“Cuando de repente en la vida llega una palabra jamás/ antes pronunciada, /una densa marca nos recoge en sus brazos…”.
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Álvaro Mutis escribió estos versos en 1953. En ese momento, el escritor colombiano hablaba del poder de las palabras en un mundo que, desde la visión de su personaje icónico (Maqroll El Gaviero) siempre estaba en perpetua destrucción: una eterna nostalgia por lo que nunca terminó de ser, si se quiere.
Y si bien la palabra que Mutis invocaba en los albores de la noche quizá nunca fue suspensión, aplazamiento o crédito, los versos del escritor vienen bien para escrutar el dilema económico de estos días que, como en otros momentos, pende de un fino hilo semántico para sus provechos políticos.
Hablamos acá de la posibilidad de que el país pierda el acceso a la línea de crédito del Fondo Monetario Internacional (FMI), un instrumento que ha estado disponible para Colombia desde 2009 y que sólo se ha usado una vez, por US$5.400 millones (en los días más densos de la pandemia).
En casi todos los asuntos, pero en temas crediticios quizá más que en otros, el lenguaje es vital. Entonces puede no ser una suspensión (la tesis que defiende el Gobierno), pero lo cierto es que, como anotan analistas, los recursos de esa línea de crédito no se pueden usar hoy si se quisiera. Entonces de pronto se habla de aplazamiento.
La línea sigue activa, sólo que está supeditada a una revisión algo más exhaustiva de parte del FMI. El asunto se entiende mejor explicando de qué crédito estamos hablando.
Un salvavidas
“Esta es una línea de crédito flexible”, explica Gonzalo Hernández, economista y exviceministro Técnico de Hacienda (gobierno Petro, bajo José Antonio Ocampo). “Y que sea flexible implica que una vez la otorgan no hay condicionamientos para su uso. Es una de las mejores líneas de respaldo del FMI. El monto se ha ido ajustando. Se puede emplear para enfrentar choques adversos que pongan en riesgo la liquidez y la estabilidad de las cuentas externas del país ”
El instrumento lo han tenido países como Polonia, México, Chile, Perú y, más recientemente, Marruecos. Y se la otorgan a países con una solidez institucional. Este punto es clave, pues es uno de los argumentos del Gobierno: que Colombia la tenga habla bien de la evaluación que hacen organismos internacionales sobre la estabilidad de la economía, pero también de la seriedad para manejar las cuentas.
Hace algunas campañas presidenciales, la pelea de ego entre candidatos era por quién había sido mejor ministro de Hacienda. Más allá de la palabrería de pelea de patio escolar, el ejemplo sirve para ilustrar una cosa: Colombia se ha destacado por ser seria con sus deudas y, en general, por tener un manejo económico sensato, a pesar de vivir entre las balas y el narcotráfico.
Lo preocupante de lo que está pasando con el FMI es que, hasta cierto punto, este supuesto comienza a tambalear. Esto no quiere decir que el panorama económico esté drásticamente afectado. Tampoco es por ahí la cosa. Hay indicadores macro que dejan respirar con algo más de tranquilidad: la salud de la balanza de pagos, la disminución del déficit en cuenta corriente, el aumento gradual en las reservas internacionales del país. Todos elementos que permiten pensar en que el país puede ajustar un choque externo con algo más de holgura, quizá.
Hasta ahí, bien. Pero el problema llega por el lado del déficit fiscal: esto es la diferencia entre los ingresos y los gastos, en palabras simples. Y es acá que las cuentas parece que no le cuadran mucho al Fondo Monetario.
Para 2024, el déficit fiscal del país se estimó en 6,8 % del PIB. Si se mira la última década, este es el peor dato de su tipo, excluyendo los días de la pandemia. Este sólo punto de comparación ya da cuenta de la gravedad del escenario: que toque mirar a la peor crisis económica y social de nuestra era, no sólo en Colombia sino a nivel global, habla elocuentemente de la profundidad del hueco.
La línea se aprueba por dos años. La última aprobación fue en 2024, con vigencia hasta 2026. Al final de cada uno de estos periodos hay revisiones, pero también las hay a mitad de camino, por decirlo de una forma. Las advertencias del Fondo por el panorama fiscal del país llegan como parte de esta última instancia.
Las consecuencias de perder la línea del FMI
“Es cierto que se tomó un crédito de esa línea flexible por US$5.400 millones durante la pandemia y es cierto que se han honrado los compromisos. No por eso deja de ser una mala noticia la del FMI, al evitar que hoy se pueda usar la línea, hasta que culminen todas las revisiones técnicas. Y sí estamos en riesgo de perder ese acceso a la línea de crédito flexible si no se corrige el rumbo de las finanzas públicas. Sería grave en medio de la incertidumbre internacional y por los mensajes que envía a todos los inversionistas que compran deuda soberana de Colombia”, argumenta el exviceministro Hernández.
Por su parte, Marc Hofstetter, profesor de la U. de los Andes y columnista de este diario, asegura que lo que está pasando con el FMI es una especie de preludio: “En esencia lo que nos están diciendo es: quiero ver un plan para poder seguir contando con la línea”.
Lo que los analistas dicen es que el Fondo abrió un compás de espera para ver si las condiciones estructurales que motivaron este aplazamiento (o suspensión) se corrigen. “Pero el temor de fondo del FMI es que el Gobierno levantara la mano ahorita y dijera que iba a usar la línea, que está por unos US$10.000 millones. Y por eso no dejan que la use, hasta que no vean un plan razonable de cómo se van a ajustar las cuentas”, añade Hofstetter.
Este punto puede verse desde dos perspectivas: o se corrigen los desbalances que está observando el FMI o, básicamente, el panorama fiscal se sigue deteriorando. Pero, en todo caso, no son buenas noticias en el frente de la credibilidad pública del país, eso que llaman imagen. Y que pesa bastante en un año preelectoral en el frente doméstico, pero que lo hace de forma constante en el externo, de cara a los inversionistas.
Bajo datos de algunos analistas, la reciente emisión de deuda que hizo el país por US$3.800 millones se hizo con tasas de interés más altas que las de Turquía, un país con una inflación que roza 40 % actualmente, por ejemplo. Es por ahí que tener las cuentas en orden importa, más allá de las peleas en tinta y ondas radiales sobre si es aplazamiento o suspensión.
“Si perdemos la línea, habría una desvalorización de títulos de deuda del Gobierno. Pero también llevaría a más presión fiscal, pues las próximas rondas de financiamiento van a salir más caras”, argumenta Hofstetter.
¿Cómo conservar la línea de crédito del FMI?
La palabra mágica, aunque desagradable, en este momento es: recorte, de presupuesto.
“La suspensión temporal de la línea de crédito flexible está atada a los riesgos en el frente fiscal. Si el Gobierno nacional no anuncia un nuevo recorte presupuestal en los próximos dos meses, lo más probable es que el FMI decida que las condiciones macroeconómicas del país no están dadas para que Colombia mantenga esa línea, que está destinada a países con fundamentales macroeconómicos sólidos”, argumenta Luis Fernando Mejía, director de Fedesarrollo.
En esto está de acuerdo César Pabón, director de investigaciones económicas de Corficolombiana, quien dice que “el mensaje del Fondo fue muy claro: le doy un compás de espera. Pero sí creo que la decisión final está supeditada a un recorte”.
La conversación sobre un nuevo recorte presupuestal ronda incluso desde antes del aplazamiento de gasto por $12 billones que se aplicó a principios de este año luego de la caída de la ley de financiamiento en el Congreso.
Para este punto, varios cálculos ubican un nuevo recorte entre $30 y $40 billones si, de verdad, se quieren ajustar las cuentas entre lo que está entrando a las arcas del Estado y lo que sale de ellas.
El panorama ciertamente no se ve alentador: según datos de Corficolombiana, los datos de recaudo de enero y febrero están por debajo de un escenario en el que tocaría recortar unos $26 billones más del presupuesto nacional.
En otras palabras, el tamaño de la tijera debe crecer si se busca atajar el problema de raíz. Y por ahí es por donde los cálculos comienzan a acercarse a los $40 billones: “$28 billones adicionales al aplazamiento de $12 billones, que deben ser efectivamente recortados”, dice Mejía.
Si bien siempre es complejo hablar de recortes presupuestales, hacerlo en este momento puede ser algo más delicado “porque estamos en un año preelectoral, es un pésimo contexto para hablar de esto. Si no se hizo antes, con el ministro Guevara, cuando era un mejor momento, dudo que se haga ahora”, dice Pabón.
¿Hay forma de esquivar un recorte y salvar la fachada frente al FMI? Los analistas consultados coinciden en decir que no. Un nuevo recorte es inevitable.
Sin embargo, algunos ven la posibilidad de que, de pronto, se pueda hacer gradualmente, pues para nadie es un secreto que sacar un borrador de $30 billones para el presupuesto nacional es tan inconveniente, como doloroso y complejo.
Pero al final del día, las acciones del Gobierno serán juzgadas desde la balanza de la confianza del FMI: una conversación que girará en torno a creer o no en la palabra (y en el plan que la soporta).
Una palabra, como escribió Mutis en ese poema que, por cierto, hacía parte de un libro cuyo título suena algo siniestro para este momento: “Los elementos del desastre”.
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