Hace un tiempo, una lectora nos envió un mensaje con una crítica que suelen hacer a los periodistas: “Al margen de lo macabro que se ve el mundo, [pueden] contarnos que, quizás, no todo va tan mal. Sería chévere ver algo de luz, porque la hay”.
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Es cierto. Aunque el mundo, a veces, nos llene de incertidumbre —como ha sucedido en los últimos días—, hay muchos motivos que muestran que no todo va tan mal. La semana pasada, el diario El País de España publicó en su Instagram una lista de 44 noticias para insistir en que el mundo no empeora. Más de 100 mil personas, le “dieron” like a la publicación y otras 27 mil la compartieron.
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Entre los primeros datos que señalaba estaba el aumento de la esperanza de vida global (“ha subido siete años desde el 2000″), la disminución en la mortalidad infantil y la reducción de la pobreza extrema, en parte, jalonada por China, que sacó de la pobreza a “50 millones de personas en los últimos cinco años”. También resaltaba otro “hito”, que también había destacado la prestigiosa revista Science días atrás: el crecimiento de las energías renovables, que en 2025 superaron al carbón como fuente de electricidad.
Hay otra área que muestra que no todo va tan mal, como parece: la educación. Pese a que los desafíos son enormes, hay algunos datos que evidencian el esfuerzo que ha hecho la humanidad por mejorar.
Hannah Ritchie, Veronika Samborska, Esteban Ortiz-Ospina y Max Roser, que hacen parte del equipo de Our World in Data, de la Universidad de Oxford, lo ponían en estos términos en un artículo que publicaron recientemente: “El mundo ha experimentado una transición drástica en los últimos siglos, pasando de un mundo donde muy pocos tenían educación básica a uno donde la mayoría la tiene. Esto se refleja no solo en los insumos educativos —matrícula y asistencia—, sino también en los resultados, donde las tasas de alfabetización han mejorado considerablemente”.
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A lo que se refieren, como escriben, es a que acceder a la educación formal es un fenómeno muy reciente, pues hace un par de siglos la educación estaba al alcance de una pequeña élite. Hoy, la torta se ha volteado: en el planeta, menos de 1 entre cada 5 adultos ha recibido educación formal. En muchos casos, además, es el Gobierno el responsable de proporcionarla, como sucede en Colombia (en educación preescolar, educación básica primaria, básica secundaria y media).
Basta apreciar este gráfico para comprender mejor ese cambio en el último siglo. El mundo pasó de tener más del 80 % de su población sin educación formal en 1820 a tener el 13 % en el 2020 sin esa posibilidad.
Esas transformaciones, que han incluido que varios Estados consideren la educación como un derecho, han significado cambios drásticos en índices como el analfabetismo: la proporción de personas que no sabían leer ni escribir era de 12,8 % en 2023, pero hace un siglo era de 73,3 %. En las primeras décadas del siglo XIX, el escenario era muy diferente: el 88 % de los humanos era iletrado.
Otra buena manera de ver el “progreso” que ha habido en educación en el mundo es la brecha de acceso que históricamente ha habido entre niños y niñas. A lo largo de los siglos XIX y XX ellos tenían un chance mayor de acceder a educación primaria, pero en los últimos 50 años esa brecha se ha reducido significativamente, como lo indican los datos recogidos por Our World in Data.
En los casos de educación primaria y secundaria, esa diferencia ha desaparecido casi que por completo. En 2023, el 91,3 % de los niños accedió a educación primaria y el 84,7 % a educación secundaria. Esos indicadores para las alumnas fueron de 88,9 % y 84 %. Aquí hay un gráfico que sintetiza ese avance:
Desafíos que no se pueden omitir
Si bien los logros son notables, en educación hay desafíos gigantescos que no pueden pasarse por alto. Es imposible sintetizarlos todos en este texto, pero hay algunos que nos dan pistas de dónde estamos parados.
Por ejemplo: aunque el acceso a educación formal se ha incrementado, muchos niños y niñas aún están fuera de la escuela. En 2023, de acuerdo con los datos del Instituto de Estadística de la Unesco, más de 71 millones de menores no asistían a clases de educación primaria, pese a tener la edad para hacerlo. Otros 57,1 millones no iban a las aulas en los niveles de educación básica secundaria. Más de 122 millones faltaban a educación secundaria superior.
A la hora de hablar de niños y niñas que no asisten al colegio, la situación más inquietante la vive África Subsahariana, donde más de 36 millones no asisten a clase, aunque tengan la edad para ir. Le sigue Asia Central y Meridional (15 millones de menores no van a clase) y África del Norte y Asia Occidental.
Aunque, como indica el equipo de Our World in Data, son datos que deben interpretarse con cuidado, pues hay algunas variables que pueden afectar la precisión, como “las diferencias en la definición de matrícula, las inconsistencias en la información sobre la edad y el momento de la recopilación de datos (por ejemplo, durante las vacaciones o al final del curso escolar)”.
Hay un último indicador que ayuda a comprender mejor los retos que hay frente a la calidad de la educación que reciben los niños, niñas y adolescentes en sus colegios: el que mide las habilidades básicas en alfabetización. Eso quiere decir, los que “alcanzaron un nivel mínimo de competencia y pudieron identificar ideas clave en los textos y conectarlas con sus propias experiencias”, escriben Ritchie, Samborska, Ortiz-Ospina y Roser.
En Canadá, el porcentaje de estudiantes que alcanzaron una competencia mínima en lectura al final de la educación primaria en 2024 fue alto: del 98,8 %. Una cifra similar tuvo Rusia (98,4 %), Hong Kong (98,3 %), Croacia (98,1 %) y Polonia (97,2 %). Colombia, en cambio, tan solo llega al 37, 5 %.
En el caso del sector educativo en Colombia, hay varios retos para el 2026. Si quiere saber cuáles, lo invitamos a leer este artículo que escribió Luz Karime Abadía, decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana, para El Espectador.
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