: voy a contener la respiración hasta que el gato gordo de Wall Street se ponga azul. Sin embargo, no se va a poner azul... usted se pondrá azul, o todos nosotros. Tenemos que entenderlo bien.


Mi rabino contó esta historia en el servicio de la última semana, con motivo del Rosh Hashana o Año Nuevo judío: “Una frágil madre de 80 años de edad está celebrando su cumpleaños y cada uno de sus tres hijos le da un regalo. Harry le da una casa nueva. Harvey le regala un nuevo automóvil con todo y chofer. Y Bernie le da una enorme cotorra que puede recitar la Torá entera. Una semana después, ella se comunica con sus tres hijos a través de una conferencia telefónica y les dice: ‘Harry, gracias por la bonita casa, pero solamente ocupo una habitación. Harvey, gracias por el bonito automóvil, pero no soporto al chofer. Bernie, gracias por darle a tu madre algo que pudiera disfrutar realmente. Ese pollo estuvo delicioso’ ”.

Mensaje al Congreso de Estados Unidos: No se pongan simpáticos. No nos den algo que no nos hace falta. No nos den algo diseñado para resolver (se abren cursivas) sus (se cierran cursivas) problemas políticos. Sí, Hank Paulson y Ben Bernanke necesitan aceptar estrictos métodos de vigilancia y al contribuyente fiscal de Estados Unidos se le debe garantizar una participación en las ganancias alcistas de todos los bancos rescatados. Pero, aparte de eso, denles el capital y la flexibilidad para apagar este incendio.

Siempre me dije: Nuestro gobierno está tan descompuesto que solamente puede funcionar en respuesta a una enorme crisis. Sin embargo, ahora hemos tenido una enorme crisis y el sistema sigue sin funcionar. Nuestros dirigentes, republicanos y demócratas, han perdido a grado tal la práctica para trabajar juntos que, incluso en vista de la amenaza de un sobrecalentamiento del sistema, no pudieron ponerse de acuerdo en un paquete de rescate, porque lo aprobaron a regañadientes... como si ellos vivieran en Marte y estuvieran meramente visitándonos por unos días, sin nada en juego en el resultado.

La historia no puede terminar aquí. Si efectivamente lo hace, asuman la posición fetal.


 *Thomas L. Friedman es columnista del periódico The New York Times; ganó el premio Pulitzer de periodismo en 2002. El último libro de Friedman, “El mundo es plano”, lanzado en 2005, ganó el premio Goldman Sachs/Financial Times al libro de negocios del año.

Por *Thomas L. Friedman / The New York Times

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