El avión pasaba tan bajo que parecía rozar el tejado de losas rojas del local.
Magda Rincón estaba ahí, con el delantal puesto sobre una estructura menuda, de apenas un metro con cincuenta y ocho. Tenía las manos entre mesas, masa y cuentas, y unos ojos oscuros que seguían el descenso de los Airbus de Rionegro mientras bajaban uno tras otro hacia el aeropuerto. Detrás de ella, dentro de Volare —la pizzería que montó con su esposo John en el oriente antioqueño—, olía a queso, harina y derrota. Una derrota que todavía no terminaba de acomodarse.
Esperaba una llamada de Latam Airlines. Pero no llegaría ni esa semana ni la siguiente. Tampoco al mes entrante.
Ultra Air, donde trabajaba, había comenzado a dar tumbos financieros dos meses antes, justo cuando Magda acababa de apostar por una certificación para volar un A320; una deuda que ahora cargaba en la espalda como un pecado en forma de crédito bancario. La aerolínea terminó cerrando operaciones a principios de 2023.
Magda no estaba arrepentida y nunca podría afirmarlo, dicen quienes la conocen, porque había vivido más de dos décadas en pájaros de acero y su nombre, poco conocido para el público general, estaba en los libros de historia de la aviación colombiana.
Ahora dependía de algo mucho más difícil que pilotar un avión. Esperar.
El mundo apenas volvía a la vida tras el cataclismo de la pandemia. No había remedio. De modo que mientras el sueldo desaparecía y el banco seguía ahí, puntual, sin interés por quién había sido ni quién sería después, por primera vez sentía que toda su lucha se quedaba sin alas. Lo suficiente para que una teniente coronel retirada con miles de horas, quien pasó a la historia como la primera piloto en volar un Gavilán, terminara al frente de una pizzería en Rionegro.
Seis meses duró la incertidumbre. Al otro lado de la línea estaba Diego Ospina, jefe de pilotos de Latam. “No hay vacantes”, le dijo. Ella pidió una oportunidad, y él le prometió una, pero debía prepararse y esperar. Entonces Magda y John hicieron lo que sabían hacer: trabajar. Él en el horno, ella en el mostrador.
Los aviones pasaban sobre el techo cada tanto, y Magda los seguía con la mirada como había aprendido a hacer desde niña en Duitama, cuando todavía no sabía qué era un avión más allá de una silueta que cruzaba el cielo por encima del altiplano cundiboyacense.
Perteneció al grupo de mujeres que abrió una puerta en el cielo que llevaba cerrada casi ochenta años. Ahora ninguna de esas victorias servía para convencer al teléfono de sonar.
La niña de Maribel
Duitama, 1996. Una ciudad que entonces todavía se comportaba como pueblo: calles empedradas en el centro, frío de páramo, los mercados campesinos y la ruana boyacense. En Boyacá suelen bromear con que esa tierra solo produce curas y militares. Magda Rincón tenía dieciséis años, estudiaba en un colegio de monjas y sus opciones seguían aquel destino premonitorio.
Maribel Rivera, su madre, había sembrado ese interés. En vacaciones, desde los nueve años, la mandaba a Cartagena, donde el tío que servía en la Armada, y fue allí, entre las ceremonias, la etiqueta y el caché de los uniformes, que la rigidez y el servicio público condicionarían su respuesta ocho años más tarde.
A comienzos de ese año llegaron al colegio un coronel y un oficial de la Fuerza Aérea. La institución abría por primera vez en su historia un curso regular de mujeres oficiales.
Magda escuchó eso y rememoró aquel momento en que su madre le dijo que si no salía de Duitama, no iba a ser nadie. Pero la plata no alcanzaba para la inscripción.
Entonces intervino su tío.
“Magda, yo tengo la plata de la carrera de la hija mía, que ella quiere estudiar medicina. Pero a ella le faltan unos años para salir del colegio”, le dijo. “Yo se la voy a dar; pero usted, cuando salga graduada, me la tiene que regresar para que Diana, su prima, pueda estudiar”.
Magda aceptó la misión.
Viajó a Tunja a presentarse. Pruebas físicas, exámenes médicos, conocimiento. Se había preparado con un entrenador desde el colegio, corriendo los 3.200 metros con cronómetro en mano, haciendo flexiones y abdominales hasta que el cuerpo aprendió a no protestar.
En diciembre llegó a su casa un telegrama: “Ha sido aceptada”. Debía presentarse el 13 de enero en CATAM, Bogotá, y de ahí montar un Hércules a Cali.
De novecientas mujeres en todo el país, escogieron a treinta y cuatro.
En su colegio, doce amigas se habían inscrito juntas. Una a una se fueron. Al final, Magda se vio sola, y en ese punto ya no podía echarse atrás.
La serenata
CATAM, 1997. El 13 de enero, Magda llegó al comando aéreo con diecisiete años y una maleta. Sus padres la acompañaron hasta la puerta, pero la puerta era ya otro mundo: uno de botas lustradas, voces cortantes y aviones rugiendo sobre la madrugada.
Maribel, antes de irse, habló con el comandante de la Escuela Militar. “¡Le entrego a una niña de su casa!”, dijo con voz áspera. “No le estoy trayendo aquí una persona maleducada ni nada, sino correcta en todo el aspecto de la palabra”. Y se fue.
Lo que encontró adentro Magda era una escuela de quinientos hombres que, por primera vez, recibía a treinta y cuatro mujeres. Todo el mundo tenía los ojos puestos en ellas. Pero la Fuerza Aérea todavía no terminaba de aprender a recibirlas.
Los primeros tres meses fueron de formación militar pura: instrucción de combate, polígono, historia militar, supervivencia en campo. Las llevaron cinco días a un área boscosa cerca de Cali. Les enseñaron a moverse en ella. A Magda le gustó.
En las noches, sin embargo, afloraba la nostalgia.
No había dormido antes lejos de su casa, y en las noches el silencio del complejo militar tenía una densidad particular: era el momento en que se cumplía el pacto implícito en el que las que lloraban descargaban el diluvio contra la almohada, y las que no, pensaban en el mismo punto fijo hasta que el sueño vencía.
Magda llamaba a Maribel. Le decía que no aguantaba, que se quería ir. Mamá le daba ánimo, pero cuando el pesimismo arreciaba, fulminaba: “Usted no me va a hacer perder la plata”.
Tratando de calmar las aguas, los alféreces, los estudiantes de grados superiores, les dieron una serenata. Cantaron canciones que recordaban el tiempo y la distancia, pero que a la vez recordaban que ese esfuerzo se compartía y que no estaba sola.
—Quiero recordar esta noche / momentos que no volverán / y hacer de aquellos poemas / tristes como una oración… —tararea Magda, con una voz que se suaviza y deja entrever el eco de la joven de diecisiete años.
Eso no lo ha borrado ninguna instrucción.
Tampoco el primer dolor emocional: no estuvo cuando nació su hermano menor. Su mamá tampoco habría de acompañarla, tiempo después, a su juramento de bandera. “Es algo que me marcó”, dice Magda. Maribel cargó el mismo peso desde el otro lado: “Lo único que me quedó fue llorar”.
La primera marca corporal llegó poco después: a un superior no le gustó cómo se veía el gorrito azul sobre el cabello largo y mandó a llevarlas a peluquería. Pero en la peluquería de la base no atendían a mujeres. Así que a Magda le bajaron el cabello, le sacaron patillas, la dejaron como un muchacho con piel de porcelana sin un centímetro por fuera del gorrito.
—¿En qué me metí? —se decía mientras apretaba sus ojos para exprimir la última lágrima que le quedaba.
Más pronto que tarde llegó el choque. Al comienzo, cuando tocaba entrenamiento físico por faltas cometidas, los separaban. Y eso molestó a los compañeros: sentían que a ellas les exigían menos. Las mujeres lo entendieron rápido. Si iban a estar ahí, debían estar bajo la misma regla: pidieron que las integraran con los hombres y que el entrenamiento fuera igual para todos.
Cuando empezaron a sufrir a la par, empezó a cambiar el aire entre ellos.
En julio del 2000, ad portas de la graduación del Curso 73, se oyó un análisis: “¿Por qué los hombres no hemos permitido que las mujeres adquieran el entrenamiento para desempeñarse en las actividades que tradicionalmente solo nosotros hemos desarrollado?”. Era el Mayor Camilo Bernal; decía en voz alta lo que pocos oficiales se atrevían a decir.
El día del juramento de bandera le pusieron a Magda un arma en la mano. A partir de ahí: formación académica y militar y los primeros contactos con la aviación. El anzuelo.
—Como mujer, yo quería ser militar antes que ser piloto —recuerda.
Para lograrlo, debía demostrar, una y otra vez, que no estaba allí por cortesía sino por mérito.
El casete
Cuando comenzó la instrucción de vuelo, Magda subía al avión con su instructor y las maniobras salían, los procedimientos respondían. El instructor se bajaba satisfecho.
Pero cuando llegaba el inspector de chequeo, el que decidía si seguía o no seguía, algo ocurría en la cabina de mando. Los dedos se engarrotaban en los controles. La mente se vaciaba. Era como si alguien apagara una palanca.
“Es como si se le borrara el casete”, decía su instructor a la psicóloga militar, desesperado.
Sus alas estuvieron en juego. Y con ellas, la carrera de medicina de su prima Diana.
Trabajó meses con la psicóloga. Técnicas para reconocer las señales del pánico antes de que el pánico tomara el control. Aprendió a separar el miedo real del miedo imaginado. A respirar dentro del miedo en lugar de huir de él.
El día del chequeo definitivo, se encomendó a Dios, subió al avión con el inspector, hizo los procedimientos y aterrizó.
Nadie más que el cielo supo lo que había costado lograrlo.
De las treinta y cuatro que empezaron, llegaron dieciséis a la graduación del año 2000. De ellas, las primeras siete pilotos militares de Colombia, “las pioneras” del 73.
Hoy, un cuarto de siglo después, las mujeres representan el 27,6 % de la Fuerza Aeroespacial Colombiana.
Dos centímetros
Cuando las graduaron en el año 2000, las pilotos fueron trasladadas juntas a CATAM y comenzaron instrucción en transporte militar.
A Magda le asignaron un Fairchild Merlin SR-26, transporte de personalidades especiales. Sumó horas. Voló misiones en las plataformas de inteligencia C-26. Movió carga, personal, hizo soberanía en zonas críticas del país. Acumuló una trayectoria que pocos pilotos, hombres o mujeres, podían igualar.
Dos años después de graduarse, la Fuerza Aérea evaluó la posibilidad de que las mujeres pasaran a combate. Los aviones T-27 Tucano y T-37 Tweet. Comenzaron las mediciones de cabina: ergonomía, alcance de controles, proporciones corporales.
Magda, de 1,58 metros, era la más bajita del curso. La primera medición fueron las piernas para los pedales: pasó. El tronco: pasó. Cabeza: pasó. Se fue relajando. Lo último fue el brazo.
Le faltaron dos centímetros.
“No puede ser que por dos centímetros no pueda”, se dijo, en medio de las bromas.
Su instructor le consiguió un cojín especial para compensar el alcance. Pero la medida ergonómica era la medida, y ningún cojín cambia la anatomía de un brazo.
—Ahí murió mi sueño de ser piloto de combate.
De “las pioneras”, Johana Herrera era la que más quería volar combate, una de sus mejores amigas; apenas cumplió los requisitos, la trasladaron a Palanquero.
Magda continuó en transporte. Le asignaron el CASA CN-235, más grande. Plena época del proceso de Paz de Pastrana, la zona de distensión con las FARC en San Vicente del Caguán. Voló día y noche, desde Bogotá y desde Villavicencio. En ese ritmo acelerado, sumó horas rápido. Para finales de 2003, ya tenía las mil horas requeridas para ascender a comandante.
Había una carrera. Todas lo sabían. De su desempeño dependía que la Fuerza Aérea decidiera abrir o cerrar los procesos de comandacia de aeronave femenina.
Magda fue elegida.
No hubo discursos sobre la equidad de género ni coronas de laurel en el hangar. El alto mando simplemente eligió a la piloto que actuaba al milímetro.
"Cuando a ella la someten a ser la primera comandante, la primera en recibir autonomía de todas las mujeres pilotos, siento que lo hizo con determinación, siento que lo hizo convencida de lo que podría lograr", recuerda la coronel Luz Franco, hoy directora de la Escuela Militar de Aviación. “Y todos estaban mirando si lo lograba, si fallaba, si tal vez la fuerza tenía que esperar un poco más”.
Como recompensa por su perfección, la orden del día le entregó un pasaje de destierro hacia un lugar al que, recordaría Magda, nadie quería ir.

En el “planeta rojo”
GAORI. Grupo Aéreo del Oriente. Un punto ciego en la frontera profunda donde la instrucción militar ponía a prueba la resistencia de sus oficiales y donde el viento llanero parecía evaporar los privilegios de la capital. Junto con Tres Esquinas en Caquetá era uno de los destinos más duros. Sin señal de celular, sin internet. Tres meses continuos en la base, quince días afuera, mínimo tres años de permanencia para oficiales solteros.
Magda estaba soltera. Tenía veinticuatro años. Dijo que sí sin pensarlo. “Si la mandan a volar un pájaro, ella va”, esgrime su madre Maribel. Y así fue. Le asignaron el Gavilán G358, monomotor de fabricación colombiana. Fue la primera mujer en volar ese equipo para la Fuerza Aérea. Hoy ese mismo Gavilán descansa en el Museo Aeroespacial Colombiano en Bogotá, con una placa que lleva su nombre.
Cualquiera que aterrizara allí lo hacía sabiendo que su vida entera debía caber en lo estrictamente necesario dentro de una maleta de lona.
Al pisar, la tierra lo explicó todo: roja, encendida, con ese color que viene de tener demasiado hierro adentro. En la llanura del Vichada el sol no tiene dónde esconderse. Pega directo sobre el pastizal, sobre la pista, sobre las paredes de la base, y la tierra roja lo devuelve amplificado. En la distancia, los morichales se doblan con el viento y los chigüires cruzan la sabana a la misma hora de siempre, indiferentes a la historia bélica del país.
El Planeta Rojo. Así bautizaron ese aislamiento.
Fuera del uniforme, Magda se transformaba: sus compañeras la recuerdan como una mujer alegre, amigable, que se apuntaba sin dudarlo a escuchar música, bailar o tomarse algo para sacudirse el desierto. Pero al ponerse el overol de vuelo, su voz, habitualmente relajada y de tonos pausados adquiría una rigidez de mando que no admitía réplicas.
En el Planeta Rojo lo que más pesaba no era el aislamiento físico. Era el silencio de los suyos. Nadie que la hubiera visto parapetada en esa armadura de disciplina, resistiendo sin quebrarse los golpes más duros de la vida militar, habría imaginado hasta qué punto podía dolerle la distancia de su familia.
“Una cuando entra a la escuela militar, y más como mujer, carga con una presión psicológica invisible pero constante. Todo el mundo está pendiente, esperando a ver si te equivocas o si flaqueas”, dijo Laura Álvarez, compañera del GAORI en esos años.
En Duitama, la espera desgastaba el ánimo. Cada vez que las noticias mencionaban un atentado contra un avión de la Fuerza Aérea, Maribel escuchaba en radio el número de la aeronave. Si era de los mismos que volaba Magda, el corazón se le iba.
Había un solo teléfono público en la base. Las filas de día eran largas. Magda iba de noche. Compraba su tarjeta. Llamaba. El corazón volvía.
Así se soportaban los tres meses. Luego, la ida a casa: de la base a Bogotá. De Bogotá a Duitama. Le esperaban los envueltos, las mazorcas, las arepitas de maíz de Maribel. Quince días de eso. Después, el camino de vuelta: la pista de Marandúa: la tierra roja de ese llano en llamas que ya reconocía como propia.
Magda acumuló 800 horas en esa aeronave en tres años y medio, volando rutas de hasta tres horas hacia Arauca, sobre un paisaje de ríos multicolores, de cimarrones y llaneros en caballos. No olvida la coloración anaranjada que se infla en el cielo a la hora en que Colombia todavía no ha decidido si será bélica o pacífica. Nunca lo ha visto igual en ningún otro lugar.
La orden de vuelo decía lo de siempre
Puerto Carreño. Regreso. Nada más.
Lo único inusual era que no tendría instructor a bordo. Era su primer vuelo de comandante del Gavilán, un logro histórico para la Fuerza Aérea.
Magda leyó el papel, hizo su lista de verificación, subió al Gavilán y despegó sobre el Vichada en la mañana del 8 de marzo de 2004. Abajo quedaba Marandúa con su tierra roja y mineral.
Aterrizó en Puerto Carreño. Cumplió la misión. Despegó de regreso.
Cuando tocó pista en el GAORI, vio el mundo de gente en medio de granadas de humo con la bandera de Colombia. Sus comandantes habían organizado la ceremonia. Disfrutó el momento con una tía y una prima. Maribel no pudo asistir. La difícil situación económica de Colombia la empujó a rebuscarse la vida en Panamá.
Cuando el reloj dio la noche, corrió al teléfono público. Estaban conectadas por un mismo llanto de línea a línea.
—Me decía que tanto sacrificio había valido la pena —recuerda Magda con la voz quebrada.
Nunca le contó a su madre todas las maduras que vivió en el cielo. Le daba pánico volar el Guaviare, donde la selva se traga la luz con árboles de más de treinta metros y un fallo equivalía a que nadie la iba a encontrar. En una ocasión el motor sí falló. Su compañera de cabina sufrió un ataque de pánico y se congeló en los mandos, con las manos engarrotadas y los ojos vacíos. “Mío el avión”, le gritó Magda. Reaccionó como pudo, destrabó los controles y viró cuarenta y cinco grados en un descenso de emergencia sin flaps para encajar el Gavilán directo en la pista del GAORI. Si caían un metro antes, no vivía para contarla. Cuando las ruedas tocaron tierra y el peligro cesó, el cuerpo pasó la factura: las piernas le temblaron de un modo tan incontrolable que fue incapaz de presionar los pedales para carretear el avión hacia el hangar.
—Por eso prefería que estuviera tranquila —dice.
Años después, cuando le echó el cuento, Maribel reaccionó exactamente como Magda había imaginado. “Sí ve, sí ve, y usted volando esos aviones viejos”, recuerda, y se ríe.
El espejo del Cesar
En 2015, Magda estaba asignada en Barranquilla cuando avisaron de un accidente. Un avión militar CASA CN-235 cayó a tierra en el municipio de Agustín Codazzi, en el departamento del Cesar, por una falla en el motor. Se produjo a eso de las cinco de la tarde. Perdieron la vida once militares. Magda estaba de la base más cercana en helicóptero. El equipo de investigación de accidentes, con ella adentro, fue el primero en llegar.
La copiloto de ese avión era una mujer.
—Nunca me había tocado ver a una mujer, una igual a mí, con mis mismos sueños, muerta en un accidente aéreo militar —dice Magda.
El impacto la sumió en un estado de shock que duró dos días: vio su propio uniforme, su propia silueta y su propio destino truncado en la tierra del Cesar.
Esa noche resolvió quedarse en el perímetro, custodiando los equipos especiales del avión destruido hasta que el personal forense de Bogotá llegara al amanecer para la extracción de los cuerpos.
—Ese mismo dolor, en lugar de frenarnos, nos daba más herramientas y más ganas de seguir trabajando y volando por esa Colombia que uno quiere —dice mientras reposa sus ojos oscuros en el mismo punto fijo de la pared—. Siempre he dicho que en Colombia, por el conflicto, nos hemos vuelto indiferentes. Y eso no es solo de los militares.

Las estrellas
En su fuero interno, Magda quería ser general de la República.
Era un sueño enorme: las estrellas, la cúpula, transformar cosas desde adentro. Pero sus hijos crecían. Y en la Fuerza Aérea, para ir a Panamá a ver a su mamá, tenía que tramitar permiso con cuarenta y cinco días de anticipación, sujeto a cancelación por acuartelamiento o alteración del orden público. El Estado le administraba el tiempo y la nostalgia.
“Usted no va a ser general de tres soles porque allá hay que tener mucha rosca y nosotros no la tenemos”, le dijo Maribel. Detrás de esos motivos, estaba el miedo acumulado en años: “Siempre los mandaban a lo más feo, los mandaban a lugares que eran muy peligrosos”. Cada avión que caía en las noticias era una cuenta regresiva. “Ya no más, Magdita, ya no más esta angustia, que yo ya no la aguanto más”.
Firmó su solicitud de baja en el año 2020. Lo vivió con lo que ella define como un guayabo emocional espantoso, una tusa real que le dolió en el centro del pecho. Dejaba atrás veinticuatro años de vida militar. Veinticuatro años de overoles tácticos, de visores nocturnos operando sobre la densidad de la selva, de motores que se apagaban en el aire y de vigilias fúnebres junto a fuselajes destruidos. Metió todos esos recuerdos en la misma maleta de lona con la que había salido de Duitama y se los llevó al mundo civil.
—Yo solté ese honor por los míos —dice sin arrepentimientos.
—¿Qué tuvo que soltar para estar hoy donde está?
—Nada —respondió—. Si no me equivoco, soy la única mamá de las pilotos de Latam. Las mamás no quieren tener hijos por el ritmo de vida. Pero este sueño que tanto anhelamos no puede impedir el otro sueño.
Mateo tiene doce años. Simón, nueve. En las noches que toca dormir lejos, ella aparece en videollamada revisando tareas, solucionando lo que haya que solucionar, sacando tiempo de donde no hay. Los fines de semana que puede, vuela a Rionegro para no perderse los partidos de fútbol y ponerse al día de su búnker de resistencia, la pizzería Volare.
Y cumplió la promesa con su tío. Desde que se graduó como subteniente y empezó a recibir sueldo, mes a mes abonó a la deuda. Le tomó trece años —cuatro como subteniente, cuatro como teniente, cinco como capitana— terminar de pagarle la carrera completa. Años después, a su tío le diagnosticaron cáncer de garganta. Magda le pagó antes de que falleciera, y alcanzó a agradecérselo en persona. Diana, la prima cuyo sueño era estudiar medicina, esperó por ella, terminó estudiando la carrera y ahora tiene su propia clínica en Bogotá.
La silla derecha
Rionegro, 2023. Despidió a sus hijos para el colegio como de costumbre. Mensaje recibido en el correo electrónico. “Remitente: LATAM Airlines”. John, quien seguía en casa, fue el primero en enterarse de que Magda volvería a tocar el cielo. El orgullo del logro y el miedo del examen de chequeo posaron en los hombros de Magda.
Lo que vino después fueron días de evaluaciones, uno detrás de otro, con apenas tres o cuatro de diferencia. Cuando menos vio, ya portaba el uniforme.
La primera promesa que pagó fue la certificación del A320.
Hoy continúa en LATAM como copiloto, la silla derecha. Pasó de teniente coronel con veinticuatro años de institución a apoyar comandantes jóvenes.
La psicóloga de selección de Latam se lo preguntó directamente: “¿Cómo va a manejar eso?”.
—Uno tiene que empezar por donde se debe empezar —respondió.
Jamás había volado un jet comercial en línea regular. Tenía todo por aprender de quien estuviera en la silla izquierda, tuviera la edad que tuviera.
Es una tripulante tranquila, conversadora y de trato relajado con los auxiliares. Pero en sus medios tiempos, cuando se para al frente del tablero para dictar los talleres de Crew Resource Management a los pilotos jóvenes que aspiran a ascender a comandantes, su corporalidad cambia. Su estatura de 1,58 metros se agranda y su voz recupera el metal de la oficial del GAORI.
Pregunta por emergencias que se pudieran presentar en vuelo. Silencio. Entonces Magda lanza un dardo más cotidiano:
—¿Cómo reacciona usted si lo van a robar en la calle? Transpórtelo al avión si le falla un motor: el autoconocimiento es lo único que evita que la mente se quede frizada en la cabina.
Lo dice desde el Gavilán sobre el Guviare, desde la compañera engarrotada en los controles, desde la noche en el Cesar arrimada al fuselaje destruido.
Un capitán de Latam se lo dijo una vez: “Magda, cuando la veo abajo es pasiva y tranquila. Pero cuando se para en la clase y sube el tono de voz, uno dice: esta mujer sabe demasiado”.
Antes de cada chequeo, aplica lo que le enseñó la psicóloga, pone música de relajación la noche anterior y duerme temprano. Los nervios en el estómago, admite, no han desaparecido.
—Si lo mío les sirve, inténtenlo, háganlo —les dice a sus alumnos, sin pretender que su método sea el único—. No está de más.
Sabe, sobre todo, que ese conocimiento costó demasiadas vidas como para permitir que se olvide en un aula de clase.
El pasado Día de las Madres, Magda sintió una nostalgia que no cupo en el pecho. Llevaba años sin poder abrazar a Maribel en esa fecha. Le dijo a su esposo John y a sus niños: “vámonos”. Pusieron un tiquete y volaron a Panamá de sorpresa.
Sin tramitar permiso ante ninguna burocracia. Sin esperar 45 días. Sin pedirle permiso al mundo.
Y justo antes de cruzar la puerta del avión, como siempre, se encomendó a Dios. Le pidió que se presentara por delante de ella.
Después de tantos años mirando el cielo, por fin pudo escoger cuándo volver a casa.
Maribel abrió la puerta y se puso a llorar.
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Tayrona(31467)•Hace 1 horaHermosa historia de superación y persistencia. QAP en los cielos y 73!!!.
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Usuario(msuz0)•Hace 58 minutosGracias quiero dejar un legado para las mujeres que anhelan estar en la aviación.
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Edgar(22146)•Hace 4 horasQue lindo relato y experiencia de vida. Amor propio y ganas de triunfar. Muy merecido. Felicitaciones Magda.
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Usuario(msuz0)•Hace 58 minutosGracias
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