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Se derrumba la casa, el negocio del vecino, la escuela, y en el peor de los casos, la familia. Se pierde todo. Entonces, la seguridad, la continuidad y el control que se necesitan para afrontar la vida cotidiana se desvanecen. Y surge una pregunta: ¿cómo se cuida y se sostiene la vida de otro ser humano cuando la propia vida se derrumba? ¿Cómo se hace frente a la adversidad del entorno cuando se suman la angustia, la tristeza y el agotamiento que deja una tragedia como la que enfrenta hoy Colombia?
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El desastre que hoy vive el país activa sensaciones de inseguridad y miedo que desestabilizan a las familias y ponen en desventaja a las niñas y los niños, pues son quienes están más expuestos; su cotidianidad, al igual que la de los adultos, está rota. En familias que además ya vivían en medio de la violencia y de profundas dificultades sociales, el terremoto generó una sobrecarga adicional que hace mucho más difícil lidiar con el mundo emocional propio, y que, por lo tanto, dificulta entender y responder con sensibilidad a las necesidades de las niñas y los niños.
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Proteger la primera infancia en este momento es urgente, y no es una tarea que el país haya ignorado: desde hace varios años, políticas como la ley de Cero a Siempre han visibilizado las infancias y la importancia de garantizar su desarrollo integral desde los primeros años de vida. Sin embargo, hoy entendemos que debemos ir más allá: proteger la primera infancia implica también priorizar el bienestar de madres, padres y cuidadores.
En este momento crítico, poner el cuidado de quienes cuidan como una acción prioritaria en las rutas de intervención va a asegurar que las personas a cargo de niñas y niños puedan regular su propio mundo emocional para atender la huella que el desastre está dejando en las infancias. Por eso, tan urgente como atender la emergencia material es la contención emocional de las y los cuidadores: activar espacios de seguridad y conexión tan sencillos como sentarse en comunidad, darse un abrazo, acompañarse, hablar sobre lo que está pasando. Estrategias simples que no resuelven las pérdidas ni los daños estructurales, pero ayudan a procesar el momento.
Poner en primer lugar el bienestar emocional de quienes cuidan no instrumentaliza sus necesidades para asegurar las de niñas y niños; es todo lo contrario. Es entender que madres, padres y otros cuidadores también necesitan ser cuidados. En Semillas de Apego lo resumimos así: el cuidado es, ante todo, un sistema de relaciones, y por eso el bienestar de quienes cuidan funciona hoy como un escudo protector para la primera infancia, pero también para las relaciones en general, pues a través de ellas se vuelve a tejer un sentido de seguridad y estabilidad.
En los territorios se está pidiendo voluntariado para atender la salud mental, y muchas personas han acudido a hacerlo, algunas con las herramientas necesarias y otras sin ellas, pero siempre con generosidad. Esto muestra un vacío estatal en la atención a emergencias, y no solo por este desastre: históricamente no hemos sabido acompañar situaciones de dificultad en un país que lleva más de siete décadas en guerra. Falta respuesta en salud mental, faltan profesionales disponibles para atender situaciones como las que hoy vive el país, así como un acompañamiento adecuado a todas estas personas que cuidan de la salud mental.
Por eso resulta indispensable garantizar la atención primaria en salud mental, entendiendo que en un país como Colombia esto no se traduce solo en especialistas y atención individual, sino en una apuesta interdisciplinaria y comunitaria, conectada al contexto, que fortalezca las habilidades de personas que en su propio entorno podrían acompañar el bienestar de otras personas, y en especial, de quienes cuidan.
Pero hay algo definitivo: esta emergencia no puede ofrecer solo una respuesta temporal. Debe empujarnos hacia un sistema donde la salud mental de quienes cuidan sea un derecho y una condición fundamental para el desarrollo de la primera infancia, sus familias y sus comunidades. Se derrumbaron casas, negocios y escuelas, pero lo que no puede derrumbarse es el vínculo que sostiene a las infancias, y ese vínculo solo se sostiene si, primero, cuidamos a quienes cuidan.
*Directora técnica del programa Semillas de Apego
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