Análisis

Miedos y expectativas: el futuro después del encierro

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Nuestras sociedades están convencidas de que pueden aprender del pasado para avanzar hacia el futuro, corrigiendo sus errores. Las crisis alteran esta convicción y nos obligan a cuestionarnos.

La pandemia puso de manifiesto los límites de la interdependencia económica cuando nos dimos cuenta de que no teníamos una producción interna de herramientas esenciales.

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Para enfrentarla, cerramos nuestras sociedades y congelamos las normas sociales básicas de la convivencia (incluso las convenciones más simples como el darse la mano al saludarse). Por encima de todo, la crisis nos ha enfrentado a la incertidumbre.

Sin embargo, la crisis no nos exime de la titánica tarea de repensar, cambiar y reiniciar. El futuro próximo es un camino de construcción colectiva en el que las familias, las empresas y las instituciones tendrán que tomar decisiones cruciales.

Para tratar de entender, como científicos sociales no tenemos otra solución que cuestionar la realidad con nuevas preguntas. Esto hicimos entre un grupo de científicos internacionales, a través de una financiación de Open Evidence-BdI Schlesinger, con la cual pudimos seguir una muestra de italianos, españoles y británicos del 24 de abril al 20 de mayo.

Con ligeras diferencias, en los tres países, el bloqueo está teniendo un fuerte impacto en la salud mental, en los mecanismos que subyacen a nuestras decisiones y en la vida social y, sobre todo, ha creado un clima de expectativas negativas y de temor sobre el futuro próximo.

Un primer ingrediente para analizar son las expectativas. La economía es un complicado mosaico de planes para el futuro. Estos planes descentralizados plantean un problema de coordinación, por un lado, para evitar los cuellos de botella y, por otro, porque en los varios puntos del sistema se generan conocimientos, prácticas y problemas que hay que compartir.

En condiciones normales, nuestras economías son formidables máquinas de coordinación. La división del trabajo funciona a escala planetaria, gracias al desarrollo tecnológico, al sistema de precios y a los mecanismos institucionales formales e informales que nos aseguran frente a acontecimientos negativos idiosincrásicos o agregados, como por ejemplo el subsidio de desempleo o las políticas anticíclicas.

Las crisis rompen el juguete y las expectativas se vuelven aún más cruciales si queremos volver a colocar las piezas del rompecabezas. Invertir, comprar una casa, cambiar de trabajo, hacer negocios requiere apostar por el futuro. ¿Estamos dispuestos a apostar por el futuro en esta coyuntura?

Los datos están lejos de ser alentadores. En Italia, en 46 % de la muestra domina el pesimismo para 2021, lo mismo piensan 63 % de los españoles y 59 % de los británicos. Cuando se les pregunta sobre la recuperación y el retorno a la normalidad, menos de 10 % ve un punto de inflexión en los próximos tres meses, mientras que 39 % cree que se necesita un año, y 38 % incluso más de un año. Según 65 % de los italianos, 73 % de los británicos y 72 % de los españoles, la tarea de los políticos y técnicos que han sido investidos con funciones decisorias es reducir la incertidumbre y proporcionar una salida, más allá de imponer restricciones.

El segundo ingrediente clave son las emociones y, entre ellas, el miedo. Los ciudadanos de los tres países parecen tener grandes temores. Según los datos, incluso 90 % de los italianos, 92 % de los españoles y 90 % de los británicos ven probable o muy probable una depresión económica; 54 %, 63 % y 50 %, una restricción permanente de nuestros derechos y libertades y 76 %, 91 %, y 85 %, un nuevo brote de la enfermedad.

El miedo es una mala compañía. En el ámbito individual, se asocia con el estrés; es decir, con estímulos que superan nuestra capacidad de autorregulación, empeorando nuestra habilidad de razonamiento y llevándonos a menudo al error.

A escala colectiva, el miedo perturba el paisaje político. La filósofa Martha Nussbaum escribe que una sociedad debe organizarse en torno a la idea de la dignidad humana, en el doble reconocimiento de que somos individuos con necesidades físicas y materiales y somos personas cuyas capacidades nos distinguen de los otros animales.

La política del miedo niega esta doble realidad porque alimenta el estigma contra aquellos que son la fuente de nuestros miedos. La política que niega el miedo rechaza a su vez el doble reconocimiento, porque crea una jerarquía social entre los individuos considerados aptos para enfrentar los desafíos y los individuos que deben ser guiados.

La política del miedo y la política que niega el miedo son las dos principales narraciones que nos han acompañado durante más de una década, generando un formidable cortocircuito mediático. La tarea que tenemos por delante es volver a poner la dignidad humana en el centro, reconociendo que necesitamos protección, pero que tenemos la capacidad de tomar decisiones de forma consciente. Una política que escucha, pero que trata a los ciudadanos como adultos.

El tercer ingrediente somos nosotros mismos. El encierro nos ha marcado y quizá nos ha cambiado. En los últimos meses, las escuelas han sido cerradas con consecuencias tal vez muy graves para el aprendizaje y la formación de la nueva generación.

Nos hemos encerrado en nuestras casas para enfrentarnos a nuestros demonios, y hemos descubierto el agua caliente. Si bien la narración colectiva ha sido que la enfermedad no hace distinciones, nuestras sociedades desiguales han sobreexpuesto a las mujeres, que tienen la carga del trabajo no remunerado, y a los grupos vulnerables, que han tenido que vivir en menos espacio y con menos acceso a las distracciones.

De hecho, los datos nos indican que la depresión, la ansiedad y el estrés psicológico están claramente vinculados a algunos factores de vulnerabilidad que tienen una clara gradiente social y afecta más a las clases medio-bajas.

Estar desempleado, vivir con más personas en espacios reducidos, tener niños en edad escolar en casa o haber sufrido un choque negativo de ingreso aumentan el riesgo para la salud mental. Los datos nos dicen que en el mes que seguimos a los hogares, más de un tercio (37 %) de los italianos sacaron más de lo normal de sus ahorros frente a 36 % de los españoles y 22 % de los británicos. El 51 % de los italianos, 58 % de los españoles y 35 % de los británicos ha descuidado los contactos y relaciones clave para la carrera, el estatus social y la reinserción en el mercado laboral. Por último, el 23 % en los tres países ha aumentado los comportamientos de riesgo para la salud (sexo sin protección, baja adherencia al tratamiento médico, etc.).

Como resultado, el futuro nos espera con nuevas preguntas, pero también con nuevos problemas.

*Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la U. Nacional de Colombia.

**Open Evidence Research y Università Degli Studi di Milano.

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