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25 Oct 2015 - 2:00 a. m.

La dudosa vacuna de la U. Manuela Beltrán

Con una patente en la mano, pero sin artículos científicos que avalen su trabajo y tampoco un grupo de investigación reconocido, el filósofo y médico Hugo Segura Puello reclama tener un secreto para derrotar una de las grandes plagas de la humanidad: el cáncer. El problema es que probó su invento en humanos, sin demostrar que lo hizo con todos los requerimientos éticos.

Pablo Correa

Hugo Segura Puello, investigador de la Universidad Manuel Beltrán, se presentó esta semana en el noticiero CM&, y días atrás en W Radio, como el descubridor de una vacuna contra el cáncer. Después de 20 años trabajando con relativo hermetismo, decidió que era hora de contar lo lejos que ha llegado en su búsqueda científica. Lo hizo alentado por el optimismo que le despertó el certificado de patente que le otorgó la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos el 16 de junio de este año.

“Replicábamos, fallábamos, volvíamos a intentarlo, fallábamos, hasta que logramos determinar qué tipo de proteínas y adyuvantes inmunológicos eran los específicos”, dijo Segura en televisión al describir una vacuna que podría curar cualquier tipo de tumor (“una vacuna autóloga”). Primero realizó pruebas in vitro. Luego decidió que debía probar su invento en ratones. Ante los buenos resultados, se aventuró a ofrecerlo a “cinco o siete pacientes desahuciados”, logrando que su vida se prolongara hasta por diez años.

Una dura batalla

El cáncer es un término genérico para referirse a más de 100 enfermedades que juntas cobran cada año la vida de 8 millones de personas en el mundo. Casi tantas como las que viven en Bogotá. Los médicos lo han intentado todo para combatirlo: quimioterapia, radioterapia, cirugías, trasplante de médula ósea, terapias a partir de células madre, terapias hormonales, inmunoterapia. Muchas veces, varias formas de lucha al tiempo.

El balance de esta guerra es agridulce. Hoy algunos tipos de cáncer, si son detectados a tiempo, como el cáncer de testículo o algunas leucemias en niños, pueden curarse en un alto porcentaje. Otros son tan agresivos que los tiempos de supervivencia de los pacientes se calculan en semanas.

Sin mucha información

Descubrir una vacuna contra el cáncer, más aún contra cualquier tipo de cáncer, merecería la atención mundial. Por supuesto un Premio Nobel tarde o temprano. El primer problema cuando alguien intenta saber más sobre la vacuna CMT-54 es que existe muy poca información pública. Tan poca como la que se puede rastrear sobre su creador. Su trabajo ha sido reseñado por un par de blogs y nada más.

No hay rastro de Segura en las principales bases de datos de artículos científicos. Cosa bastante inusual para un investigador con más de 20 años de experiencia en un campo de la ciencia tan candente como la biología del cáncer. En PubMed, la base de datos más grande y usada, no aparecen menciones a sus trabajos. En Google Scholar se reseñan dos links a la patente y a un artículo publicado en 2007 en una publicación de la U. Manuela Beltrán.

Segura, quien le contó a El Espectador que se formó como filósofo y teólogo de la U. Javeriana y luego como médico en la U. Juan N. Corpas, defiende su silencio académico diciendo que nunca ha publicado nada por sugerencia de los abogados de la universidad y como requisito para poder patentar su creación. Aunque el argumento es válido, no es un comportamiento usual. Muchos investigadores solicitan patentes al tiempo que comparten la parte menos secreta de sus trabajos. En su grupo, por cierto, nadie cuenta con un doctorado, ni formación en áreas como biología molecular, inmunología o genética.

“Usted puede patentar lo que quiera”, explica María Claudia Lattig, profesora asociada de la Facultad de Ciencias Biológicas de la U. de los Andes y microbióloga con Ph.D. en ciencias biomédicas, “pero eso no tiene nada que ver con la veracidad de su descubrimiento. Una patente simplemente dice esto es mío”.

El camino para demostrar que uno tiene entre manos una vacuna efectiva contra cualquier enfermedad, es largo y tortuoso. Comienza con una fase de laboratorio in vitro y luego en animales. Si los resultados son promisorios, es posible pasar a la “fase clínica”. El primer paso es probar la vacuna o medicamento en un grupo pequeño de individuos sanos, entre 20 y 100. Con dosis pequeñas. Esto para evaluar que no haga daño. La fase 2 involucra entre 100 y 300 individuos. Estos sí enfermos. Ahí se determina la dosis mínima que debe ser usada del producto y que sea efectiva. La fase 3 implica estudios con más de 3.000 individuos para confirmar resultados y posibles efectos secundarios. “Este proceso puede tomar más de diez años”, comenta Lattig.

Bastantes dudas

Juan Carlos Beltrán, gerente institucional de la Universidad Manuel Beltrán, asegura que han invertido más de $3.000 millones en la investigación de Segura. Aunque parece una cifra gruesa , en realidad es una pequeña cantidad comparada con el costo que hoy en día absorbe el desarrollo de vacunas. Según cifras de la agencia de medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), el desarrollo de una vacuna puede ir de US$350 millones a US$500 millones. Es decir, 500 veces más de lo invertido hasta ahora por la universidad colombiana (si se demuestra cierta la cifra).

Es difícil juzgar los pormenores científicos del trabajo de Segura. Lo común en la comunidad científica es publicar resultados para que otros puedan criticarlos o avalarlos. A partir de lo dicho por el propio Segura sobre la base de su desarrollo (ver recuadro), el investigador de la U. Nacional, experto en inmunología y cáncer Carlos Alberto Parra, comentó que “tiene un discurso en que hay conceptos básicos que son ciertos sobre biología tumoral. Pero es muy confuso sobre en qué consiste la vacuna. Mezcla muchos conceptos. Mezcla conceptos como el de la enzima colagenasa y la telomerasa, que no tienen mucho que ver entre sí. Los procesos de producción de una vacuna deben ser muy bien detallados”.

Jean Paul Vernot Hernández, del grupo de fisiología celular y molecular de la Facultad de Medicina de la U. Nacional, tuvo una impresión similar: “el documento es algo confuso, con un inglés muy regular y sobre todo muy impreciso desde el punto de vista técnico. Aunque se basa en algunos hallazgos que se han descrito en la literatura y con conceptos de la biología tumoral y el cáncer. En este aspecto, dudo que hayan comprobado la reactivación de la médula ósea, por ejemplo, que requiere unas pruebas específicas. Hay unos conceptos inmunológicos equivocados. Un análisis técnico de esto requiere un estudio juicioso de toda la evidencia”.

Ahí no terminan las preguntas sobre la investigación respaldada por la U. Manuela Beltrán. Lo verdaderamente delicado está en el hecho reconocido por el investigador de haberla ensayado en humanos. En la comunidad científica y médica, los experimentos con humanos son uno de los asuntos más vigilados.

Carlos Larrarte, presidente del Comité Ética de la U. Manuela Beltrán, aseguró que la institución tenía pleno conocimiento del trabajo de Segura y fue avalado por ellos. Aunque El Espectador pidió conocer las actas de los comités de ética, sólo recibió dos documentos (8 de noviembre de 2003 y 10 de diciembre de 2003) dando aprobación a un experimento con ratones. Ninguno sobre experimentos en humanos. Las directivas de la universidad aseguraron tener los consentimientos informados de los pacientes. Sin embargo, resulta sospechoso que mientras Segura dijo haber aplicado la vacuna a “5 o 7 pacientes”, en el mismo documento presentado a la oficina de patentes de Estados Unidos menciona haberlo hecho en 82 hombres y 51 mujeres.

Paula Prieto, médica, docente de ética de investigación con seres humanos en la Universidad Javeriana y miembro de varios comités de ética con seres humanos, entre ellos el de la Universidad de los Andes, cree que el caso de esta vacuna contra el cáncer presenta más preguntas que respuestas. Explicó que de acuerdo con la legislación colombiana le corresponde al Invima vigilar cualquier tipo de experimentos que se lleve a cabo con humanos. En este caso, deberían revisar los protocolos de investigación, las actas del comité de ética y los registros del consentimiento informado a los pacientes.

Será difícil conocer la verdad de lo que ocurrió con estos pacientes, hasta tanto las autoridades de salud investiguen y ofrezcan una explicación razonable. Lo bueno es que con la patente en mano, tanto las directivas de la universidad como el científico Segura podrán estar tranquilos al explicar de qué se trata su invento. Nadie podría robárselo.

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