Colombia llega al Día Mundial de la Alimentación en medio de grandes retos. Aunque se había avanzado en la reducción de la inseguridad alimentaria, El Niño, el terremoto del 10 de agosto y las desigualdades territoriales amenazan con revertir parte del progreso alcanzado.
En este contexto es clave revisar cómo se están produciendo los alimentos y qué ocurre con los sistemas agroalimentarios, que no están alimentando a todos los colombianos.
Sobre el tema habla Agustín Zimmermann, representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). En esta entrevista con El Espectador, explica por qué el futuro de la alimentación pasa por mejorar el acceso a los alimentos, fortalecer la agricultura familiar y aprovechar la biodiversidad.
¿Cómo está la inseguridad alimentaria en el país, a grandes rasgos?
Lo primero es entender el panorama de la inseguridad alimentaria. El último dato disponible muestra que en 2025, el 21,1 % de los hogares sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave, lo que equivale a 12 millones de personas. Aunque hubo una mejora frente a los años previos, cuando el indicador era del 28 % en 2022, la reducción ha sido lenta.
Además, persisten brechas muy marcadas en departamentos como Chocó, Sucre y La Guajira, donde la inseguridad alimentaria supera el 50 % de la población. También siguen existiendo desigualdades entre las zonas urbanas y rurales: la prevalencia alcanza el 31 % en centros poblados rurales frente al 18 % en cabeceras municipales. A esto se suma la brecha de género, pues la inseguridad alimentaria afecta más a las mujeres que a los hombres en un 23 %, frente al 19 %, respectivamente.
Hay que tener en cuenta que estos datos no reflejan todavía los impactos del terremoto reciente ni los efectos que podría tener un fenómeno de El Niño particularmente intenso. De hecho, la FAO estima que en 2026 unos 6,6 millones de personas necesitarán asistencia alimentaria.
Frente a este panorama, ¿existe el riesgo de que la inseguridad alimentaria aumente por factores como El Niño y el terremoto?
Sí, existe una amenaza importante. A los factores nacionales se suma una coyuntura internacional compleja. La prolongación de la crisis en el estrecho de Ormuz (Oriente Medio) mantiene altos los precios de la energía, lo que encarece fertilizantes y alimentos.
Si a eso se agregan los efectos del fenómeno de El Niño y del terremoto, existe una posibilidad real de que se revierta parte del progreso alcanzado en materia de seguridad alimentaria.
¿Hacia dónde va la producción de alimentos?
El futuro de la alimentación en Colombia no pasa únicamente por producir más. El país cuenta con una base productiva importante y disponibilidad de alimentos, pero persisten problemas en otros pilares de la seguridad alimentaria, especialmente en el acceso.
El costo de los alimentos sigue siendo alto, por eso es necesario trabajar tanto del lado de la oferta como de la demanda.
Es fundamental mantener los programas de protección social para las familias más vulnerables y, al mismo tiempo, mejorar las cadenas de transporte, almacenamiento y comercialización. También son importantes los mecanismos de venta directa, que acercan los alimentos a los consumidores. La prioridad debe ser cerrar la brecha entre la disponibilidad y el acceso. Así como trabajar en temas de fortalecimiento de la resiliencia de los sistemas y en la absorción de los golpes climáticos.
¿Cómo se puede fortalecer esa resiliencia frente a los choques climáticos, como El Niño?
Es importante anticiparse a sequías, inundaciones y otros eventos extremos mediante sistemas de alerta temprana. Así como fortalecer las mesas agroclimáticas y combinar conocimientos ancestrales con conocimientos científicos.
Esto permite adaptar mejor las semillas, mejorar la gestión del agua y fortalecer la resiliencia de los territorios, amortiguando los efectos de fenómenos como El Niño.
¿En qué deberían concentrarse los esfuerzos de los productores para enfrentar este contexto?
Hay dos elementos fundamentales. El primero es aprovechar la condición de Colombia como país megadiverso. La diversidad productiva es una ventaja para absorber los choques climáticos. Promover frutas, verduras, leguminosas y cereales permite contar con sistemas alimentarios más robustos y con dietas más nutritivas.
El segundo es colocar a la agricultura familiar en el centro de las políticas públicas, ya que una gran parte de la producción de alimentos proviene de ella. Se requiere invertir en infraestructura, abastecimiento, comercialización, semillas de calidad, innovación y acceso a mercados para fortalecer a los productores.
¿De qué manera la pérdida de prácticas culturales y agrícolas tradicionales afecta la seguridad alimentaria?
Los conocimientos tradicionales son fundamentales porque, combinados con innovación, ciencia y tecnología, permiten a los agricultores adaptarse mejor a los cambios climáticos y contar con mayor autonomía.
Un ejemplo son las semillas nativas y criollas, que constituyen una reserva genética clave para enfrentar sequías, plagas y cambios en los patrones de lluvia. Preservarlas amplía las opciones disponibles para responder al cambio climático.
Por eso estos conocimientos deben protegerse y ponerse al servicio de una agricultura más resiliente.
¿Por qué es tan importante conservar las semillas nativas?
Estas semillas son el resultado de años de adaptación a las condiciones de los territorios donde se cultivan. Esa adaptación les permite responder mejor a determinadas condiciones climáticas, especialmente frente a sequías y otras amenazas.
Cuanta mayor diversidad exista de estas semillas, mayor será la capacidad para enfrentar plagas, eventos climáticos extremos y otros desafíos asociados al cambio climático.
A propósito del Día Mundial de la Alimentación, ¿cómo deberían ser los sistemas agroalimentarios del futuro?
No existe un único modelo ideal. Lo que sí está claro es que los sistemas agroalimentarios actuales no están generando los resultados necesarios, considerando que millones de personas siguen padeciendo inseguridad alimentaria en el mundo.
En el caso de Colombia, la transformación debe partir de sus ventajas comparativas: biodiversidad única y una base productiva sólida.
Esto implica promover el manejo sostenible de los recursos, especialmente del suelo y el agua; reducir las pérdidas y desperdicios de alimentos, y fortalecer la agricultura familiar mediante inversiones en infraestructura y comercialización.
Hay que combinar conocimientos tradicionales con innovación tecnológica. El objetivo es construir sistemas más productivos, eficientes, resilientes e inclusivos, para reducir brechas de desigualdad.
¿Existe algún ejemplo internacional que pueda servir de referencia para los sistemas que necesita Colombia?
Para no salir de la región, Brasil es un ejemplo. Allí se logró conectar la alimentación escolar, las compras públicas y la agricultura familiar. Esa articulación contribuyó de manera significativa a reducir la inseguridad alimentaria y permitió al país salir del llamado mapa del hambre. La FAO trabaja actualmente para compartir esa experiencia con otros países de la región, entre ellos Colombia.
En los sistemas agroalimentarios, ¿qué papel debe desempeñar la tecnología en esta transformación?
Uno de los campos donde más se necesita innovación es la acción anticipatoria frente a los choques climáticos. Si tenemos una certeza es que estos fenómenos seguirán impactando.
La inversión en datos, digitalización y sistemas de información permite anticiparse mejor a eventos extremos. En ese sentido, las mesas agroclimáticas son una herramienta relevante, ya que reúnen información de diversos actores para apoyar la toma de decisiones productivas. Hay que unir ciencia, información y datos.
Es indudable que la producción agropecuaria requiere muchos recursos como los suelos y el agua. ¿Cómo deben ser los sistemas para que sean compatibles con la protección del medio ambiente?
Hay que usar la biodiversidad como una fortaleza de los sistemas productivos. Existen enfoques, como la agroecología y el uso de bioinsumos, que contribuyen tanto a la productividad como a la resiliencia de los territorios.
Muchos de ellos se hacen como pruebas. El reto consiste en ampliar y escalar experiencias exitosas que ya han demostrado resultados positivos en productividad, resiliencia y sostenibilidad ambiental.
¿Qué mensaje final deja sobre el futuro de la alimentación en Colombia?
Producir más no es suficiente. El desafío consiste en producir mejor y garantizar que todas las personas tengan acceso a una dieta saludable. Otro aspecto importante es que la biodiversidad colombiana no solo es un patrimonio natural, sino también un seguro, una herramienta para proteger la seguridad alimentaria del país frente a los desafíos climáticos.
Finalmente, el lema del Día Mundial de la Alimentación de este año de la FAO es “innovar hoy para nutrir el mañana”. Porque la transformación de los sistemas agroalimentarios exige combinar ciencia y tecnología con conocimientos tradicionales. Esa integración será clave para fortalecer los sistemas agroalimentarios.
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