
Toda gran idea incluye tres elementos:
1. Resuelve el «por qué». Mucho antes de que descubras qué hará un producto, debes entender por qué lo querrán. El «por qué» impulsa el «qué».
2. Resuelve un problema que tienen muchas personas en su vida diaria.
3. Te sigue a todas partes. Incluso después de investigar, informarte, ponerla a prueba y darte cuenta de lo difícil que será hacerlo bien, no puedes dejar de pensar en ello.
Antes de comprometerte a ejecutar una idea —fundar una empresa o lanzar un nuevo producto—, debes comprometerte a investigarla y ponerla a prueba. Practicar la intuición tardía. Es una frase acuñada por el brillante economista y psicólogo Daniel Kahneman, ganador del Premio Nobel, para describir la sencilla idea de que para tomar mejores decisiones es necesario reducir la velocidad.
Cuanto más sorprendente parece una idea —cuanto más te tira de las entrañas y no te deja ver todo lo demás—, más tiempo debes esperar, crear un prototipo y reunir la mayor cantidad de información posible antes de comprometerte. Si esta idea va a consumirte años de vida, deberías tomarte al menos unos meses para investigarla, desarrollar (suficientes) planes detallados de desarrollo de productos y negocios, y ver si sigues entusiasmado con ella. Ver si te persigue.
Y ten en cuenta que no todas las decisiones llegan a este nivel. La mayoría de las decisiones cotidianas pueden y deben tomarse rápidamente, sobre todo si estás repitiendo algo que ya existe. Deberías tomarte tu tiempo, considerar tus opciones y asegurarte de que piensas en los pasos siguientes, pero no todas las ideas tienen que perseguirte durante un mes.
Las mejores ideas son analgésicos, no vitaminas. Las pastillas de vitaminas son buenas, pero no son esenciales. Puedes saltarte tu vitamina de la mañana un día, un mes, toda la vida, y no notar la diferencia. Pero si olvidas un analgésico, lo notarás enseguida. Los analgésicos eliminan algo que te molesta constantemente. Una irritación habitual de la que no puedes deshacerte. Y el mejor dolor, por así decirlo, es el que experimentas en tu vida. La mayoría de las empresas las crean personas que se sienten tan frustradas con algo en su experiencia diaria que empiezan a investigar y a intentar encontrar una solución.
No todas las ideas de productos deben tener su origen en tu vida, pero el «por qué» siempre debe ser nítido y fácil de articular. Tienes que ser capaz de explicar de manera fácil, clara y convincente por qué van a necesitarlo. Es la única manera de entender qué características debería tener, si el momento es el adecuado y si el mercado será muy reducido o enorme.
En cuanto tienes un «por qué» fuerte, tienes la semilla de una gran idea. Pero no puedes construir un negocio sobre una semilla. Primero tienes que descubrir si esa idea es lo bastante fuerte como para cargar con una empresa. Tienes que elaborar un plan de negocios e implementación. Y tienes que entender si es algo en lo que quieres trabajar durante los siguientes cinco a diez años de tu vida.
La única forma de saberlo es ver si te perseguirá. Y el proceso de persecución siempre es el mismo:
• Al principio te quedas pasmado por lo genial que es esa idea. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie?
• Después empiezas a investigarlo. Y, ah, vale, lo habían pensado. Lo intentaron y fracasaron. O quizá de verdad has dado con algo que nadie había hecho antes. Y la razón es ese obstáculo imposible que no hay forma de sortear. Empiezas a entender lodifícil que sería hacerlo, porque hay muchas cosas que no sabes. Así que lo dejas de lado.
• Pero no puedes quitártelo de la cabeza. Así que lo investigas aquí y allá. Empiezas a dibujar, codificar o escribir, y haces pequeños prototipos de lo que podría ser. Se te caen constantemente de la bolsa dibujos en servilletas de papel. Tienes el portátil repleto de ideas sobre características, ventas, marketing y modelos de negocio. Piensas que quizá los que pusieron a prueba esta idea antes la enfocaron mal. O quizá el obstáculo que los detenía se puede resolver ahora con una nueva tecnología. Quizá ha llegado por fin el momento.
• Aquí es cuando empieza a ser más real para ti. Así que decides investigar y profundizar para tomar una decisión verdaderamente informada. Tienes que descubrir si debes seguir esta idea o no.
• Un día te das cuenta de que hay una forma de sortear ese obstáculo imposible. Estás entusiasmado. Hasta que ves el siguiente gran obstáculo en tu camino. Mierda. No va a funcionar. Pero sigues investigando, haciendo pruebas y recibiendo consejos de expertos y amigos, y al final te das cuenta de que quizá también haya una forma de sortearlo.
• Empiezan a preguntarte por tu proyecto: ¿Cuándo vas a empezar? ¿Puedo unirme? ¿Tienes algún padrino inversor? Todo obstáculo se convierte en una oportunidad, todo problema te empuja a buscar una nueva solución y toda solución hace que la idea te entusiasme aún más.
• Aunque todavía hay un millón de incógnitas, ya no son incógnitas desconocidas. Entiendes el espacio. Ves en qué podría convertirse el negocio. Y tus investigaciones y las barreras que has superado empiezan a darte impulso. Sientes que todo adquiere forma. Sientes que es la decisión correcta. Así que aprietas los puños y te comprometes.

En mi caso, todo este proceso duró diez años. Durante diez años el termostato me persiguió. Es bastante exagerado, por cierto. Cuando tienes una idea para un negocio o un nuevo producto, normalmente no tienes que esperar diez años para asegurarte de que merece la pena hacerlo. Pero tienes que dedicar un mes, o dos, o seis, a investigar, buscar, hacer prototipos aproximados y articular tu «por qué». Si durante ese mes, o dos, o seis, la idea te entusiasma cada vez más y no dejas de pensar en ella, puedes ponerte más serio.
Tómate al menos unos meses más, hasta un año, para analizarla desde todos los puntos de vista y consultar con personas de tu confianza, crear planes de negocios y presentaciones, y prepararte lo mejor que puedas. No quieres montar una empresa solo para descubrir que lo que te parecía una idea genial es una carilla brillante que cubre un diente agujereado, que se romperá a la menor presión.
En Silicon Valley, muchas empresas emergentes siguen la filosofía del «fracasa rápido». Es una expresión de moda que significa que, en lugar de planificar cuidadosamente lo que quieres hacer, creas primero y lo resuelves después. Repites los intentos hasta que «encuentras» el éxito. Puede manifestarse de dos maneras: eliminas un producto rápidamente y después repites el intento aún más rápido para llegar a algo que la gente quiera, o dejas el trabajo, te liberas de tus compromisos y te sientas a pensar en posibilidades de empresa hasta que encuentres un negocio que funcione. El primer enfoque a veces funciona. El segundo suele fallar.
Lanzar dardos a una pared no es la forma de elegir una gran idea. Todo lo que merece la pena lleva tiempo. Tiempo para entenderlo. Tiempo para prepararse. Tiempo para hacerlo bien. Puedes acelerar muchas cosas y escatimar en otras, pero no puedes engañar al tiempo. Dicho esto, diez años es demasiado. Pero durante la mayor parte de los diez años que pasé pensando en los termostatos, no tenía intención de construir ninguno.
Estaba en Apple haciendo el primer iPhone y dirigiendo un gran equipo. Estaba hasta las cejas de trabajo, aprendiendo y creciendo. Y al final me casé y tuve hijos. Estaba
ocupado. Pero seguía teniendo mucho frío. Se me metía el frío hasta los huesos. Los viernes por la noche, después del trabajo, cuando mi mujer y yo llegábamos a nuestra cabaña de esquí en el lago Tahoe, teníamos que dejarnos puestos los anoraks hasta el día siguiente. La casa tardaba toda la noche en calentarse, porque cuando no estábamos la manteníamos justo por encima del punto de congelación para no malgastar energía y dinero.
Y me dolía. Entrar en esa casa congelada me ponía malo. Era alucinante que no hubiera manera de calentarla antes de que llegáramos. Pasé horas y gasté miles de dólares intentando piratear equipos informáticos y de seguridad conectados a un teléfono analógico para poder encender el termostato de forma remota. La mitad de los días de fiesta los pasaba entre cables, con aparatos electrónicos tirados por el suelo. Mi mujer ponía los ojos en blanco. ¡No estás en el trabajo!
Pero nada funcionaba. Así que la primera noche de cada viaje era siempre igual: nos acurrucábamos en la cama, que era un bloque de hielo, entre sábanas heladas, y observábamos nuestro aliento convirtiéndose en niebla hasta la mañana siguiente, cuando la casa se había calentado por fin.
Y el lunes volvía a Apple y trabajaba en el primer iPhone. Al final me di cuenta de que estaba haciendo un control remoto perfecto para un termostato. Si conseguía conectar la calefacción a mi iPhone, podría controlarla desde cualquier sitio. Pero la tecnología que
necesitaba para hacerlo realidad —comunicaciones fiables y baratas, pantallas y procesadores baratos— aún no existía. Así que intenté dejar la idea de lado. Centrarme en mi trabajo. No pensar en el frío.
Un año después decidimos construir una casa nueva y supereficiente en Tahoe. Durante el día trabajaba en el iPhone, luego llegaba a casa y estudiaba con detenimiento las especificaciones de nuestra casa, elegía acabados, materiales y paneles solares, y al final me enfrentaba al sistema de climatización. Y de nuevo el termostato me acechaba. Todos los termostatos de primera calidad eran horribles cajas beige con interfaces de usuario extrañamente confusas. En la publicidad decían que tenían pantallas táctiles, relojes y calendarios, y mostraban fotos digitales. Ninguno de ellos ahorraba energía. Ninguno
contaba con control remoto. Y costaban unos 400 dólares. El iPhone se vendía por 499.
¿Cómo esos espantosos termostatos de mierda costaban casi tanto como la tecnología más avanzada de Apple? Los arquitectos e ingenieros del proyecto de Tahoe me oían quejarme
una y otra vez de que era una locura. Les decía: «Un día voy a solucionar este tema. ¡Recordad mis palabras!». Todos ponían los ojos en blanco. ¡Ya está Tony quejándose otra vez! Al principio eran solo palabras surgidas de la frustración. Pero las cosas empezaron a cambiar. El éxito del iPhone redujo los costes de los componentes sofisticados que antes no podía conseguir.
De repente se fabricaban millones de conectores, pantallas y procesadores de gran calidad a bajo precio, y podían utilizarse para otras tecnologías. Y mi vida también estaba cambiando. Me marché de Apple y empecé a viajar por el mundo con mi familia. Y en todas las habitaciones de hotel y en todas las casas, en todos los países y continentes, los
termostatos eran una mierda. Pasábamos demasiado calor o demasiado frío, o no conseguíamos descubrir cómo funcionaban. El mundo entero tenía el mismo problema. Este producto olvidado y poco valorado que todos debían tener en su hogar les hacía pagar facturas de luz desorbitadas y malgastar cantidades incalculables de energía mientras el planeta seguía calentándose.
Después la persecución se puso a toda máquina. No podía quitarme de la cabeza la idea de hacer un termostato conectado. Un termostato de verdad inteligente que resolviera mi problema y ahorrara energía, que me permitiera crear sobre la base de todo lo que había
hecho antes. Así que dejé que la idea me atrapara. Volví a Silicon Valley y me puse manos a la obra. Investigué la tecnología, y después las posibilidades, el negocio, la competencia, los clientes, la financiación y la historia.
Si iba a cambiar mi vida y la de mi familia, asumir un gran riesgo, dedicar de cinco a diez años a crear un dispositivo diferente de todo lo que había hecho en un ámbito del que no sabía nada, debía darme tiempo para aprender. Tenía que esbozar diseños. Tenía que planificar funciones y pensar en el modelo comercial y de ventas. Durante este tiempo también jugaba a un jueguecito conmigo mismo y con las personas a las que respetaba.
Me preguntaban: «¿A qué te dedicas ahora? ¿Qué te interesa?». Les contestaba que tenía una idea, quizá una gran idea, y les contaba algunos detalles para ver cómo reaccionaban, lo que pensaban y lo que me preguntaban. Estaba desarrollando la presentación y descubriendo la historia del producto, como haría Steve. Después, cuando había acumulado semanas de investigación y estrategia, dejé de decir que era una idea y empecé a decir que estaba creando un producto. Aunque aún no era del todo cierto.
Pero quería que pareciera real para que ellos, y sobre todo yo, nos adentráramos en los detalles. Quería convencerlos, desafiarlos y contar la historia. Descubrir si se sostenía. Tardé entre nueve y doce meses en hacer prototipos y modelos interactivos, crear bits de software, hablar con usuarios y expertos, y probarlos con amigos antes de que Matt y yo decidiéramos dar el paso y buscar inversores.
* Se pública con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Conecta.