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Tengo 45 años, 21 trabajando en la redacción de El Espectador, más de 19 en temas de economía, negocios y emprendimiento y, en todos estos años, he contado cientos de historias sobre la creación de nuevos negocios con una variable que se repite mucho en ellos y ellas: esas personas, en su mayoría, son jóvenes, digamos, por encima de los 20 y pasando la franja de los 30.
Hay de todo: negocios por subsistencia, negocios por oportunidad, negocios de un empleado, negocios que nacen en Colombia y ya operan en varios países, negocios que nacieron en la universidad, los que se crearon cuando despidieron al emprendedor de su trabajo, negocios que aparecieron por una idea interna en una gran empresa y se convirtieron en un spin-off.
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Sin embargo, el desempleo juvenil en Colombia es, evidentemente, alto: 17 %, de acuerdo con la más reciente medición del Dane (15 a 28 años). Y si se tiene en cuenta que la tasa de desempleo nacional se ubicó en el 8,8% al cierre de abril de 2026, pues está claro que entre las personas con menos edad hay que hacer tomar cartas en el asunto, la pregunta es: ¿Qué? El asunto es que a eso se suma que muchos de esos jpovenes tampoco pueden estudiar, lo que los denomina dentro del espectro global conocido como “Ninis”, es decir, que “ni trabajan ni estudian”.
Por eso busqué a una persona que nos pudiera ayudara a entender esta realidad y, sobre todo, el qué podemos hacer entre todos como sociedad, y encontré a Lady Viviana Rondón Leguizamo, profesional de proyectos del Centro de Emprendimiento de la Universidad de los Andes.
Antes los jóvenes estudiaban y buscaban un trabajo. Hoy se vive una condición mundial de ‘Ninis’ (ni estudian, ni trabajan). ¿Qué papel puede jugar la figura del emprendimiento allí?
La condición de Ninis no es solo un fenómeno del pensamiento individual, sino un síntoma de una brecha estructural entre la oferta educativa tradicional y un mercado laboral que, en varios casos, ha dejado de ofrecer un sentido de futuro. Es aquí donde el emprendimiento juega un papel crucial como una herramienta de inclusión y empoderamiento. El verdadero reto no es que todos los jóvenes sean empresarios, sino que adquieran una mentalidad emprendedora. El emprendimiento le devuelve al joven el protagonismo de su propia vida, pues emprender es dejar de esperar una oportunidad que no llega para empezar a construir una propia. Esta transformación implica desarrollar la capacidad de identificar problemas y convertirlos en oportunidades, diseñando soluciones con propuestas de valor reales, perdurables y escalables en el tiempo. Una juventud que emprende es una sociedad que diversifica su riesgo. Al fomentar modelos de negocios sostenibles, se está creando un tejido empresarial más flexible frente a las crisis globales.
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¿Qué podemos hacer los que ya tenemos más de 40 años, con trabajos de 10, 15, 20 años, para incentivar el emprendimiento en los jóvenes y, con ello, tal vez combatir el desempleo juvenil?
Quienes superan los 40 años, con décadas de trayectoria en el sector productivo o académico, a menudo perciben la brecha generacional como un abismo. Sin embargo, este perfil posee el activo más escaso y valioso para un joven emprendedor el cual es el criterio estratégico, experiencial y el capital relacional. Los jóvenes tienen el impulso, las habilidades digitales y la innovación tecnológica, entre otras destrezas, los perfiles de 40 años tienen la experiencia, el conocimiento sobre la gestión de riesgos, la viabilidad financiera y la sostenibilidad a largo plazo. Su labor podría complementarse en el apoyo de que las ideas no sean solo disruptivas, sino rentables y perdurables, invirtiendo tiempo, validando modelos de negocio o sirviendo de puente con fuentes de financiación, diseñando así un relevo generacional productivo que minimice la incertidumbre económica.
Las nuevas generaciones ya no quieren empleos para toda la vida, privilegian más la calidad de vida que un empleo tradicional. ¿Es el emprendimiento una hoja de ruta que se adapta más a este tipo de personalidades?
Sí, pero con condiciones. El emprendimiento no es una solución mágica para la calidad de vida, es una herramienta de autogestión. Para alguien que valora la libertad de decisión sobre la una opción económica, es el camino más natural. Sin embargo, exige un nivel de disciplina y resiliencia que el empleo tradicional suele estructurar externamente. Considero que en muchos casos el emprendimiento se adapta mejor a las nuevas generaciones porque responde a valores que hoy tienen más peso que la estabilidad laboral tradicional: autonomía, flexibilidad, propósito, bienestar y posibilidad de construir un estilo de vida propio.
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No obstante, no significa que todos deban emprender ni que el emprendimiento sea automáticamente sinónimo de libertad o calidad de vida, también existe una idealización del emprendimiento. Emprender puede implicar jornadas extensas, incertidumbre financiera, presión emocional y ausencia de garantías laborales. Paradójicamente, muchas veces quienes emprenden sacrifican temporalmente la calidad de vida que buscaban alcanzar.
Por eso, el punto central no es pensar que las nuevas generaciones no quieren trabajar, sino entender que se están redefiniendo. Para algunos, eso se traduce en crear empresa, para otros, en empleos híbridos, trabajo remoto, proyectos freelance o carreras con mayor flexibilidad.
¿Cómo unir fuerzas para que entre públicos y privados se incentive el emprendimiento juvenil en Colombia?
Unir fuerzas en el contexto colombiano requiere pasar de esfuerzos aislados a un ecosistema integrado. Cuando el Estado genera oportunidades, el sector privado abre espacios y la academia desarrolla capacidades, el emprendimiento deja de ser un acto de supervivencia y puede convertirse en una estrategia real de innovación, inclusión y desarrollo para el país. Ningún actor, por sí solo, puede responder a los desafíos que enfrentan los jóvenes emprendedores: acceso limitado a financiamiento, formación poco conectada con el mercado, informalidad y falta de redes de apoyo. En el fondo, unir fuerzas implica dejar de ver el emprendimiento juvenil como una responsabilidad aislada. Esto permite que el emprendimiento se entienda no solo como crear empresa, sino como una capacidad para transformar contextos sociales y económicos.
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