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Dirla Rodríguez Córdoba se levantó temprano ese lunes, puso una aguapanela al fuego e hizo unas masitas para los muchachos, como muchos otros días de sus 71 años. Se fue a bañar con agua fresca. Estaba quitándose la toalla, a punto de ponerse el uniforme de trabajar, cuando sintió que todo empezaba a irse de lado, como un borracho que no encuentra la pared. Eran las 7:30 de la mañana del 10 de agosto.
Su hija le gritó desde afuera: “Mamá, ¿usted no está sintiendo el temblor?”. La casa iba y venía, iba y venía. Dirla no alcanzó a vestirse. Con la ropa interior a medio poner se hincó a rezar, y cuando su hija volvió a gritarle que saliera, ella se negó. Adentro tenía a tres niños que no eran suyos, a su cuidado esa mañana. “Son hijos ajenos”, se dijo. “Soy responsable de ellos y no los puedo dejar solos”. Su hija tuvo que arrastrarla hacia la calle mientras el televisor caía detrás de ellas y el techo, sobre sus cabezas, se abría como un labio partido sin llegar a abrirse del todo.
“Me siento muy orgullosa de la edad que tengo”, dijo Dirla con la respiración corta, sentada en un mesón de la calle en el sector de Playa Alta, como le dice a su jardín sin matas, donde se acuesta con más matriarcas del barrio El Futuro 2 en Quibdó, capital de Chocó. “Aunque ahora me agito un poco al hablar y sigo con el susto encima”.
Los que van
En la sala de espera del aeropuerto, rumbo a Quibdó, nadie mira a nadie. Todos, con la cabeza inclinada sobre el celular, juegan, ven videos, hablan con la familia, responden a un jefe que en este momento les importa menos que nunca. Solo unos pocos levantan la vista para buscar a los suyos entre la fila. Al llegar al Chocó, en cambio, nadie deja de mirar a nadie. Es una gran familia que, ante la ausencia de casi todo, aprendió hace mucho a salvarse a sí misma.
Javier Mosquera lleva tres años sin pisar el departamento. Va a ver a su madre y a sus hermanas a la casa donde se crió y que ahora tiene una grieta que nadie sabe todavía si es cosmética o de fondo. En la maleta lleva, escasamente, ropa, porque lo demás, lo que de verdad quiere llevarles, prefiere comprarlo allá, donde el dinero rinde como ayuda y no como equipaje. Un amigo suyo de toda la vida perdió la casa por completo y sigue herido: le cayó una pared encima. Piensa antes de responder a la pregunta de qué debería saber Colombia sobre lo que pasa en Chocó por estos días: “Hemos estado durante mucho tiempo olvidados”.
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A dos metros en la sala de espera, un hombre de 87 años aguarda el mismo vuelo con una urgencia distinta. Parménides Ríos salió del Chocó a sus 20 años para hacer carrera militar y hoy va a enterrar, en cierto sentido, una casa de dos plantas que construyó con su esposa hace 40 años para las vacaciones de toda la familia. Pérdida total, asegura, unos 250 millones de pesos convertidos en escombro en un instante de la mañana del lunes.
Un aterrizaje en la luna verde
El Chocó está lleno de vías que no aparecen en ningún mapa. Hay que buscarlas en el verde espeso de la selva, en la alfombra de árboles con sus rizos color café de dragas de oro y platino que llevan un siglo removiendo el mismo suelo, bajo un techo de nubes grises que amenazan tempestad desde antes de aterrizar. El avión, ya bajando, parece no saber dónde pisar: todo, hasta el último metro antes de la pista, es verde puro. Solo al final aparecen las primeras casas de madera en los bordes punteados de las laderas, y con ellas llega, incluso antes de abrir la puerta, un olor a humedad, a tierra que nunca termina de secarse.
En Quibdó nadie se ha hecho solo. Siempre hay una mano. En Quibdó todos se miran, y son la amabilidad hecha cuerpo.
El primer restaurante cerca del aeropuerto es una casa pequeña de madera de cuatro por cuatro, con tablas tan separadas en el piso que se les escapa la luz por debajo. Ahí come el bodeguero y ahí come el capitán de la aerolínea, sin distinción de mesa ni de mantel. Hay ollas apiladas hasta el techo. “Déjate atendé”, dice un comensal en chanclas. Y podría uno irse sin pagar porque aquí, pareciera, nadie es foráneo. Alrededor, entre bocado y bocado, aparecen conversaciones sin buscar, pero que igual llegan: “Tengo mucho miedo”, dice uno. “Hay muchas casas destruidas”, dice otro, y lo dice como quien constata el clima.
A San José del Palmar, epicentro del terremoto, cuentan, solo se puede llegar por aire. Desde allí, si se trata de llegar por tierra hasta Quibdó, el camino obliga a bajar hasta Risaralda y el Valle del Cauca y volver a subir, en un remolino que no tiene ninguna razón de existir más que para el desgaste de su propia gente: siete horas, 304 kilómetros, cuando en línea recta, si algo los conectara, no serían más de 100. Ni siquiera el agua los une: 11 ríos separan a los dos lugares, entre ellos el Atrato y el San Juan, y ninguno hace de puente.
En estos días, la tierra se ha seguido moviendo, uno de los últimos temblores fue de 4,4, dicen unos. El acompañamiento psicosocial, según dirá más tarde el líder comunitario Jhorman Rentería, “está muy quieto”: llegó comida, llegó agua, llegaron colchonetas, pero casi nadie ha llegado todavía a preguntar cómo duerme la gente por dentro.
Zona norte
Quibdó recibe con el calor húmedo de una olla en ebullición. A 35 grados no se puede pedir más que el regreso de la tempestad del primer día de la creación. Las calles del barrio El Futuro, en la zona norte, están destapadas: piedra, camino abierto, casas a medio construir, mucho pasto, ladera, techos sostenidos apenas por láminas de zinc. Y sin embargo, todos están atiborrados, con sillas de plástico Rimax encalladas en un piso que, después de tanta lluvia, parece de gelatina. Todos saludan. A todos los saludan.
Al lado de una casa de cemento partida por el sismo hay una de madera, intacta, con dos gatos acostados el uno junto al otro, indiferentes a todo. Un bus de transporte público le pita a un motociclista mal parqueado. Los dos conductores ríen. Y ese cruce de pitazo y risa dura menos de tres segundos pero dice, quizás, más que cualquier estadística sobre lo que sostiene a ese barrio.
Lo que falta aquí, después de cuatro horas de recorrido, no es agua ni comida ni siquiera vías: es Estado. En unas dos horas no aparece un solo policía. Y pese a eso (o quizás por eso, pueden decir algunos) no hay lugar más seguro en toda la ciudad que este, entre las matriarcas de El Futuro.
Esta semana fue una comisión oficial, revisó las casas por encima y siguió de largo. Nadie en el barrio cree que algo vaya a cambiar después de esa visita. Lo saben, con amargura, que serán ellos mismos quienes reconstruyan.
Johan Asprilla, voluntario, conoce esa zona como la palma de su mano. Dibuja el mapa mientras habla: se entra por Huapango, en la calle 31, y de ahí para arriba están Los Álamos, Buenos Aires, el Obrero, La Fe, San Fernando, La Unión, La Victoria (frente a la estación de policía agrietada, donde a un detenido le cayó una pared en el pie y le cogieron 25 puntos), Casa Blanca, Villa España y El Futuro 1. Ahí, una tienda quedó intacta sobre la vía mientras que, detrás de ella, donde no llega ninguna cámara, el terreno se desprendió y se llevó 12 viviendas hacia el vacío. “Muchos periodistas o funcionarios solo recorren la carretera principal, ven las fachadas y no entran a los sectores donde de verdad ocurrieron los hechos más graves”, dice Asprilla.
—Dicen que en la zona norte hay 500 familias afectadas.
—La realidad, si uno se mete a los barrios, puede ser más de 1.000.
En el barrio Medrano, un edificio de tres pisos con una tienda se vino abajo por completo; el dueño salió vivo y vivió para contarla. En frente, el colegio Carrasquilla Industrial, que no llevaba ni un año construido, sufrió fracturas en los muros. Una niña de ese colegio terminó en el hospital por los escombros que le cayeron encima.
Pese a todo esto (a las estadísticas que los ubican en el peor lugar de los índices de pobreza y desigualdad del país), los chocoanos no quieren salir del Chocó. “Los negros hemos sido históricamente abandonados”, dice Didier Rentería, líder social. “Pero mírennos: nosotros siempre hemos sido muy unidos”.
La nevera que mandó el país
Ya no hay tanta gente como los primeros días, dice el vigilante del Hospital San Francisco de Asís. Sacaron a un grupo grande de pacientes hacia Medellín después de la visita presidencial: 30 o 40 remisiones que le quitaron presión a las salas.
Ovidio Garrido, el interventor, saluda apurado, con el teléfono ensartado entre la oreja y el hombro mientras le indica a un abogado las maniobras pendientes. Son las seis de la tarde y su jornada no da señales de terminar: acaban de llegar unos médicos voluntarios.
El primer día activaron el protocolo de evacuación: todos los pacientes salieron al parqueadero mientras se evaluaba si el edificio era seguro. Lo era, con salvedades, como columnas dañadas y una grieta profunda en la planta de oxígeno. Con apoyo de la Gobernación y la Fuerza Aérea evacuaron a 17 pacientes críticos el segundo día, 18 el tercero. El pico de sobreocupación, el día después del sismo, llegó a 285 %. A corte del 13 de agosto, iba en descenso, cerca de 161 %, y hasta lograron reabrir la consulta externa.
Días atrás, el hospital lanzó un llamado nacional de urgencia porque las fluctuaciones eléctricas les habían quemado las neveras donde conservaban la sangre. No tenían dónde guardarla. Ahora, gracias a donaciones del sector privado y de fundaciones, ya repusieron los equipos, y la ciudadanía respondió con tanta fuerza que el banco de sangre superó las 100 unidades almacenadas. Nadie oficial mandó esa nevera. La mandó el país, en cuanto se enteró.
Bocachico
En el antiguo restaurante Katrina (“un bar”, según el taxista que llevó al equipo de El Espectador) funciona ahora el centro de acopio Bocachico, con 50 personas trabajando a diario. Didier Rentería afirma que han llegado entre 50 y 60 toneladas recolectadas. La intención, dice, no es que todo se quede en Quibdó, que suele llevarse entre 80 % y 90 % de cualquier ayuda que entra al departamento, sino repartirla también en los municipios, a través de consejos comunitarios, colectivos juveniles y juntas de acción comunal. “Lo que vamos a necesitar de aquí en adelante son materiales de construcción”, afirma. “Tejas, cemento, ladrillos. Porque el temor más grande de las familias es cómo van a reconstruir sus casas”.
Mayiris Palma coordina la logística. Once toneladas llegaron en un vuelo desde Bogotá con insumos hospitalarios que ya se repartieron entre el San Francisco de Asís y las IPS desabastecidas; camiones salen hacia Istmina para atender la subregión del San Juan. A San José del Palmar, con 18 derrumbes bloqueando la vía, solo se puede entrar por aire. En los barrios Las Américas y Las Cascorbas, en la zona norte de Quibdó, todavía no ha llegado el apoyo suficiente. La suegra de Palma tiene la casa gravemente agrietada. Cuando llegó el avión con las toneladas de ayuda, no hizo falta más que una convocatoria para que decenas de personas llegaran de forma voluntaria a descargar los camiones. “La disposición de la gente para servir ha sido del 100 %”, dice.
Tanto así, que hasta un contralor departamental mueve mercancía como cualquier voluntario más. “Primero soy chocoano antes que funcionario”, dice Alan Yecid Mosquera. Está apoyando la logística de los insumos para Nóvita, Tadó, Condoto. El albergue municipal colapsó su capacidad; necesitan, con urgencia, colchonetas y carpas para uno alterno. Tiene 36 años y se crió en Quibdó. La casa de su padre quedó partida a la mitad; un tío y una prima perdieron las suyas por completo. Cree, esta vez, que la respuesta del Gobierno fue distinta, aunque sabe, por historia propia, que las promesas chocoanas suelen tardar en pasar de los discursos a la realidad tangible.
Pero Andrés Parra, rescatista de 30 años, no comparte ese optimismo: calcula que entre el 30 % y el 40 % de la población de Quibdó vive en la zona norte, la misma que sigue sin cobertura completa de organismos de ayuda. Hay gente que entra a viviendas inestables para rescatar una nevera, un celular, arriesgándose a que la estructura entera colapse encima. “El Chocó no estaba preparado para atender una emergencia de esta magnitud”, dice. “Y la verdad es que seguimos sin estarlo si se llega a presentar algo aún mayor”.
El capitán Anderson Galindo, médico y jefe de un equipo del Círculo Internacional de Auxiliadores Técnicos (CINAT), quien llegó directo de atender el terremoto de Venezuela, lo explica desde otro ángulo: la fase más peligrosa no es la primera, sino la que viene después, cuando las patologías de base de la población, las que ya existían antes del sismo, empiezan a descompensarse sin que nadie las esté monitoreando. Se quedarán hasta inicios del próximo mes. “El Chocó, incluso desde antes del terremoto, siempre ha requerido esa atención que apenas ahora se le está brindando”, dice.
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El Jardín
En la madrugada del jueves, con la lluvia todavía cayendo, sacaron a la gente del Coliseo de Boxeo con colchonetas en brazos y niños dormidos sobre el hombro. El techo, que nadie sabía que tenía fallas hasta que el agua empezó a filtrarse, terminó por ceder ante un aguacero que no dio tregua. A las cuatro de la mañana, mientras esperaban al alcalde, ya estaban instalados en el Coliseo El Jardín, el único espacio en Quibdó con capacidad suficiente para lo que se venía.
“El primer día teníamos 100 familias caracterizadas, entre población migrante venezolana, comunidades afro e indígenas”, cuenta Carmen Hernández, presidenta de la Asociación de Venezolanos en el Sur (Asovenus), que coordina el albergue desde el traslado. Al día siguiente la cifra subió a 197 personas —63 familias, 97 niños—, un número que obligó a frenar la recepción.
Comerciantes que aquí llaman “los paisas” se organizaron para preparar cien sándwiches y cien arepas. UNICEF y la Federación Luterana enviaron kits de supervivencia pensados originalmente para zonas rurales, que terminaron siendo, de todos modos, exactamente lo que hacía falta en el corazón de la capital. “Nadie estaba preparado para una contingencia de este grado, y la municipalidad carecía de los recursos inmediatos”, dice Hernández.
Lo que más le preocupa, ahora, son los niños: hay demasiados bebés de menos de siete meses en el albergue. Pidieron juguetes. Cuentan con apoyo de la Policía y presencia del ICBF. Las mujeres preparan teteros y cuidan los enseres; los hombres, muchos mototaxistas de oficio, salen de día a trabajar y vuelven antes de las nueve de la noche, cuando cierran las puertas con acompañamiento del Ejército en el perímetro.
Andrés Felipe Porras llegó desde Medellín con cuatro voluntarios más el mismo día del terremoto. Representa a Aprecopaz, una fundación que él mismo creó después de pasar su infancia como “aguapanelero” nocturno en las calles. La misma bebida, curiosamente, que Dirla puso al fuego la mañana en que todo empezó a temblar. Eligieron el Chocó, cuenta, “porque ha sido históricamente un territorio abandonado”, donde confluyen la violencia, el olvido institucional y ahora, además, un terremoto. Cinco días después del sismo, lo que más falta, insiste, es el acompañamiento psicológico. “Perderlo todo: la casa, el terruño, el arraigo, para llegar a condiciones tan adversas genera un impacto enorme”, dice.
En barrios como Medrano, Flores de Buenaños y Cabí, cuenta, hay gente que se niega a abandonar las ruinas de su propia casa por miedo a perder el lote, y sigue ahí, bajo carpas, con la esperanza de que alguien, algún día, los escuche.
Las que se quedaron afuera
En la zona norte hay familias enteras durmiendo al frente de su propia casa. Zulia Rodríguez antes dormía normal, con sus hijos, adentro. Ahora duermen todos apretados a la intemperie, aguantando frío, zancudos y lluvia. Una noche llovió y tuvieron que esperar a que escampara para poder tenderse en el suelo. En la mañana del jueves volvieron a sentir un temblor. Le da miedo volver a entrar, como a la mayoría de las familias que colindan en estos barrios. El comercio de El Futuro abre un rato y cierra. No hay agua potable, pues la que llega sale turbia, y la paca de siete litros, que antes costaba 3.000 pesos, ahora se consigue, si se consigue, en 6.000.
A pocas cuadras, otra familia de 10 personas lleva desde el lunes desplazándose de un lugar a otro, sin entrar bajo ningún techo, por puro miedo a que algo vuelva a caer.
Más adelante está María Casas, que iba a mudarse, con cuatro familiares más, a una casa que el sismo tumbó ese mismo día. “Si nos hubiéramos pasado, habríamos muerto ahí”, dice con los ojos puestos en el horizonte. La habitación donde se iban a acomodar quedó completamente derrumbada. Sobre esa casa todavía deben siete u ocho cuotas de un crédito de 20 millones de pesos. “Los bancos no tienen nada que ver con este tipo de tragedias”, admite. “Uno igual tiene que seguir pagando la cuota, pase lo que pase”. Las casas de su cuadra hay que tumbarlas todas; apenas quedan las columnas en pie. Para llegar a la suya hay que caminar con cuidado sobre tablas rotas: si uno pisa mal, se va al vacío. Esa noche, como muchas otras familias, durmió en donde pudo: en la cancha o dentro de una camioneta o en un cambuche improvisado en el monte.
La noche llega con un aguacero bestial, de esos que en Quibdó no se veían desde antes del terremoto. No hubo clemencia del cielo por al menos seis horas seguidas. Los chocoanos, que ya están acostumbrados, dicen que eso no es nada, que apenas empieza la temporada fuerte.
Y uno se pregunta, después de haber visto a esas mujeres de esos barrios amontonadas como pingüinos en el polo: ¿cómo estarán ahora, bajo ese aguacero? Hace pocas horas las aplastaba un sol inclemente; ahora las enfría un aguacero repentino. El agua, esta noche, va a caer por cada grieta que dejó el terremoto, y nadie sabe todavía cuántas grietas quedan por encontrar.
Playa Alta
De regreso donde Dirla Rodríguez Córdoba, el mesón de la calle acumula personas desde el lunes. Ella lo llama “playa alta”, de juego. Pero en ningún lado nadie sobra. “Cuando llueve no podemos ni dormir y nos toca pasar la noche de pie”, dice. Ayer todavía caían ladrillos sueltos de las paredes dañadas. Y, aun así, cocinan de noche en el único fogón que quedó en pie: preparan café, comparten lo que haya de comida o de harina, se acompañan hasta que el sueño, finalmente, los vence a todos por igual.
Más de 43.000 personas damnificadas. Seis de cada diez chocoanos en pobreza monetaria; cuatro de cada diez, en la extrema, sin cómo conseguir siquiera la canasta básica, según el más reciente informe del DANE. En Quibdó ya no cabe un damnificado más. Las vías siguen agrietadas, la señal de celular sigue cayendo y volviendo, cayendo y volviendo. Y sin embargo aquí, en este remoto paraíso verde de vías de polvo y de truenos repentinos, nadie ha dejado de saludar a nadie.
En la sala de espera de El Dorado, dos días atrás, todos miraban su celular y nadie miraba a nadie. En Playa Alta, posiblemente, una mujer de 71 años reparte un café bajo la lluvia a vecinos que no son su familia, en una casa que ya no tiene techo entero, para niños que tampoco son suyos y a los que no estuvo dispuesta a soltar. Ese es el Chocó que nadie manda a hacer. El que se hace solo, todas las veces que hace falta, mientras el resto del país decide, otra vez, si esta vez sí lo va a mirar.
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