“¿Qué son las rosas? Bueno, las rosas son todo”.
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Joseph Mul, con más de 70 años, es el representante de los Mul, una familia que se ha dedicado durante décadas al cuidado de las rosas con las que se construye el Chanel N°5, quizá el perfume más exitoso en el mundo: un producto que no sólo redefinió los límites para el negocio de las fragancias a nivel mundial, sino que habita su propia liga dentro de la cultura popular.
Hablar de los Mul es hablar de las rosas en Grasse, pero también es habitar una especie de cosmogonía en la que, como dice el patriarca de la familia, las rosas son todo.
Más que un apellido, los Mul son el denominador común de toda una actividad industrial que, a pesar de su escala y éxito, va a mitad de camino entre los artesanal y lo masivo, entre la poesía y el negocio, si acaso esto es posible.
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Antes de ser uno de los referentes en perfumería a nivel global, Grasse comenzó siendo una aldea en el sur de Francia en la que se concentraba fabricación de cueros y el tratamiento de pieles. Para mejorar el olor de sus productos, los artesanos locales experimentaron con el mirto y, bueno, en la eterna contradicción de la vida, Grasse pasó de producir cueros a perfumes.
La fabricación de perfumes se remonta al siglo XVI y la expansión de esta actividad, que desplazó el tratamiento de pieles se debe principalmente al microclima que se asienta en la región, gracias a ser una especie de tazón asentado entre montañas. El pueblo, a 333 metros de altura y con una población de poco más de 50.000 habitantes permanentes, es el hogar indiscutible de las rosas que le dan cuerpo al Chanel N°5, aunque en sus campos también se dan jazmines, que se emplean en otros productos. Todo el asunto es un tema de tiempo, de cambios en los meses.
Grasse es rosas en mayo y jazmines en septiembre y perfume todo el año. Más que una ubicación geográfica, es un pequeño milagro climático que produce un continuo estado del alma poblado de una dulzura que flota en el ambiente, como si el aire estuviera hecho de flores.
Las rosas que van para el N°5 comienzan a ser recogidas en una mañana de mayo y la cosecha se da, siempre, durante 21 días. No más. No menos. Para un perfume que con 100 años de historia la consistencia lo es todo.
Pero este nivel de agricultura de pequeña escala, más que una operación industrial, es una labor artesanal entregada a producir una forma de belleza. Por eso palabras como consistencia y procedimiento en este caso pueden ser reemplazadas por tradición y ritual.
En el lugar en donde las rosas son todo, Joseph Mul, su familia y sus colaboradores comienzan la jornada temprano en la mañana para recoger las flores de mayo porque en este mes el sol ya pega fuerte al medio día y las rosas se van mejor a la eternidad del perfume cuando aún llevan algo de alba en el alma.
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Como vehículo de una tradición, los ritmos de vida del señor Mul van de la mano con las rosas: en su discurso el nosotros a veces hace referencia a la familia y sus colaboradores y, en otras, a las rosas.
Las flores han de ser arrancadas de cierta manera del tallo porque si no se dañan sus pétalos y con los pétalos arruinados no se puede trabajar; cada planta debe ser injertada de una sola forma para asegurar que su olor siga siendo el de siempre; el cultivo se recoge en los mismos días todos los años; se planta en el mismo lugar porque el suelo y el viento y la luz y el agua deben producir una y otra vez rosas casi idénticas.
El N°5 no ha cambiado de fórmula desde 1921, lo que ha sido posible, entre otros factores, por el cuidado obsesivo de la materia prima, la atención a los procesos. La línea de producción arranca con la recogida de las rosas y continúa en una pequeña planta instalada al lado del cultivo. En ella se procesan prontamente las plantas, cuyos pétalos sufren varias transformaciones de la materia en su camino hacia la botella y los consumidores.
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En la planta de procesamiento, al lado del cultivo de rosas, el primer paso es la extracción a través de solvente, un proceso en el cual se vierten 250 kilos de flores en cada tanda. El resultado de esta etapa es un producto llamado concreto, una cera con un olor supremamente concentrado, incluso molesto por su intensidad. Se requieren 400 kilos de flores por cada kilogramo de concreto.
Después del concreto se produce el absoluto, un líquido obtenido a través de un proceso que puede demorarse hasta tres días. Este es el producto que termina siendo enviado a un laboratorio, en donde se emplea para la fabricación del perfume. De cierta forma, es el alma de las rosas de la familia Mul y, por ende, del perfume.
Cuando se creó el N°5, Coco Chanel aseguró que no quería un perfume que oliera a jazmín, por ejemplo, sino uno que oliera a mujer. Antes de ese punto, las fragancias tendían a representar cosas en la naturaleza, pero desde ese punto se trataría de ideas abstractas, de una forma distinta de aproximarse a la fragancia. Ese tipo de cosas constituyen lo que los perfumeros llaman gramática, una suerte de guía para los productos de una casa de moda en particular, en este caso Chanel.
Ahora bien, lejos de los laboratorios, la destilación y la condensación inducida, la forma más pura de la belleza de este perfume está en la rosa de los campos de la familia Mul. Y este es quizá uno de los mayores activos de una marca y un producto que apuntan a la perfección: la existencia de cierta forma de poesía sembrada en la tierra del sur de Francia.