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Primeras pistas de cómo se autorregulan los niños colombianos en el uso de redes sociales

A pesar de los riesgos y efectos nocivos que pueden tener las redes sociales en los niños, niñas y adolescentes, una reciente investigación en Chile y Colombia encontró que los menores estarían desarrollando estrategias para limitar el tiempo que pasan en los dispositivos móviles. A pesar de algunas limitaciones, el estudio invita a entregar más herramientas a los menores y refuerza el rol central que juegan los cuidadores.

Fernán Fortich

07 de abril de 2026 - 07:20 p. m.
En Colombia, el 77 % de las personas de cinco y más años reportaron poseer teléfono celular. / El Espectador.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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A finales de marzo, un fallo emitido por un jurado en Estados Unidos generó revuelo a nivel mundial por apoyar una gran preocupación de padres e investigadores en los últimos años: los efectos nocivos, y particularmente adictivos, de las redes sociales en los niños, niñas y adolescentes en el mundo.

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En la decisión, que detallamos en esta nota, el jurado asegura que tanto Instagram (de propiedad de Meta) y YouTube (de Google) fueron negligentes y diseñaron de manera deliberada algoritmos que hacen el contenido de sus plataformas “adictivo”. Esto último a partir de una demanda presentada por una joven de 20 años, que detalló cómo empezó a usar YouTube a los seis años e Instagram a los nueve. Según sostuvo de manera exitosa ante el jurado, le generó una adicción, y no solo eso, sino que contribuyó a su ansiedad, depresión, dismorfia corporal e ideación suicida.

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“Estas empresas crearon máquinas diseñadas para crear adicción en los cerebros de los niños, y lo hicieron a propósito”, aseveró el abogado de la demandante, denominada KGM durante el juicio.

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A ojos de Luis Enrique Santana, investigador chileno del Centro para el Bienestar y el Desarrollo de los Adolescentes y los Niños en la Era Digital, el fallo, aunque clave en medio de los debates actuales, tiene el riesgo de alimentar un “pánico moral” que “nos lleva a creer que la tecnología nos impacta como si fuera una bala y que no se puede hacer nada contra ella”. Santana sostiene que no se trata de una realidad tan sencilla.

Santana, junto con Rocío López-Ordosgoitia (Colombia) y Amaranta Alfaro (Chile), publicaron hace un par de días un estudio en la revista Nature que detalla las percepciones que tienen niños y niñas en Colombia y Chile sobre el impacto de la tecnología en su bienestar. Se encontró que, aunque hay diferencias socioeconómicas y de género, estos sostienen preferir contactos cara a cara y se las arreglan para desarrollar de manera autónoma estrategias para limitar el uso de redes sociales.

Para llegar a estas conclusiones, el estudio realizó grupos focales a 210 niñas, niños y adolescentes (de entre 12 y 16 años) en Chile (Santiago) y en Colombia (Barranquilla, Bogotá, Bucaramanga, Cali y Medellín), en el que los menores de edad hablaron sobre lo que piensan sobre la tecnología justo después de la pandemia; es decir, entre diciembre de 2022 y septiembre de 2023. En los grupos focales que se hicieron en el país participaron la Universidad del Valle, la Pontificia Bolivariana de Medellín y Bucaramanga, y la U. Javeriana.

“El estudio muestra un momento muy concreto de esas percepciones, justo después del confinamiento. Estos temas cambian muy rápido y exigen una constante actualización, pero acá tomamos una foto no solo de esa relación con la tecnología, sino de cómo fue ser niño en ese momento de la historia”, comenta Rocío López Ordosgoitia, investigadora de la Universidad Javeriana, coautora del estudio, quien resalta que, a pesar de un interés creciente en la opinión pública, aún existe muy poca literatura clara sobre este tema en América Latina.

A ojos de Germán Casas, profesor de Psiquiatría y Pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes y quien no participó en el estudio, hay que tener ciertas precauciones antes de zambullirse en las conclusiones. “Aunque tiene resultados muy interesantes y parte de una muestra importante, hay que tener precaución, pues no se trata de un estudio clínico y no se pueden extrapolar sus conclusiones a toda la población. Es un esfuerzo importante, pero tiene limitaciones que deben ser expuestas para tener un debate más amplio”, sostiene.

El riesgo existe, pero, ¿cómo lo viven los jóvenes?

Cada vez hay más evidencia sobre los impactos nocivos que están teniendo las redes sociales en los más jóvenes. Solo para mencionar algunos de los hallazgos más recientes, se ha encontrado que existen relaciones fuertes entre la autoestima y la forma en que se publica contenido en Instagram, vínculos entre los trastornos de la conducta alimentaria y el uso de redes sociales, y aumentos en los síntomas del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) asociados a un uso problemático de estas plataformas.

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Ante esto, Santana aclara que “el objetivo de interesarnos en las percepciones de los más jóvenes es que nos permite entender cómo ellos hacen sentido de sus experiencias. No estamos juzgando desde una posición de autoridad, sino que se busca entender cómo ellos están haciendo sentido de eso que están viviendo, porque no tienen otra vida con la que compararse”.

La investigación parte de una base práctica, y es que las experiencias digitales son la norma, más que la excepción. Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), el 77 % de las personas de cinco y más años reportaron poseer teléfono celular. El detalle lo puede ver en el mapa que acompaña estas páginas.

Para medir estas percepciones, los investigadores aplicaron la metodología utilizada por Global Kids Online, una red internacional de investigación sobre cómo usan internet los niños, niñas y adolescentes. Los investigadores analizaron la relación digital a través de dimensiones como el acceso, las habilidades y las prácticas, los riesgos, la mediación (qué tan involucradas están, por ejemplo, las familias) y, entre otras, la ecología digital (lo que internet significa y ofrece a la subjetividad de cada niño o niña).

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Entre los principales hallazgos que surgieron de los grupos focales está que los jóvenes aseguran preferir la comunicación presencial sobre la digital, al considerar que fomenta mayor cercanía y que es “mucho más divertida”, según se lee en el estudio. Por ejemplo, al preguntarle a un menor de 12 años en Cali qué pasaría si el internet desapareciera mañana, este respondió: “nada especial, sería lo mismo; de hecho, saldría más”.

En ese sentido, algunos jóvenes destacaron que, más allá de emplear las redes sociales o dispositivos, se trata de un medio para jugar o para hacer amigos.

“Creo que es un asunto que solemos dar por hecho. Entramos a un pasillo de un colegio y pensamos que prefieren las cosas virtuales. Pero cuando te sientas a hablar con ellos, te das cuenta de que no es así”, cuenta López Ordosgoitia, de la U. Javeriana. “Ahora, hay algo que hay que tener en cuenta, y es que esto se dio justo después de la pandemia; es bastante probable que estos resultados se deban a que los jóvenes estuvieran saturados de estar conectados todo el día”.

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El estudio también apunta a que existe, al menos, la intención de emplear técnicas de autorregulación y bienestar digital, sin la mediación parental, lo que revelaría cierto tipo de consciencia sobre el impacto de la dependencia de estas tecnologías en su bienestar. Una de las estrategias que contaron los jóvenes es, por ejemplo, el uso de alarmas para limitar el tiempo de pantalla o, incluso, la desinstalación de aplicaciones.

“Esto va en consonancia con la idea de que los niños en Latinoamérica tienden a tener más agencia, en comparación con otras partes del mundo, debido a dinámicas en las que ayudan con deberes domésticos, cuidando a sus hermanos. Es algo que está internalizado en nuestra cultura, y esto también los hace más autónomos, y como titulamos el trabajo, están, de hecho, empoderados y conscientes”, sostiene Santana, investigador chileno y coautor del estudio.

Sobre esto, Casas, de los Andes, comenta que frente a la “autorregulación enunciada por los menores hay que tener prevenciones, pues pueden decir que lo hacen divinamente, pero este no es el caso. Hay indicadores clínicos que muestran que la regulación es mucho más compleja, como por ejemplo el efecto que tienen estas plataformas en la regulación de la dopamina en los cerebros de los jóvenes”.

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Frente a las diferencias regionales, los autores del estudio encontraron una influencia significativa de los contextos sociales y culturales en las experiencias de los adolescentes respecto al uso de la tecnología. En particular, se encontró que, sobre las preocupaciones sobre la privacidad y el control parental, los colombianos contaron tener menor resistencia a, por ejemplo, la mediación parental al poner claves a los celulares o revisar los contenidos que ven los menores, en comparación con lo documentado en Chile.

“Finalmente, no es solamente el niño con el celular, sino todo lo demás: el contexto personal, el familiar, el comunitario y, entre otros, el político, todas estas cosas. Hay distintas formas de ser niño o niña en estos países”, indica López, de la Javeriana. “En Colombia, en las zonas rurales, como muchos menores trabajaban, son ellos mismos los que cargaban el celular con datos o le meten plata a los juegos. Entonces, claro, hay unas formas muy distintas de cómo se vive la tecnología”.

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Por otra parte, se encontró que las niñas interactúan con las redes de manera colectiva, en grupos, mientras que los niños lo hacen de manera más privada.

Las recomendaciones que deja el estudio

Una de las recomendaciones que emite el estudio es que los padres y docentes juegan un rol fundamental para evitar posibles efectos negativos. “En el caso de la joven de Estados Unidos, se contó que pasaba más de 12 horas por día en estas plataformas, y esto indica que no había ningún tipo de supervisión”, sostiene Santana.

Para el investigador, esto apunta a que se debe tener en cuenta el espacio digital como una extensión de la vida y de la convivencia, e incorporar estos temas y competencias para dar herramientas a los jóvenes. Los autores concluyen que se volverá necesario avanzar hacia una legislación más clara frente a estos riesgos.

“Nosotros tendríamos que actuar de forma conjunta, porque es muy difícil que las plataformas adapten sus políticas y términos y condiciones para cada uno de nuestros países. Somos mercados pequeños, y es poco probable que nos dediquen la misma atención que a países como Brasil”, concluye Santana.

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Por Fernán Fortich

Periodista con enfoque en temas ambientales, posthumanistas y sociales.@fernanfortichrffortich@elespectador.com
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