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El fríjol en Colombia: un potencial que espera ser cultivado

Aunque en todo el país se puede sembrar esta leguminosa, el clima, los costos y las importaciones ponen a los productores en un escenario difícil. Descubra qué hay detrás de las variedades que llegan a su mesa.

María Camila Ramírez Cañón

02 de mayo de 2025 - 07:13 a. m.
Imagen de referencia.
Foto: Jose Vargas Esguerra
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¿De dónde viene el fríjol que compra? No todos los granos que se consumen en el país son de producción nacional, a pesar de tratarse de un alimento presente en las dietas de los colombianos y en recetas tan características como la bandeja paisa.

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Este es un cultivo con amplio potencial por desarrollar, aunque en los últimos años se ha reducido las áreas sembradas. Se pasó de tener 107.265 hectáreas en 2014 a 76.276 hectáreas en 2024, aunque la caída de la producción no ha sido tan pronunciada, pues los cultivos han mejorado sus rendimientos.

Además, gracias a sus distintas variedades, se puede dar prácticamente en todo el territorio. Santander fue el mayor productor el año pasado porque representó 17,9 % del fríjol nacional, le siguió Nariño (15,7 %), Huila (14 %), Antioquia (13,7 %) y Cesar (9,3 %), según cifras de la Federación Nacional de Cerealistas Leguminosas y Soya (Fenalce).

Por ser una producción de ciclo corto (seis meses) y por su rentabilidad, puede ser muy atractivo para los productores. De hecho, eso fue lo que cautivó a Vitelmo Vizcaíno, productor de fríjol y presidente de la Asociación de Productores de Fríjol y Sagú de Gutiérrez (Asofrisagut), quien lleva unos 30 años dedicado a la actividad. “Sembrábamos arveja, papa y maíz, pero no nos iba tan bien como con el fríjol de variedad cargamanto y bola roja”, recuerda.

Los desafíos de producir fríjol en Colombia

Sin embargo, hay varios factores que han truncado el trabajo de los productores: los altos precios de producción y la dificultad para competir con las importaciones. Esto ha minado los ingresos, pues el precio del kilo se lo compran a los productores en $8.600, pero en supermercados vale el doble. El año pasado lo compraban por debajo de $8.000, que era aproximadamente el costo de producción cuando había mejor rendimiento del cultivo.

“Hasta la cosecha anterior estuvo incrementando la siembra, pero ahora está bajando porque tenemos dificultades con el clima: las lluvias y la sequía afectan el rendimiento”, resalta Vizcaíno. Ese es un obstáculo que no tienen otros países como Estados Unidos, pues los ambientes tropicales favorecen la propagación de enfermedades y plagas.

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A lo anterior se le suma el elevado costo de la madera, un insumo necesario para fabricar los tutores que sostienen el crecimiento de la planta. Aunque también hay temas de fondo que requieren atención si se busca fortalecer el cultivo en Colombia.

Arnulfo Trujillo, gerente general de Fenalce, considera que se necesita infraestructura, seguros de cosecha, vías y seguridad. También se requiere de “una política agraria contundente que atienda los problemas del sector, no con pañitos de agua tibia, sino que le asignen los recursos suficientes. Se necesitan garantías para sembrar y ayudas del Gobierno y la academia”, destaca.

De otro lado, también se precisa de variedades mejoradas que ofrezcan rendimientos más seguros, mejor calidad nutricional y resistencia a plagas que se combinen con variedades locales, de acuerdo con Juan Manuel Osorno, mejorador de fríjol para la Universidad de Dakota del Norte.

Osorno agrega que otro de los retos es el de incrementar esa productividad “a partir del uso de tecnología que ya se están usando en el mundo, pero en la que nosotros estamos quedados”. En muchos países se siembra en terrenos planos, lo que favorece la tecnificación; mientras que en Colombia son zonas de ladera, por lo que el proceso es manual y necesitaría adaptar dichas tecnologías.

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Unido a esto, Trujillo sostiene que debe existir un modelo de apoyo al mercado. Así se le haría seguimiento al agricultor para garantizar su competitividad y evitar una producción a pérdidas. La meta es que sea tan eficiente que se vuelva viable llegar con el producto al exterior.

El golpe de las importaciones

Pero en lugar de exportar, lo que está pasando es que el productor nacional se está viendo afectado por las importaciones que llegan principalmente desde Argentina, que participa con 22,4 %, seguido por Estados Unidos (21,8 %) y Ecuador (17,8 %).

Si bien se produjeron a nivel nacional unas 104.000 toneladas y se importaron unas 41.000 (menos de la mitad) al año, Trujillo estima que la mitad del producto consumido en el país viene de afuera.

Esto se explica por el contrabando, que es lo que más afecta a productores como Vizcaíno porque el grano “llega más económico por las fronteras con Ecuador y Perú”, según él.

“Importar el producto es casi que un error para Colombia. Si por el lado del maíz no somos realmente competitivos en rendimientos por hectárea, con el fríjol sucede lo contrario”, destaca Juan Zuluaga, coordinador territorial de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés).

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No solo están las condiciones para sembrar. También hay que considerar que el autoabastecimiento de alimentos es clave y más en contextos de incertidumbre en el comercio global, como el que vive el mundo por cuenta de los aranceles de EE. UU. Trujillo dice que debe haber un trabajo con la industria y el comercio porque si se cierran las fronteras en el futuro no pueden desaparecer las empresas.

Un grano con proyección

Para facilitar el trabajo conjunto de los diferentes actores, Fenalce le apuesta a la conformación de una cadena nacional del fríjol. Así se organizarían productores, industriales y comercializadores para dialogar con el Gobierno y potencializar al sector.

El grano es, sobre todo, la fuente de ingresos de pequeños y medianos productores, lo que dificulta que haya unas estrategias nacionales de sembrado, empaquetado y comercialización, pero al volverlo cadena sería más sencillo el manejo, explica Lorena Parra, directora de Planeación de Fenalce.

“Aquí están todas las áreas para crecer, pero nos toca fortalecer las asociaciones convencerlas de que el fríjol es una alternativa importante”, puntualiza Trujillo. Y es que gracias a la asociatividad se han creado marcas propias para vender la leguminosa y así obtener mayores ganancias.

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El mayor reto que tienen estos emprendimientos es el de posicionarse en el mercado, pues son pocos los recursos que pueden destinar a la publicidad y posicionamiento. Ese es el caso de asociación de Gutiérrez (Cundinamarca), que lleva seis años con la marca Don bolo y se puede encontrar en redes sociales como Asofrisagut.

“El fuerte del mercado son las compras públicas para el ICBF y el PAE. Ahora estamos buscando otras formas de vender porque la mayoría del producto va a centrales mayoristas u otras empresas más reconocidas. Nuestra ventaja es que siempre ofrecemos producto fresco porque vamos comercializando y vamos produciendo”, cuenta Vizcaíno.

Las variedades del fríjol

Finalmente, es importante que el país apueste por este alimento debido a su relevancia para la seguridad alimentaria, gracias a su contenido de fibra y proteína. Además, es una leguminosa con múltiples variedades, lo que facilita su producción en todo el país:

  • Bola roja: se cultiva principalmente en el Huila y Tolima.
  • Calima: se encuentra en mayor medida en el Valle del Cauca, es reconocido por su aspecto manchado.
  • Fríjol Caupí (cabecita negra): Osorno resalta que no es como tal fríjol sino más como un pariente de este, aunque también es una leguminosa. Por su resistencia al calor se da especialmente en la Costa Caribe.
  • Cargamanto blanco y rojo: se da en Antioquia, Huila y Cundinamarca. Este solo se come en Colombia y nadie más lo produce en el mundo. “Tenemos que asegurar que siempre vamos a tener un abastecimiento de esa variedad para el consumo del país y a un precio razonable”, concluye Osorno. 

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